Tiene mala prensa la “rutina”. Entre todos hemos desprestigiado tanto a esta palabra -compañera habitual además de muchos de nosotros- que para casi todo el mundo se ha convertido en una criatura fea, deforme, ruin. Rutina de trabajo, actividad rutinaria, revisión rutinaria, rutina de vida.
Puede que quien piensa así tenga razón, no digo que no, pero yo creo que probablemente si hay miles de millones de sujetos que tienen en tan poca estima a la “rutina” es sobre todo porque nunca han tenido la ocasión o la ocurrencia de presentarle al término en cuestión un sustantivo acertado, uno que case bien, provechoso. Yo encontré uno, “paseo”, y se lo sumo al “rutinario” cada una de las cinco mañanas de entresemana en las que acudo a trabajar a mi nuevo trabajo. Un trabajo que es el mismo de siempre... pero de otro modo.
Llego, prendo mi ordenador, reviso los papeles, catalogo el día que habré de pasar colocándole un título a una hoja de cuaderno virgen, y entonces parto de viaje. Me levanto y salgo. Inauguro mi paseo rutinario. Sólo vienen conmigo tres cosas: una inofensiva botella vacía que rellenaré de agua fresca en una de mis escalas, el mapa del trayecto programado en mi cabeza, y el espacio libre en el cerebro que habrán de ocupar las ideas que aún no tengo pero que espero poco a poco irán despertando, conforme vaya caminando, desperezándome, convenciéndome al fin de lo que debo hacer hoy.
Es tremendamente placentero mi paseo, ahora os cuento por qué. Es cada día, además, tan bueno como lo recordaba cuando sucedía en los viejos tiempos, hace ahora diez o nuevo o siete años, justo cuando dedicaba en cada mañana laboral un microespacio de diez o veinte minutos a pasear por todo el edificio, dando los buenos días, repartiendo resúmenes de prensa, saludando a las secretarias de los grandes jefes, intercambiando muecas con los chóferes del presidente y del consejero delegado, sabiéndome amigo de los capos de seguridad, presumiendo de contactos, consciente de que mi labor era –igual que hoy- muy pequeña pero muy útil, muy rutinaria como mi paseo, pero ciertamente reconfortante.
De modo que como en los dorados tiempos antiguos me levanto, agarro mi pequeña botella por el cuello, y salgo de viaje. Lo primero que veo es una gran compuerta de cristal translúcido, funcional y más bien moderna, que separa el cubículo donde producimos los periodistas y el mundo exterior. Al empujarla, o al abrirla hacia dentro que de las dos formas se puede, puede verse una figura de cartón en tamaño real de Don Draper, el tipo duro y guapo –pero francamente chaparro- de Mad Men, no sé si conocéis la serie. A la derecha, según doy la curva para ganar el pasillo central de mi edificio, un cartelón que destaca de entre todos los demás con el Enrique VIII y la Ana Bolena de ficción de Los Tudor, una serie culebrón americana para la que nunca tuve tiempo.
Bueno, ya estamos fuera. Ya se ven los dos ascensores, los dos únicos del edificio con espejo interior, que a cada rato despegan rumbo a la planta dos, la planta donde está la zona noble, la alta directiva. Entro yo -que estoy en la planta cero- cuando confirmo que nadie me sigue, es decir cuando me aseguro de que no compartiré ascensor con nadie, y pulso el dos, aguardo que se cierren las compuertas, y entonces verifico en el espejo las horas que me faltaron hoy por dormir, si mis ojos son hoy brillo o mate. Todo eso en dos o tres segundos: con ese tiempo sobra. Ya. Llegamos. Tenemos por delante un apacible paseo –aún sin carga en las manos- que sobre la moqueta suena acolchado: lo que veo durante esta porción de mi aventura matutina me gusta: tres sillones de terciopelo color pera, gente adormilada llegando, algunos “buenos días”, trasiego silencioso, trajín con olor cafeinado.
Primera estación: los titulares del día.
Me encuentro con mi tutor, el responsable de los titulares del día, el sheriff minucioso que es guardián del archivo de la información, el hombre que se desayuna con la tinta de los periódicos y los confidenciales de Internet. Su nombre no es importante; su talento y su rutina de trabajo sí. Converso con él brevemente, intercambiamos impresiones, portadas de prensa, bromas. Le tomo prestado cinco o seis periódicos, dos o tres de información general y dos o tres deportivos. Le molesto mientras él redacta los últimos titulares de la portada del día en el resumen de prensa. Me agrada y me sirve muchísimo poder despachar con él.
- Buenos días.
- Buenos días, cachorro.
