"Le han cambiado el tratamiento. Hoy estaba peor".
No sé vosotros, pero a mí me pasa que leo estas frases y, después de codificarlas, dibujo en el cerebro otras muy distintas, otras peores, reales, aterradoras. Imagino otros escenarios más oscuros. Pienso en cómo será ahora la puerta de la UCI en el Ramón y Cajal, o una habitación complicada de La Paz, o en si estará poblada o no la capilla que anda cerca de los quirófanos en el Priceton Princeboro del doctor House. De un doctor House real, claro.
A diario, sin querer, me topo en la azotea con oraciones heladas que son así de feas y así de verdad: "Preocúpate de lo único que importa: de los hospitales, de la salud de la gente que quieres, de los muertos de hambre y de tristeza, de las salas de espera que anexan las urgencias de todo el mundo. Olvida el resto. O minimízalo. Esfuérzate cada día en restarle espacio a todo lo que no es de verdad importante. Deja en paz la hipoteca y el trabajo, las envidias tontas, los atascos que provoca el estrés".
Qué típico ¿no?
Yo creo que no tanto: olvido fácil a menudo asuntos que debieran ser inolvidables.
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