lunes, 1 de marzo de 2010

Madrid-Pijama-Reykjavic, Reykjavic-Pijama-Madrid.

No hace tanto tiempo que dejé de formular teorías acerca del sueño. Lo recuerdo perfectamente: dormía poco, madrugaba mucho, y compensaba las horas de descanso que no tenía inventando extrañas bolsas de sueño entre horas y lugares, en medio de nada, en las cosquillas del espacio-tiempo. Así pasaba los días: entre siesta y vigilia, entre vigilia e insomnio, o entre madrugón y terapia de sueño consistente en dormir durante toooodo un fin de semana. Mientras estaba despierto y despejado, divagaba sobre los ciclos del sueño, sobre cuánto más valía la pena dormir seis horas de noche en lugar de seis horas de día, sobre si mi cuerpo humano descansaba igual o más bien menos si decidía dormir sentado o si me recostaba levemente, si encadenaba zetas en silencio o con dulce ruido de fondo, a oscuras o con la luz prendida.

Estos días me acuerdo de toda aquella parafernalia del sueño, muy divertida pero algo cansada, porque muchos de vosotros, muy a menudo, me decís que duerma, que aproveche ahora, que descanse en marzo porque en marzo todavía puedo descansar. Me dicen que cuando entre en casa el nuevo inquilino -un familiar que viene de viaje en busca de trabajo creo- todo se habrá acabado.

La gente que quiero, la que creo que quiero y también la que no me conoce de nada me hace recomendaciones pensando que el sueño es para mí igual a unas horas de descanso, un confort, un recreo necesario para cargar la batería. Pero se equivocan: lo que representa para mí este trance rutinario, lo que según me dicen todos está a punto de desaparecer seguramente de mi vida, no es un rato de cama, de pijama, de ronquidos, de cambios posturales. Es mucho más.

No os durmáis. Me explico.
Muchas de las personas que me rotondan cada día han ido conociendo en estos años las particulares circunstancias que me adornan. Que saben que soy raro, vamos. Uno puede ser discreto un rato pero, al cabo de los meses y de los años, va destapándose, va soltando el edredón, y termina por coger frío. Quiere esto decir que termina por ser descubierto tal cual es, al desnudo.

Con el párrafo de arriba, escrito ropa de cama, lo que quiero decir es que a pesar de ser probadamente un obseso del aprovechamiento del tiempo, un drogadicto del horario y del calendario, un caníval del carpe diem, de un tiempo a esta parte he dejado de pensar en las horas de sueño como un parón o una pérdida de tiempo. Antes, de muy joven, sí pensaba así, la verdad: me decía “no quiero parar”, “dónde está el secreto para seguir sin dormir”, “cúanto puedo quitarme de este trámite sin perder las constantes vitales”, “dormiré una hora y me pondré el reloj a ver qué pasa”, “descubriré el modo de eliminar esta tonta actividad diaria”. Lástima de juventud, qué tontacos nos hace.

Hoy ya estoy en edad de prejubilación, soy becario de tercer grado. Que tengo canas, vamos. Que he vivido.

Ahora veo las cosas con mucha más claridad. Por eso proclamo a quien quiera escucharme que las seis o siete u ocho horas de sueño que tenemos por delante cada noche – o la media o dos o tres de alguna que otra siesta ciclópea- son un regalo, un viaje, una actividad gratuita y maravillosa, una aventura a la que probablemente sólo le falte algo más de percepción consciente para que sea del todo maravillosa.

Mirad cómo de ricos somos que cada noche, cuando queremos o nos dejan, podemos darnos una ducha de agua caliente y espumoso, mullirnos en un pijama almidonado, dejarnos caer sobre un piso tierno de muelles o viscoelástica, y sacar billete para ir de viaje. O sea gastar en el reloj el mismo tiempo para desconectar el sistema, para viajar flotando, para visitar nuestros pensamientos desde la inconsciencia, que el tiempo que gastaríamos en el reloj si voláramos de Barcelona a Abu Dhabi, o de Madrid a Nueva York, del portal de mi casa a Paraguay, o desde el aparcamiento del vecino de Loli al coche de Loli primero y luego, después, ole, a Sevilla por carretera. Cada noche podemos calentarnos, confortarnos en el balance del día, y salir de viaje durante ocho horas, dejándonos ir como si fuéramos maletas sobre una cinta infinita de equipajes.

En todas vuestras noches el hombre libre y rico de Occidente puede ducharse y bucear en sábanas limpias, dedicar seis u ocho de sus veinticuatro horas a viajar, enriquecer un tercio de su día transportándose con la mente en vez de con el cuerpo de oficinista en que todos nos hemos convertido. Esto es volar sin facturar. Soñar sin estresarse. Es mucho.

Es una orden.
Hoy lunes, a las diez de la noche, acostaos. Habrá gente despegando en Barajas cuando cerréis los ojos. Hacedme caso: cuando despertéis, tratad de descubrir en el espejo el viaje que hicísteis, imaginad lo lejos que llegásteis con la imaginación ahora que sabéis que aquellos pasajeros despiertos de ayer lunes, aún adormilados, llegaron hace un buen rato a Moscú, desvelados por el mundo real, muertos de sueño. Pensad en el trayecto de unos y de otros. Y pensad quién viajó más lejos, mejor.

Haced caso a este profeta online del sueño que os escribe: afrontad el sueño que os abraza cada noche como un viaje. Perfumaos y vestíos para dormir en vez de hacer auto chek-in. Llamad a la familia para despediros. Partid de viaje. Cerrad los ojos y disfrutadlo. Marzo son treinta y un destinos. Aprovechad la oferta.

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