Debajo de la moqueta, en el sueño profundo de las baldosas sobre las que cada día desfilan, no sé si saben, duerme la arena color albero. Debajo de la ropa de la Plaza de Colón hay una plaza de toros, con toreros que cruzan por los semáforos, con coches que embisten o mansean, con monumentales atascos, con cal pintada en paso de cebra, con agentes de tráfico o monosabios. Con paradas de autobús de burladero.
En medio de la ciudad donde atascados hacen cada día el paseíllo, en las tascas, en algún despacho de oficina, en los palcos del Santiago Bernabéu, sobre el ruedo colchonero, hay toreros. Muy temprano en las aulas, muy tarde en los billares y en las partidas de cartas, la vida se deja lidiar, el hambre da cornadas en bocas de metro, los más jóvenes se vienen arriba. En Madrid, la ciudad donde se citan los taxis con un deje torero, donde hay que llevarse a los niños a los medios para que monten en el columpio, vive la vida en torero. Y, según cuándo, un asta de toro nos acierta y, según cómo, nos llevan a alguna enfermería.
Nos pasa a todos: cuando somos novillos, cuando estamos fuertes -el toro de cinco y el hombre de veinticinco, dicen- y cuando nos cortamos la coleta. Nos pasa tengamos o no el permiso de la autoridad y aunque el tiempo y el viento enemigo no lo permitan. Les sucede a las niñas con buen cartel, a los hombres flojitos de remos, a los modernos que llevan chaqueta torera y a los cabestros, que son unos bueyes que se dejan llevar por lo que diga el resto. Todos viven sin querer la vida en torero, a todos les hicieron acoso y derribo, o les dieron castigo en el cole, en su casa, en el trabajo (o mejor “curro”, que tiene más guasa).
Eso a los que no les pusieron los cuernos.
Muchos pasean, dan vueltas al ruedo. Otros, los que lo ven desde la barrera, piensan que no es para tanto, que exageramos los que todo lo vemos de luces. Otros siempre están de acuerdo y siempre lo dicen a toro pasado. Otros muchos se saltan los problemas –y éste también- a la torera. O siempre están cansados, para el arrastre. O simplemente no conocen el percal, quién sabe. El caso es que, no sé si me siguen, están ustedes rodeados de toreros que lo fueron o que quieren serlo, que lo son sin saberlo, que han probado la vida en torero. Miren bien por las calles, en los museos, en los bares. ¿Los ven?
Chenel, que ejerce, dice que “la colocación es imprescindible: en el toro y en la vida”. Y dice que “hasta para tomarse una cerveza en la barra de un bar conviene estar bien colocado”. Tiene razón. Sabe Chenel que hay que ser torero mandando en la plaza y también, si me permiten el cambio de tercio, comprando el pan. Y que es mejor que te pille el toro a tener estrés, y que antes que buena acogida, un torero yuppie o una actriz torera deberían preferir puerta grande. De modo que valor, suerte y al toro. Que no les den los incrédulos la puntilla, que no les valga en la vida una media estocada, que cada noche les cuajen las faenas, que el futuro no se les quede cortito. Afróntenme la vida cogiendo al toro por los cuernos, ajústense los machos, permítanme que les eche un capote, conviertan su vida en un cartel de toros. Pónganse la vida por montera y ábranse de capote: vivan la vida en torero.
En memoria del torero del mechón blanco.
No hay comentarios:
Publicar un comentario