No sé a qué joven escritor le escuché hace poco contar que sus novelas cada vez se interesaban menos por la trama, por el argumento, y mucho más por el estilo, por el cómo estaban contadas.
Estoy en profundo desacuerdo con él. En todo.
Primero, porque él es escritor y yo no lo soy.
Segundo porque yo, a diferencia de él, nunca encontré para mis textos otro lugar donde estar y en el que vivir que el estilo, o sea el cómo, el complemento circunstancial de modo, el molde, el ritmo, la forma, la melodía, el soniquete, un corsé, mi propio estribillo mental o sentimental, la respiración, la sonoridad, las parejas de palabras, las pausas, las alternancias, las estructuras trimembres, las líneas invisibles.
Lo reconozco: nunca tuve nada que contar. Pero a veces sí tuve necesidad de sacar hacia afuera la música del texto, unas veces tamtan y otras sinfónica, que llevaba dentro.
Por cierto, y hablando de músicas y de palabras, no quisiera yo seguir -o más bien terminar- sin levantarme y aplaudirle al genio. Plas plas plis plas. Sí sí, al genio. Porque cuando la palabra es sinfónica por encima de cualquier otro propósito, en mi modesta opinión, la palabra es él: Juan Ramón Jiménez.
Qué bueno sería tenerle a él y no a mí, incluso a Platero y no a mí, en este blog minúsculo. O bloj, mejor dicho.
Escuchad. Mirad si tengo o no razón:
Primera: (…) “Con su llorosa alegría, me ofreció dos escogidas naranjas, finas, pesadas, redondas. Las tomé, agradecido, y le di una al borriquillo débil, como dulce consuelo; otra a Platero, como premio áureo.” (…)
Segunda: (…) “Los niños saltaban, tocando las palmas, arrebolados y rientes como auroras; Diana, loca, ladrándole a su propia y riente campanilla; Platero, contagiado, en un oleaje de carnes de plata, igual que un chivillo, giraba sobre sus patas.” (…)
Y tercera sinfonía: (…) “De las siete galerías del Paraíso se creyera que tiran rosas a la tierra. Cual en una nevada tibia y vagamente colorida, se quedan las rosas en la torre, en el tejado, en los árboles. Mira: todo lo fuerte se hace, con su adorno, delicado.
Parece, Platero, mientras suena el Ángelus, que esta vida nuestra pierde su fuerza cotidiana, y que otra fuerza de adentro, más altiva, más constante y más pura, hace que todo, como en surtidores de gracia, suba a las estrellas, que se encienden ya entre las rosas...” (…)
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