Alimento una teoría. Es vieja, porque de un modo repentino me surgió allá por segundo de BUP, y vigente a la vez, porque ha germinado hace sólo un par de días convirtiéndose en algo poderoso y fresco, nuevo, vitaminado.
Este razonamiento del que quiero hablar hoy esconde una manera de entender mi propia evolución, el aprendizaje intelectual de cualquiera, mi propia visión acerca del trabajo y de la formación profesional. La Teoría Metáfora que expondré brevemente en este texto vertebra mi sistema operativo, funciona como una religión a la que, la verdad, le soy muy fiel.
Metáfora (Del lat. metaphŏra, y éste del gr. μεταφορά, traslación).
1. f. Ret. Tropo que consiste en trasladar el sentido recto de las voces a otro figurado, en virtud de una comparación tácita; p. ej., Las perlas del rocío. La primavera de la vida. Refrenar las pasiones.
2. f. Aplicación de una palabra o de una expresión a un objeto o a un concepto, al cual no denota literalmente, con el fin de sugerir una comparación (con otro objeto o concepto) y facilitar su comprensión; p. ej., el átomo es un sistema solar en miniatura.
Para mí, y también para los que me enseñaron, una metáfora es colocar algo en lugar de algo, sustituir un objeto por otro, una palabra por otra, lo que toda la vida de Dios se ha dicho que era cambiar el término real por el término imagen, vamos. Es sencillo: el truco funciona cuando un tío nuestro dice algo en lugar de decir lo obvio, cuando conecta secretamente el mundo real con el imaginario, cuando establece equivalencias más o menos audaces, cuando espera en definitiva que la gente que escucha comprenda que quiere decir -atención, ejemplo nuevo- "gota luminosa y redondeada" cuando en realidad dice sólo "perla".
La metáfora es un truco de magia que pueden hacer algunas personas. Lo único que necesitan es tener en la cabeza ideas que se parezcan a otras ideas, pares de calcetines similares, situaciones casi idénticas, propuestas que cambiar por otras porque se parecen o se dan un aire o nos recuerdan a algo que es por el estilo. La metáfora es como todos y cada uno de nosotros sabemos un hermoso recurso literario, estilítico, que vive dentro de los libros, los poemas, las cartas, también en algún eslogan o en según qué correos electrónicos. Las metáforas son eso pero, para mí, sobre todo, son otra cosa.
Yo me he impuesto la metáfora como un sistema de aprendizaje, un modelo productivo, una forma sensata de rentabilizar al máximo las cajas que duermen en mi azotea. Vivir conforme al Modelo Metáfora supone abrir las puertas de todas las habitaciones que llevas dentro, ponerlo todo en común, pensar permanentemente en conexiones. Ésa es la manera en la que trato de pensar. Sé que llevo dentro pocas cosas y, quizás por eso, trato al menos de conectarlas, de usarlas y reusarlas, de exprimir su jugo sobre más de un solo plato, o sea asunto.
Una nota de prensa puede parecerse a un poema, un partido de rugby a la vida de un adolescente. Mi habitación puede ser semejante a una canción desde el punto de vista del orden, una película podría estar en la misma onda que un peinado. Programar en Pascal podría ser igual que componer una nana. Aprender a montar en bici es la misma cosa que dirigir una reunión que tienes por primera vez en el consejo de administración de la empresa de tu papá. Vivir solo y prepararse la cena, igual. Las oposiciones de magisterio y las salas de pesas del gimnasio tienen que ver. Negociar con tu jefe y enseñarle a andar a tu hijo. La crisis de 2010 y la crisis de 1929. La Guerra Fría y la posible separación de Pitt y Jolie.
He tratado de adiestrarme para entender el atleti en términos políticos, para ver a Zapatero como un centrocampista, para mirarle a Obama como si fuera un personaje de Star Trek. Pienso en Nueva York como en una pregunta compleja del Trivial.
