martes, 6 de abril de 2010

Helado de dos sabores.

Literatura. Género terror.
Me he acercado a las letras. Le he dado mis señas a un hombre inquietante y esquivo, travieso, oscuro, cerrado y joven. Lo he cumplimentado todo, todos los formularios: ya soy socio de la biblioteca municipal del muelle de San Blas, un lugar pequeño y gris incrustado en un edificio muy grande y muy color albero que divide su orden y concierto en una pequeña sala de lectura infantil, un mostrador lleno de monstruos, un cuarto pequeño con seis computadoras enchufadas, tres o cuatro estanterías de novelas multisabor con trozos de fruta y, creo, al fondo a la derecha, una sala de lectura adulta para que lean y consulten los adultos como yo. Me he asomado allí cuando era siesta en el reloj del martes pero, al cabo, muy pronto, he comprendido que había sido un gran error mi plan, que ese carné azulado que me regalaban no me valía en realidad para mucho, que como en el parchís nunca estaré en seguro leyendo allí, estudiando allí sentado mis papeles, tratando de escribirme cuentos. No desde luego cerca de aquel hombre extraño. De esas gafas mentirosas. De ese extraño perfil que sin mirar a las personas da y quita carnés, cancela préstamos, ordena folios en blanco.

Ese libro ceniciento, de terror, no quiero abrirlo.

Literatura. Género fantástico.
“De lo perdido, de lo irremediablemente perdido, sólo deseo recuperar la disponibilidad cotidiana de mi escritura, líneas capaces de cogerme del pelo y levantarme cuando mi cuerpo ya no quiera aguantar más.”
Roberto Bolaño, Amberes.

Estímulo y después respuesta, imagino. Llevo un par de días -que ya van para tres o cuatro semanas- pensando de nuevo en el tema recurrente y expansivo de la escritura. Era previsible que volviera a suceder: viene y va, se instala en mi cuarto para quedarse una temporada, deshace mis maletas, dice que desaparece pero siempre regresa. Ayer saltó en la radio del coche su voz cuando buscaba las noticias.

Esta vez su visita vistió colores llamativos, chillones, primavera de El Corte Inglés. No exagero:

Uno.- En las marquesinas de Gran Vía me guiñó un ojo “El escritor” de Polanski, la última cinta de Alfred Hitchcock.

Dos.- Sobre la mesilla del dormitorio me esperan cada noche las impresiones calientes de Roberto Bolaño, que dibujan en capítulos breves las letras de su vida: un libro “Entre paréntesis”, publicado en Anagrama para mí, que ha llegado hasta casa convertido en un dardo certero.

Tres.- En el fondo del cajón, por error, apareció la otra mañana la carpeta equivocada, un depósito de residuos radiactivos que guardo al lado de los relojes que se han roto, de las pilas que ni fu ni fa y los puros de las bodas: vive allí dentro un vivero manuscrito de rutinas que no me atrevo a plantar, el sobre canijo de las semillas del puede, el porvenir de un escritor borroso, o sea el árbol del niño del libro que hay que hacer en la vida pero que aún no he hecho.

El caso es que mientras los demás procesionaban por Sevilla yo me ví reflejado en el cristal del ordenador, rodeado de letras y signos de interrogación.

Los turistas rezaban colorados de sol por sus parientes cercanos, como cada año. Los vuelos de la Semana Santa tomaron tierra y después zarparon: lo de siempre. Yo me aparté un rato del bullicio que había en la calzada y me subí a la acera como un bicho raro, trepé al balcón de casa para mirar desde lo alto mis propias contradicciones. Con el puzzle completo decidí otra vez, otra vez, que intentaría escribir.

A ver qué tal ese libro: de qué trata, qué portada tiene, qué precio, qué fin.

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