Servicio de habitaciones. Pase, déjelo sobre la mesa. Ahí, por favor. Tome, gracias. Gracias a usted, señor, buenas noches. Buenas noches. El mozo se marchó deslizándose sobre la moqueta color miel, dejando tras de sí el clac metálico de la puerta al cerrar. Clac. Michael se quitó los zapatos y, mientras tomaba el teléfono inalámbrico de la habitación con la mano izquierda, mientras se lo acercaba al oído esperando que le hablaran, fue desabotonándose los dos y tres primeros botones de la camisa: luego, la corbata se desintegró sola. Póngame con la habitación 740, por favor. ¿La 740? Enseguida señor. ___ ___ ___ ¿Dígame? ¿Marti? Marti, soy yo, Michael. Ya he llegado. Llegué esta tarde, en el vuelo de las 20:00h. Tenemos que vernos. ¿Mañana? No, mejor ahora, esta noche. ¿Dónde estás? Me alojaron en el Waldorf, como a ti. Dime en qué habitación. En la 522, acabo de pedir la cena. Pasaré luego a tomar una copa. ¿Vendrás? Sobre las doce puedo bajar. De acuerdo, a las doce está bien.
El carro del mozo tintineaba detrás de la puerta. Alguien de la quinta planta había decidido cenar también en la privacidad de su habitación. Delató la maniobra el ruido de los vasos y los cubiertos sobre las bandejas: un estruendo dulce que, poco a poco, fue despidiéndose. Michael entreabrió entonces las cortinas del inmenso ventanal. Poco a poco, en silencio, apartó la tela cautelosamente, sin regalarle al enemigo movimientos bruscos, detalles que pudieran resultar extraños si -como temía- estaba siendo objeto de vigilancia. Abajo, el bullicio de Park Avenue no descubría nada extraño: gente abrigada, humo en las alcantarillas, fluorescentes cabalgatas de taxis. En la acera de enfrente nada. Ningún coche en doble fila, nadie apostado frente a la fachada. No hay luto de cristales tintados, ningún sospechoso, nadie detenido, conversando, observándole. Ante este panorama, más bien tranquilizador, Michael echó el telón de nuevo. Y volvió a la penumbra, sólo matizada por la luz cálida y minúscula de la lamparita en la mesilla, que dotaba a la habitación de una atmósfera tenue y anaranjada.
De pronto golpearon la puerta. Tac tac. Dos veces. Michael consultó su reloj. Confirmó después que llevaba la cartera. 22:07h. Tac tac. ¿Michael? Se acercó despacio, procurando no respirar, sin hacer ruido. No era la voz de Marti. Intentó escuchar cualquier señal al otro lado de la puerta. Pero no golpearon más. No se oía nada. Nadie hablaba. No preguntaron otra vez por él. No había pistas. Por eso Michael H. volvió sobre sus pasos, se sentó sobre la cama y de nuevo, casi de manera secreta, como vigilada, se calzó. Estaba nervioso. No podía pensar. Piensa. Qué haces. Piensa. Rápido. Debes irte. Después de unos segundos, mientras se anudaba un doble nudo en sus bruñidos zapatos de alto ejecutivo, decidió probar bocado. Cenaría algo antes de salir de allí. Pero tenía que salir. Comería algo y se iría: allí no estaba seguro. Se dirigió hacia la mesita de la habitación, colocada justo en la otra esquina. Destapó el armazón de la bandeja, una de esas pequeñas cúpulas metálicas que mantienen el calor, y entonces se terminó todo para él: en la bandeja encontró una explosión desmedida, una trampa, que en apenas unas décimas de segundo convirtió la habitación 522 y buena parte de la quinta planta del Hotel Waldorf Astoria en un tornado de humo y fuego. Michael H. eliminado.
