lunes, 4 de enero de 2010

Dos alas.

En el cuarto piso de mi casa vive un hombre esponjoso. Él es uno de los dos ángeles que he conocido en mi vida. Lleva un gabán que es como una de esas mantas que te echan por encima los vecinos cuando escapas de un incendio. Moreno, un metro ochenta centímetros, guarda una lumbre juguetona dentro de la tienda, un fuego blanco que se le escapa, que flirtea luces y sombras centelleantes, que deja entrever chispas saltarinas e irracionales, bondadosas, por entre sus dos ojos diminutos.

Coincido con él en el ascensor. Abriendo y cerrando la puerta del portal. Alguna vez que sacaba yo la basura y él entraba. Cuando bajé el otro día a comprar hielo al Bazar Saigón. Es correcto, impecable en el protocolo, y fuma para disimular, para que no se le note su bonhomía.

Cualquiera que le haya dado al play a sus ojos sabe que vive en el cuarto pero viene de más arriba. La otra noche le rocé al abrir la puerta del montacargas y sonrió por sorpresa el aplique fundido del descansillo.

Creo que nos protege. A mi comunidad, digo. Que es un poco el ángel de la guarda de la calle nuestra, algo así como un protector pasivo, estático, que le da a mi edificio y a las dos o tres manzanas colindantes la paz que no supieron dibujarle los arquitectos y constructores municipales, asalariados terrenales.

Puede. Desde luego este vecino celestial no es muy distinto al ángel salvador que trabajaba hace unos años como conductor del autobús 132 y que, por obra y gracia del Evangelio Municipal de Transportes, me llevaba cada mañana a la facultad de Ciencias de la Información donde en cinco o seis años me Informé de la Vida. Moreno, metro ochenta, el ángel del 132 conducía una paradoja con olor a gasolina, un autobús medio vacío que en cambio siempre estaba lleno a rebosar en su primera mitad, que dejaba filas y filas vírgenes atrás porque todo el mundo, todos los pasajeros que éramos nosotros, nos arracimábamos alrededor del piloto, del guía, del gurú, del profeta. De este hombre bueno o sea.

Él daba los buenos días como quien da un abrazo. Tronaba y rugía el mes de febrero ahí fuera pero en su pequeña villa móvil hacía calor, era otra cosa, tocaba fiesta, los bonobuses sonaban en la maquinita como campanas de navidad.

Subía una chica al 132 y estaba dos paradas al lado suyo, hablando con él de su examen o de su novio, de su madre enferma. Él escuchaba mientras conducía, permitía que los chicos apoyaran las carpetas en el mostrador anexo a la luna delantera. Recibía a los inquilinos y les daba lo que esperaban; ellos lo tomaban, cogían ese detalle de lunes o de jueves por la mañana que era tanto, que era un milagro de entresemana, y se iban hacia atrás.

Subía un jubilado y le daba una palmadita en el hombre, le preguntaba por la familia, le reconfortaba. Y el abuelo se iba hacia atrás. Y luego se bajaba donde dobla la calle Monforte de Lemos.

Subía al 132 yo, picaba mi abono transporte y le miraba, sin decir nada. Me daba los buenos días y, en secreto, me soplaba suerte para el examen de Relaciones Internacionales. Siete con ocho, notable, por fin he terminado la carrera.

“Hasta luego, buenos días”. “¿Y qué se estudia en tercero de Filología?” “¿Va usted a Princesa, señora? Siéntese, no se preocupe, que yo le aviso.” “Sí, esta avenida ahora está cortada.” “Están remozando el museo. ¿Se enteró de lo del incendio?” "Qué, ¿durmió hoy la niña o no? Tienes ojeras..."

Creo que hace años sabía incluso su nombre. Lamentablemente ni siquiera sé ahora si sigue conduciendo, si le cambiaron de línea, si era real o no demasiado. Hoy sólo tengo la seguridad de que me llevó y me trajo tantas veces, me trazó un camino tan importante, que su recuerdo me ha convalidado en el mundo real como dos o tres cursos llenos de créditos de Periodismo.

Basado en hechos reales.
Me acuerdo de todo esto ahora, justo esta noche, porque aún tengo reciente la imagen desconcertante con la que me topé justo cuando se desperezaba el año, el pasado viernes 1 de enero. Veréis: paseaba yo por la calle Arquitecto Vandelvira, o sea algo así como en el cruce de la Quinta con Broadway en el Nueva York de Castilla La Mancha que es Albacete, y entonces lo vi: un hombre joven, de unos treinta y cinco o cuarenta años, sacerdote con alzacuellos para más detalle de la descripción, reposaba dentro de su coche -perfectamente aparcado- mientras escuchaba música. A eso de las dos de la tarde, esto es a plena luz del día. Cuando me crucé nos miramos. Se dio cuenta creo de que le estaba descubriendo. Yo desvié el telescopio, rápido.

Tal vez ese muchacho, que era tan muchacho o tan anciano como yo lo soy esta noche, buscara lo que yo ya he encontrado en un par de ocasiones.

Tal vez sea uno de ellos. Un ángel, digo.
O tal vez no.

Escuchaba la música muy alta, sin hacer nada, como esperando. No pude evitar darme cuenta –porque el volumen era atronador, apocalíptico- de que la canción que aquel sacerdote escuchaba era ésta.

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