- ¿Algo serio en la prensa?
- No por cierto. Si acaso las declaraciones de Roures anoche en Com Radio.
- Patrañas.
- Eso decía yo.
- Me llevo prestados cinco o seis periódicos.
- Por favor.
Sigo mi marcha por la segunda planta. Convendría decir eso sí –no recuerdo si lo precisé antes- que el lugar donde trabajo se divide en plantas (cuatro: la menos uno, la cero, la uno y la dos) y en colores (de un extremo a otro: gris, rojo, amarillo y azul), y que mi viaje ahora parte desde la zona planta dos color rojo hasta la zona planta dos color azul. Allí justo freno, giro y bajo por unas escaleras que esconden una hermosa visibilidad: desde ellas, mientras bajas a primera hora del día, puede divisarse con toda claridad la llegada masiva de los empleados en la entrada principal, su pelea diaria con los tornos de acceso, sus gestos de abrigo, los bostezos.
Ya estoy en uno azul, un lugar que da libre acceso a una de las salas destinadas al recreo en este edificio inteligente donde me paso el día trabajando. Vengo hasta aquí porque probadamente la fuente de la sala de recreo de la planta uno color azul es la única que conecta directamente con la sierra, con el agua fresca del edén, con el maná reparador que necesito. En conclusión: relleno aquí mi botella porque es precisamente aquí, en esta fuente uno azul, desde donde brota inopinadamente el agua más fresca del edificio. Antes me coloco los seis periódicos que llevo entre las piernas, para no mojarlos, para no mancharme los dedos de tinta prematuramente. Listo. Ya llevo conmigo el refrigerio y la canalla: ahora sólo y no tan sólo me queda lo mejor del paseo, la parte más jugosa de mi rutina. Bendita sea.
La línea recta, los paisajes.
Debo partir desde la uno azul hasta la uno gris. Y esto es decir mucho: como cien metros repletos de paisajes me esperan. Uno azul, uno rojo, uno amarillo y finalmente uno gris. O lo que es lo mismo, un confortable paseo -con la prensa bajo el brazo derecho y mi fresca botella de agua bien sujeta por mi mano izquierda- en el que entran y salen de mi cabeza unas cuantas ideas, planes de futuro, asuntos que no debería olvidar, llamadas que he de hacer, textos pendientes, consultas de médico, transferencias bancarias, calendarios deportivos, visitas obligadas, futuras vacaciones, sueños irrealizables, viajes soñados, tramas para una novela, adjetivos, juegos de palabras, estribillos de canción, miradas de personas, detalles que pasaron desapercibidos.
Todo eso pasa en el plano de lo que no se ve.
Porque en la atmósfera visible y respirable de lo que me rodea de verdad el recorrido es aún mejor, todo un espectáculo. Dejo a la derecha la redacción de informativos, que huele a cómic. Después, a mi izquierda, en estricto orden cronológico, un inmenso ventanal rectangular repleto de cables y conexiones futuristas que pareciera copiado de la nave espacial de Alien. Un par de suspiros después aparece en el costado izquierdo un segundo ventanal gigante y apaisado que refleja estilizada tu propia imagen, que te da como por arte de magia una fotografía de quién eres hoy pero de un modo distinto, irreal. Finalmente, también a la izquierda, un tercer rectángulo gigante de cristales transparentes que deja a la vista una selecta colección de árboles, una postal del mundo real, probablemente el único resquicio en mi edificio ceniciento desde donde puede verse qué pasa ahí fuera, en qué estación estamos, de qué color son las hojas de los árboles ahora que estamos en el mes tal, o ahora que está cambiando el tiempo, o esta tarde que alguien dijo que está siendo un año muy caluroso.
Ya estoy: uno gris. Sólo me queda bajar por unas escaleras que parten el trayecto en dos tramos y en donde, a su vez, cada tramo se encuentra dividido por un curioso ventanal interior que vuelve a conectar la mirada del paseante con el gran pasillo central. De nuevo el gran pasillo central.
Cero gris. Los Tudor, cartelones sobre la pared, Don Draper, compuertas de cristal hacia dentro o hacia fuera, de regreso al lugar de trabajo.
- Dejo aquí El País, El Mundo y los deportivos, por si queréis verlos.
- Gracias.
- De nada.
¡La nave nodriza del Imperio, eh!
ResponderEliminarYo sí sé quien es Don Draper y reconocería entre un millón y medio a los protagonistas de Los Tudor. Y ya no hablemos del guardián de la prensa... jeje
Qué pena de división... Gris eh, ahí hay un poco de luz de la buena no?