Conocí a un Waheb Lekal y a un Lee Dumont.
Anduve por la Calle del Amanecer en Méndez Álvaro.
Anteayer, además, me atendió en el Supersol una chica agradable llamada Lisbet.
Siempre supe del enorme valor que tienen las palabras, los nombres propios e impropios, las sílabas. De hecho, cada día, en el tiempo presente simple del ser y el estar, procuro apreciar gemas detrás de las frases, ases detrás de los tontos teoremas. Busco brillos donde sea, en la moqueta o en la televisión, en el recambio de carteles que entretienen a las marquesinas:
Obama es el bueno y Osama el malo.
Hacienda es por el día ministra menestra. Por la noche la mujer del gerundio del verbo hacer.
Mi abuela se llama Sila, Si-la. Vive en el 2 B al lado de 2 Bcinas que son Lady y Ada y que, por cierto, ABeces se llevan mal y ABeces parecen estar encantadas de ABerse conocido:
- Hola Ada. Hola Lady.
- Qué tal Ada, muy bien Lady. Encantada.
Espero no aburrirles. Voy terminando. El caso es que Sila tiene una nena que es mi tía y a la que su hermano que es mi padre llama Gina.
Ella es melliza y castiza; él es mellizo con rizos.
Y ya: sobre Sila, Ada, Lady y Gina no hay mucho más que contar hoy. Si acaso, apuntar lo que decía un cartel que leí hace tiempo, uno que siempre me hizo mucha gracia: buenas son mis vecinas, pero me faltan tres gallinas.
Por cierto: Gina viene de gallina, no de Hollywood.
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