martes, 22 de diciembre de 2009

Certidumbre.

A veces se nos olvida que la guantera del coche es pariente cercana de los guantes del cajón, o que dentro del verbo aislar vive una isla. A menudo las obviedades del ecosistema se hacen invisibles y hacemos las cosas porque sí, sin preguntarnos acerca de las causas o las consecuencias de nuestras acciones, o sea restándole espacio al peligro y a los daños colaterales que se nos pueden venir encima sólo por culpa nuestra.

A mí me ha pasado esto muchas veces, casi a diario. Y me ha pasado esto también con este blog, un invento que eché a andar hace algunas semanas ya y alrededor del cual no quise elucubrar demasiado no fuera a ser que los contras aplastaran los pros, no resultara que la conclusión prematura de este cuaderno de caligrafía en Internet que es Presente Imperfecto Simple fuera “no lo empieces siquiera, no merece la pena”.

Ahora ya han pasado los días y ya han llegado las primeras críticas. Buenas, muy generosas en líneas generales, por cierto. Ahora ya ha dado tiempo a parar y a pensar, a hacer el primer balance, a mirar con cierta perspectiva. Correcto: tiempo en definitiva para comenzar a AGOBIARSE.

Por qué.
Por la pura naturaleza de la escritura, porque a mi modo de ver en el ejercicio de la escritura reside sin ningún género de dudas la actividad humana más compleja, más exigente, más peligrosa. Escribir no puede tomarse nunca a la ligera. Da igual lo que digan los libros de autoayuda y algunos baratos best sellers, dan igual los libros que escriben en dos tardes los presentadores de televisión, la biografía excremento de Cristiano, las noveluchas de los famosos, los folletos enrevesados que tratan sobre cualquier cosa y que están escritos por algunos periodistas muertos de hambre. Escribir es un ejercicio de estilo imbricado, una estructura, un edificio de palabras con plantas que son párrafos, con corredores de páginas, con ascensores, con capítulos cerrados y personajes interconectados, con sala de juntas y despacho oval. Escribir es una frase corta o muchas largas, si no las dos cosas, tener un buen final y no perder a nadie en el capítulo tres, saber qué quieres contar, no repetir palabras adrede, no apabullar con sentimientos, no dar nada por supuesto, no rimar en prosa porque es muy mala cosa, no fallar.

Hoy un hermano político que tengo me dijo que tal vez resultaran algo largos los textos de mi blog. Yo no lo creo así, por eso le agradecí la crítica y pasé a otro asunto. Concretamente a este asunto, el que hoy tira de mí. Pasé a pensar en los rasgos de mi blog, en la metafísica de andar por casa que le da de comer. ¿Raro? Bueno.

Todo iba más o menos bien pero sólo más o menos: al cabo de un rato me di cuenta de una muy mala noticia, una máxima obvia pero demoledora. Al menos para mí: “escribir un blog” es muchas cosas a la vez, sin duda, pero por encima de todas ellas es “escribir”. Un verdadero problema por tanto, un serio problema físico y neuronal y psicológico y de pareja y social para mí, que ya voy teniendo generoso historial psicótico sobre este aspecto.

Por qué.
Porque escribir es para mí un continuo y paralizante quebradero de cabeza… y porque me temo que “escribir un blog” se parece demasiado a “escribir” como para que ahora que me he dado cuenta pueda escapar.

Porque lo que debería tratar de hacer cuando afronto una página en blanco –creo yo- es manipular material muy sensible, muy frágil, y ordenarlo de manera que despierte alguna reacción química, algún pellizco en el lector. Y eso provoca vértigo, eccemas y responsabilidad.

Porque plantearse temas aparentemente menores como la legibilidad de un blog con letras blancas sobre fondo negro puede llegar a convertirse en un debate interior francamente incómodo. Doy fe diaria de ello.

Porque pensar en la longitud de tus propios textos, más allá de hacerte pensar en el tiempo que debe estar retenido tu lector, te hace pensar muy frecuentemente en tu propia dimensión, y extensión, y talla, y metraje, como aprendiz de escritor. Porque es muy habitual pensar que si escribes algo corto eres un escritor corto y si escribes algo largo eres Saramago. Y eso no mola cuando no te sale nada más.

Porque ya puedo notar cómo el corazón me pinza de vez en cuando, me manda mensajes inequívocos que dicen “hablas mucho de ti en el blog ése que escribes, tu narrativa electrónica es un tonto diario infantil escrito de puño y letra por una niña ñoña con trenzas de segundo de la Eso”.

