domingo, 9 de mayo de 2010

Chocolate.

Debe de estar bajándome el azúcar en sangre. Creo que me pasa esto por ser primavera. O por estrenar vida justo en estos días, no sé. El caso es que hace ya muchos telediarios que me noto alicaído, que completo mi dieta rutinaria con bombones variados de urgencia, con bollos de almendras, con pan de leche terapéutico, con caprichos de chocolate y crema.

Incluso el otro día me obsequiaron con una palmera gigante de choco. La compró una amiga mía periodista en la cafetería de la facultad. Ella se llama L. La facultad es la de Periodismo de la Complutense, en Madrid. La palmera me la comí, claro.

Cuento todo esto para que sepáis que he sido así hasta ayer pero que he cambiado. Porque ahora ya no quiero más. Ya me he saciado. Cubrí todos mis huecos con azúcar y no me cabe más. No sé, es difícil de explicar. Me di cuenta ayer, en la página 9 de La sombra del viento de Ruiz Zafón, cuando tuve que abandonar empachado la lectura.

Se acabó el azúcar. Me hace daño:
"Las calles aún languidecían entre neblinas y serenos cuando salimos al portal. Las farolas de las Ramblas dibujaban una avenida de vapor, parpadeando al tiempo que la ciudad se desperezaba y se desprendía de su disfraz de acuarela. Al llegar a la calle Arco del Teatro nos aventuramos camino del Raval bajo la arcada que prometía una bóveda de bruma azul. Seguí a mi padre a través de aquel camino angosto, más cicatriz que calle, hasta que el reluz de la Rambla se perdió a nuestras espaldas. La claridad del amanecer se filtraba desde balcones y cornisas en soplos de luz sesgada que no llegaban a rozar el suelo. Finalmente, mi padre se detuvo frente a un portón de madera labrada ennegrecido por el tiempo y la humedad. Frente a nosotros se alzaba lo que me pareció el cadáver abandonado de un palacio, o un museo de ecos y sombras".

Vuelvo a Bolaño. O retomaré a Pessoa. Puede que le eche un ojo a una autobiografía de Chesterton, que anda por ahí dormida. O vuelvo a buscar a Arthur Miller.

No sé, tengo que encontrar otros sabores.
Fin del chocolate.
Sabor salado tal vez:
¿el Moby Dick de Melville?

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