___ ___ ___ Hola, al habla Marti Varkowski. Michael Harrington ha sido eliminado; salgo del edificio. La puerta de la habitación 740 se abrió. Primero despacio y luego rápido. Marti confirmó que nadie le esperaba cuando ganó el interminable pasillo de la séptima planta. Al menos no en apariencia: todos corrían despavoridos en busca de los ascensores y las escaleras de incendios. Nadie reparaba en nadie más. El sonido nervioso de la alarma era insoportable, todos los ascensores estaban bloqueados. El agente Varkowski, como todos los demás, decidió descender apresuradamente por las escaleras de emergencia, situadas al final del piso. Conforme bajaba los escalones, saltando de tres en tres, Marti iba sorteando personas y gritos. Entonces decidió tomar el revólver del interior de la americana y empuñó su arma reglamentaria. ¡Tiene un arma! ¡Va armado! Apártense, vamos, soy policía. Planta seis. Humo y gritos. Apártense. Apenas se veía nada. Desde la quinta planta crecía un inmenso muro compuesto por gases y miedo, un aire sólido, sordo y asfixiante. ¿Marti? ¿Marti, me oyes? Ha habido problemas. No tenemos los documentos. Dime si me oyes, Marti. Han interceptado a M12, han interceptado a M12. Tienes que entrar. ¿Marti, me oyes? Era grande la confusión en la cabeza del joven agente Marti Varkowski. No veía nada. Intentaba cubrirse el rostro para no ahogarse. Escuchaba las instrucciones en el fono de su oído izquierdo de manera entrecortada. ¿Marti, puedes oime? Contesta. ¿Estás ahí? Recibido, señor. Estoy entrando. Habitación 522. ¿Me oyes? Habitación cinco dos dos. Entro. Estoy entrando. Corto. Estaba ciego: le cubría el rostro el vuelo de su americana. El agente federal Varkowski, número de placa 0076 FD, se adentraba en la boca del lobo. Quinientos catorce, quinientos dieciocho. No veo. No veo, me ahogo. Marti ¿me oyes? Es la 522. Ya estás. Repito, estás cerca. En la caja de seguridad. Está abierta. Quinientos veinte, quinientos veintidós. Estoy dentro. Cambio. Mandadme a alguien. Me ahogo. Llego a la caja. Hay algo. Los tengo. Tengo los documentos, señor. Marti tropezó al salir de la habitación. Se golpeó el hombro con el pomo de la puerta. Se levantó y siguió. Ahora no podía desfallecer. No había fuego. Sólo humo. No veía el fuego. No quemaba, no olía a quemado. Y no se oía nada. Nada en absoluto. Por fin llegó de nuevo a las escaleras. Siguió bajando. Llevo los documentos, cambio, llevo los documentos. ¡Los tiene! ¡Bien Marti! Cuarta planta. Gente tirada en el suelo. Muertos. Otra vez gritos desesperados. El agente estaba cerca. Tenía los documentos. Tan sólo debía alcanzar sano y salvo la salida del hotel. Allí fuera tendría cobertura. Estoy saliendo, señor. Estoy saliendo. Corto.
___ ___ ¿Sí? Quiero hablar con el Jefe del Estado Mayor. Soy John Malone, asesor del presidente Bush. Le paso. ¿Frank? Frank, soy Joe, hola, escucha: no quiero aburrirte, así que terminaré pronto, cuéntame qué sabes del incidente del Waldorf. ¿Del Waldorf? Lo he visto en la CBS a las 22:00h: ocho civiles muertos, una explosión en la quinta planta, ¿terroristas, Al Qaeda? No Frank, no son terroristas. Hemos perdidos dos hombres. Nos han tendido una trampa. Nos han jodido los nuestros. ¿Los nuestros, Joe, otra vez con eso? Frank, nos han jodido, esta vez nos han jodido. Tengo que dejarte, Joe, me reclaman. Frank, hoy necesito tu ayuda; estoy implicado. Tengo que dejarte Joe, lo lamento. Iré a la prensa con esto, no me presionéis, vosotros me obligáis a esto, Frank, iré a la prensa, hablaré con la prensa y les hablaré de los federales.
Servicio de habitaciones. Pase, déjelo sobre la mesa. Ahí, por favor. Tome, gracias. El mozo del hotel, un muchacho pecoso y pelirrojo que escondía la identidad del joven agente federal Ralph Newmann, tuvo tiempo suficiente para registrar visualmente la habitación 522, identificar las facciones y reconocer a su veterano colega Michael H., y dejar sobre la mesita auxiliar la bandeja con los explosivos. Gracias a usted, señor, buenas noches. Buenas noches. Las instrucciones del agente Newmann eran claras: entraría, confirmaría que Michael Harrington permanecería aún unos minutos más en la cinco dos dos, dejaría los explosivos y abandonaría con premura el escenario de la emboscada. Así lo hizo. Cumplía órdenes. En su primera gran misión, la primera gran oportunidad para él de cara a sus superiores, el agente debía traicionar a un compañero en acto de servicio. No correspondía hacer preguntas; sólo llevarlo a cabo. Gracias a usted, señor, buenas noches. Buenas noches. El agente Newmann se marchó deslizándose sobre la moqueta color miel, tranquilo. Michael había caído en su propia trampa; al fin y al cabo no estaba demostrando ser tan experimentado como decía su expediente. Randolph Newmann se desabrochaba el uniforme del hotel con la mano izquierda, satisfecho, mientras avanzaba por el pasillo de la quinta planta: aquella casaca azul marino le oprimía un poco el cuello. Dejó tras de sí el clac metálico de la puerta al cerrar. Clac. “Ya está, perfecto, misión cumplida” pensó el mozo falso. Con la diestra seguía empujando el carrito de las bandejas. “Un poco más, doblar la esquina, y listo”: ya estaba frente a la puerta de la cinco cuatro cuatro, habitación elegida por su superior directo como cuartel general de la operación. Llamó. Una sola vez, según protocolo. Le abrieron. El agente Randolph Newmann atravesó el umbral de la puerta, se adentró en la penumbra, y esperó nuevas órdenes. Pero no llegaron: cuando la puerta se cerró, se precipitaron los acontecimientos. Un portazo, un disparo con silenciador –que fulminó los veintinueve años de vida de Newmann- y la fuerte explosión procedente de la 522. Randolph N. eliminado. Michael H. eliminado.
