No me llamaron del Parlamento Catalán. No escucharán mis razonamientos sobre los toros. No les diré que entiendo perfectamente los gritos de los antitaurinos, las cosas de los independentistas, el programa electoral que dice que esto de las banderillas y el estoque, en pleno siglo XXI, es irracional. Se libran del blablablá y del rollo, de escuchar para entender que esta especie guerrera del toro de lidia sigue viva sólo porque hay corridas de toros, de que es tan bonita la cosa porque de lo que se trata es de cuidar al bicho toda la vida para que luzca y pelee y dé lecciones durante su última tarde.
Nadie me preguntó si todo esto que iba a decirles me importaba mucho o poco, si me lo creía mucho o no. Se lo pierden: les hubiera contado que ese primer párrafo que habéis leído no me sirve de mucho, que me pesa poco, que no hace fuerza apenas en la balanza en la que yo calibro la fiesta de los toros. Lo que pesa es la plasticidad y la estética de su liturgia, la belleza artística, el aprendizaje sentimental, la función de teatro que es una tarde de toros. Para mí pesa tanto todo eso, tantísimo, que todo lo demás, todos los parlamentos, son muy pequeños.
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