De tanto jugar a conectar las cosas, creo, he perdido un cierto sentido de la lógica. Me llegan las imágenes de la NBA y pienso en lo que se parece el parqué del Fedex Forum de Memphis al suelo de una escena de campiña en Regreso a Howards End. Entonces digo, mientras toda la gente de mi alrededor mira a Marc Gasol, "juega éste como Antony Hopkins en Howards End". Recibo el plano televisivo y horizontal del desayuno nacional de oración de Nueva York y escupo la última cena de Jesucristo. Me dan Conversación en la Catedral y devuelvo Michael Clayton, como en un partido de tenis. Viene un verbo intransitivo, desvalido, y en realidad me da por pensar en lo solos que se deben de sentir a veces los zurdos.
Trato de avanzar en paralelo. De un lado aprendo cosas, del otro las conecto. Hoy, en febrero, tengo ya una docena de cosas que son familia. ¿Pocas? No sé. Sólo pero no sólo tengo eso.
Nueva aplicación.
El otro día leí en un libro que un personaje de una novela tenía un perro llamado "Metáfora". Y me sorprendió.
Después, apenas un par de días después, vi en casa Sicko, la película documental de Michael Moore que orbita en torno a la sanidad estadounidense. Y pensé en mi vieja idea de vivir en Nueva York, en lo nocivo que podría ser vivir allí sin poder pagar un seguro médico al ser yo pobre y periodista.
Dos días después seguía pensando en el perro "Metáfora" y en la sanidad norteamericana. De hecho pensaba en mi sueño de vivir allí y a la vez en mi sueño de vivir aquí. Y también pensaba en la cantidad de sueños propios que a menudo, en mi cabeza, encuentran su destino en lugares remotos del planeta. Y más: también le daba vueltas a los sueños de mi propia cosecha que tienen que ver con la manera que tendré de vivir en el futuro corto, medio y largo. Finalmente, pensaba en la cantidad de sueños cumplidos que pasan ya por mi rutina, en los que cazo al vuelo y en los que pasan desapercibidos.
Cuatro días después lo conseguí conectar todo. Descubrí que esto que me estaba pasando, toda esta amalgama que estaba leyendo o viendo en la tele o pensando en mi cabeza, era una ampliación para mi teoría de la metáfora, una nueva aplicación.
Comunidad metáfora.
Puede ser similar para el alma tutelar a una tribu de niños de Haití que darle clase a niños inmigrantes con problemas de adaptación. Tal vez presidir un país agradecido represente para cualquiera una satisfacción primahermana a la de dirigir a un equipo campeón agradecido. Puedes tener miedo a la oscuridad en cualquier lugar del mundo. Un alumbramiento da chispazo en Brasilia y también en Taiwán cuando el padre, ya sea brasileño o chinazo, está nervioso y espectante. Hay milagros en el metro de Londres y en un vagón de tren indio que va de Agra hasta Jaipur. Subir dos pisos de escaleras ofrece el mismo tiempo aquí y en Sudán: en esos veinte segundos da tiempo a pensar en ideas que ocupan veinte segundos. La satisfacción del trabajo bien hecho te hincha el pecho cuando el trabajo es un proyecto de tu empresa en Zaragoza, cuando es una declaración de la renta complicada que logras cuadrar para un cliente en Terrasa, o cuando es una complicada resolución que perfilásteis tu equipo y tú en una reunión informal de la ONU en Bogotá.
Casi todos buscamos sensaciones alrededor. Esta semana he decidido que casi todo el mundo tiene cerca las sensaciones que quiere y las que no. Y esto es lo que me ha llevado a pensar que tal vez no sea crucial vivir en Boston o en Tokio o en Johannesburgo para disfrutar de los niños, para sentirse útil, para tener un electroespasmo emocional dentro. La felicidad total, la calma, la sensación confortable de sentirse en casa, el equilibrio, la energía, la primera vez y la última, los madrugones o el consejo que te regaló tu padre pueden estar alrededor de los que viven en el Barrio de Salamanca y también en las inmediaciones del barrio Pocitos de Montevideo.
Tal vez podamos vivir ya, aquí, a la vuelta de esta esquina, las mismas sensaciones que tendríamos al girar una calle nueva, en Viena, rumbo a la Stephansplatz. Quizá podamos construir ya, hoy, un barrio donde los términos imagen ocupen los términos reales de las cosas, una ciudad metáfora que tenga dentro los ingredientes de las sensaciones que buscamos, una comunidad metáfora que nos dé todo lo que queremos lograr.
Yo voy a construirme una. Una libre y permeable, que no tenga código postal.
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