“Arde el Caso Waldorf Astoria”. Texto: Ed Norton, The New York Times. Fotografía: Susan Morrison. Pie de foto: “Imagen del aparatoso incendio del Waldorf Astoria, el pasado jueves 27 de diciembre”. El cuerpo de John Malone, asesor del presidente Bush desde el año 2005, apareció ayer sin vida, en extrañas circunstancias, en el apartamento que la víctima poseía en el barrio neoyorquino de Tribeca. Fuentes policiales confirmaron a este periódico que Malone, de 57 años, presentaba signos evidentes de estrangulamiento. El presunto homicidio podría estar relacionado con las investigaciones abiertas en torno a los incidentes que tuvieron lugar el pasado 27 de diciembre en el Hotel Waldorf Astoria de Nueva York y que provocaron, además de severos daños materiales en la fachada y el interior del conocido establecimiento, la pérdida de ocho vidas humanas. Según ha podido saber este periódico, el asesor del presidente John Malone gestionaba personalmente dichas investigaciones hasta veinticuatro horas antes del momento de su muerte, en la mañana del día de ayer, instante en que fue apartado de sus responsabilidades sin que se haya conocido por el momento explicación oficial al respecto. Recordemos que dichas investigaciones, hasta la fecha, no han conseguido en absoluto arrojar luz sobre ninguna de las grandes incógnitas que rodean a este catastrófico suceso. No en vano, seis días después de los trágicos incidentes, el pueblo norteamericano no sabe todavía quién provocó el incendio, qué hay detrás de las primeras hipótesis del Pentágono –que situaban a Al Qaeda detrás de la explosión en la quinta planta- y qué relación existe entre la tragedia, la extraña muerte de dos agentes federales, y el silencio de M. V., misterioso y “mudo” superviviente perteneciente al cuerpo del F.B.I. Según fuentes consultadas por este periódico, M. V. podría haber alcanzado la calle tras los altercados portando documentación reservada, y haber sido retirado rápidamente con claros síntomas de asfixia –siempre según las mismas fuentes- en una maniobra “discreta” llevada a cabo por agentes federales, que podrían haberle conducido “con celeridad” hasta el interior un furgón blindado del Gobierno de los Estados Unidos de América. Hoy, en palabras de personas próximas al propio agente, M.V. se encuentra “ausentado temporalmente”.
El caso podría tomar otro cariz de confirmarse las hipótesis que apuntan a que una confesión firmada, algo así como un “legado” escrito antes de morir por el propio John Malone, obra ya en poder de un periódico de amplia difusión. Al respecto, The New York Times niega en este artículo que posea dicha documentación –si tal documentación existiera- y sale así al paso de las infundadas acusaciones vertidas en las últimas horas por algún medio de comunicación. Si Malone habló, si acusó antes de ser presuntamente eliminado, este periódico desconoce los extremos de su argumentario. Asimismo, The New York Times confía y desea que la ley y la justicia guíen las investigaciones, de tal modo que pueda derivarse pronto de las mismas el esclarecimiento del asunto. Nueva York, 3 de enero de 2008.
¿Frank? Frank, soy Joe. ¿Me oyes? Sí, seguro que me oyes. ¿No coges el teléfono? Frank, voy a hablar. He mandado una carta. Lo tiene todo el Times, Frank. Se ha terminado el juego. Lo tienen todo. Mañana lo sabrá todo el mundo. Vosotros me obligásteis. Ahora se ha terminado el juego. Ahora… Tac tac.
¿Quién es? ¿Quién?
¿Señor Malone? ¿Señor John Malone?
¿Quién es?
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