He estado haciendo autoestop en la autopista, buscando que parara algún tema de conversación. Nadie se detuvo, ningún tráiler ni utilitario digo, pero creo que varios estuvieron cerca de reducir, registrar mi presencia, y echarse a un costado del arcén. Noté cómo me miraban a medias, cómo me veían y sin embargo me olvidaban, como quitándome toda importancia.
Uno era un convoy de circo, que en cada de los nudos de su columna vertebral llevaba un asunto deportivo de máximo interés. La maravillosa paz interior que adorna al chico de barrio David De Gea, el nuevo e impúber cancerbero del Atlético, era uno de los vagones, el más nuevo. La honrosísima manera que tiene Rafa Nadal para encarar los problemas, otro. La rueda de prensa del Príncipe de Asturias Raúl González Blanco y el estúpido manotazo de Cristiano, sus verdades y sus mentiras o sea, otro más. Y justo a su lado un contenedor gigante, púrpura y dorado, histórico, llamado L.A. Gasol. El penúltimo fue una noria móvil, una que daba vueltas hermosas y concéntricas, que cosía y descosía la gravedad sin darse mucha importancia, que me dijo se llamaba Andrés Iniesta Luján. Tirando de todos ellos, pilotando en la cabina, reventando la máquina, el motor con cien mil caballos, la potencia, el gas, el rugido de uno de los más grandes deportistas españoles de toda la historia de los deportes de equipo, un muchacho que tiene títulos y títulos y tantos títulos que los tiene todos, uno que es grande y rubio, próximo y sheriff: David Barrufet.
Pasaron muchos. Cientos de vagones y automóviles veloces. El último de todos ellos, un deportivo rubio forrado de tatuajes. Guti, creo.
Pasaron pero no ancló ninguno de ellos. Por eso ocupé la tarde sin temas de conversación que poder escribir, sin nada de qué hablar, sin más compañía que deporte corriendo frente a mí.
De modo que me encogí de hombros y eché a correr, deportivamente solo.
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