Porque a veces me divierte tomar prestados datos o anécdotas o destellos de la vida de los demás, o de los lugares de los demás, o de las historias del resto, y casi siempre me arrepiento después, justo cuando experimento un brote neuronal que me grita en el cerebro “invadiste la vida privada de alguien y la aireaste de manera estúpida en un relato, en este fragmento de tu novela o, peor aún, en tu blog ilegible de letras blancas sobre fondo negro”. Y sigue. Luego dice “encima es demasiado largo”.

Porque unos días pienso que esta caligrafía que dejo suelta en Internet debería ser menos cantidad pero más espaciada, debería contener relatos independientes, sin ninguna conexión con la realidad cercana, esto es directamente enchufados a la más pura imaginación del autor que soy yo. Y en estos días me exijo y me ordeno que debería escribir un Alicia en el país de las maravillas cada quince días para poder colgarlo en la Red. Creedme: no es nada fácil vivir así, estar en el trabajo o en un atasco así, fingiendo estar relajado, concentrado, cuando de verdad dentro de ti alguien con tu misma voz te dice “piensa en algo Lewis Carroll, a ver si se te ocurre ya algo imaginativo que no tenga que ver con el mundo real”.

Porque otros días creo que me están pudiendo las tramas, que lo que dejo desnudo en este blog puede ser más o menor entretenido, mejor o peor, pero que es “algo” al fin y al cabo, o sea un argumento, una anécdota, un pensamiento, una historia. Y no me gusta, porque lo que considero precisamente en esos días es que mi blog debería ser un cuaderno de estilo puro, un libro de Caligrafías Rubio de verdad, un entrenamiento de escritura en toda regla. Y pienso que lo que debería exhibir mi Presente Imperfecto Simple tendrían que ser juegos de palabras, verbos inventados, nuevas oraciones subordinadas, pasivas reflejas, oraciones simétricas, metáforas chispeantes o vaporosas, según toque.

Porque hay momentos en que me reconforta comprobar que algunos seres humanos amigos míos opinan sobre mis textos, lanzándose a colocar comentarios justo después del punto final de mis divagaciones semanales. Pero hay otros momentos en que verifico que mis únicos seguidores visibles son mujeres y pienso “soy un escritor para mujeres”, o peor “soy la prueba palpable de que existe eso que tanto he aborrecido siempre, la literatura para mujeres”. Y me veo con bastón y un gato, envuelto en un albornoz y adornado con un pañuelo reflectante y floreado, como Antonio Gala.

Porque pasan los días y el trabajo pasa sobre mí, atropellándome. Porque no me deja capacidad de maniobra ni tiempo de reloj para poder sentarme a pensar qué quiero escribir, qué necesito contar, qué quisiera entrenar. Porque mientras pienso eso no puedo evitar registrar el tiempo que está pasando sin que tenga tiempo para siquiera pensar en escribir –y mucho menos para poder hacerlo- y me da la asfixia, me noto que me fallo a mí mismo, que soy un fraude social, que no merezco que nunca nadie me pregunta si estoy o no estoy escribiendo. Entonces asumo que me he inventado un personaje impostor que no tiene que ver con mi rutina, que tal vez haya alguien esperando brotes verdes en mi blog, o el final de una novela, y yo no puedo o no sé llegar a tiempo para suministrarle su dosis. Y, claro, como cualquiera, sufro.

De modo que.
De modo que lo que os quería decir es que todo se ha complicado justo hoy, cuando me he puesto a pensar.

Aunque.
Unilateralmente he decidido seguir escribiendo, dejando en el tablón de vuestro ordenador cosas, aunque ya no es igual. Ahora el que pinta este blog es el mismo que trataba de escribir relatos, e-mails multitudinarios, discursos, pasajes de una novela. El mismo que le tenía miedo y respeto a casi todo lo que tuviera que ver con el verbo escribir.

Me he dado cuenta –puede que tarde- que esto que hago aquí puede llegar a ser igual de opresor que lo que hacía secretamente. Lástima, pero no hay vuelta atrás: ya sé que lo que trato de hacer con vosotros de vez en cuando, usando sólo las palabras, es igual de exigente que lo que he hecho siempre… pero si cabe un poco más.

Es un reto.

En cierta manera, es como si antes toreara de salón y ahora, de quince en quince días, me echaran suelto un torito guapo de Alcurrucén. Por cada “por qué” que me bombardea el cerebro antes de escribir se santigua una vez el torero que está en la capilla que llevo dentro. En cada crítica punzante que me hagáis, silencio en el tendido, división de opiniones. Mejor eso que nada: dejar de intentarlo es para mí cornada grave, tres trayectorias, pronóstico reservado.

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