El barrio da igual. Incluso el país. Hay costumbres que no cambian. Martín por ejemplo conserva inamovible la hora de su toque de queda. En cuatro años su padre Aquiles y él han cambiado ya hasta tres veces de hábitat –el DF primero, Madrid después y ahora Nueva York-, pero han conservado algunas coordenadas de vida. Ciertos horarios. Cambió el entorno, cambiaron sus conocidos, pero no la hora a la que había que volver a casa cada día para cenar, por ejemplo.
A las nueve, chico, a las nueve. Me da igual lo que hagan tus amigos. Me dan igual las costumbres de Brooklyn, o que esta noche los Yankees jueguen las Series Mundiales. Anota este número, chaval: nueve; nue-ve; ¿queda claro?
Lo que son las cosas. La noche en la que nos acercamos a espiarles ambos habían faltado a su cita. De hecho, era la primera vez en varios meses que su casa diminuta de alquiler, a la espalda de la calle Bedford, estaba vacía a la hora de cenar.
Aquiles seguía en la puerta del hotel Hudson, haciendo horas extra como seguridad de apoyo en el hall principal. El director del hotel, Charlie Bradson, le había pedido que supliera a Harry.
¿Y Martín? Justo a esa hora el adolescente esperaba a la nueva vecina del barrio, a la que sus amigos llamaban la canadiense, confiando en que después de sus clases de piano ésta regresara a casa como cada noche. Pasaba el tiempo disimulando, recostado en un banco.
Entonces sucedió. Fue sobre las nueve y veinte de la noche. No sería mucho más tarde. Hubo silencio. Calma. Rutina. Y después, zas: el agente de seguridad Aquiles Ortega vio cómo cruzaba el vestíbulo, volando, una presencia ficticia, resplandeciente. Su tránsito dejó escrito un signo de interrogación. Era compositora e intérprete según supo semanas más tarde; se llamaba Laura Kurtz.
A la misma hora, en la otra punta de la ciudad, la canadiense pasó al fin por la calle Bedford, sonriente, silbando el final de su práctica del jueves. Pasó por delante de Martín, el vivo retrato de su padre. Tarareaba la canadiense algo de Sibelius, una sonata tal vez.
El caso es que aquella noche cada cual, padre e hijo, cenó por su cuenta.
Los capítulos de esta RADIONOVELA pueden escucharse cada semana en el programa de radio El Hombre Que Se Enamoró De La Luna (los martes, desde las 22:30h, en el 102.4 FM de Madrid y www.radioutopia.es y también, de forma independiente, en la página web del programa: en este enlace.
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