No hace muchas semanas, por febrero o marzo creo, pensaba en voz alta en lo que representaba el sueño, en la idea abstracta y confortable del descanso, en el valor que tiene cada noche de calma. O sea en lo que sucede en realidad cuando nos metemos en la cama y, con mayor o menor intención, zarpamos de viaje. En estas divagaciones mías equiparaba el trance del sueño a los viajes, las ocho horas de cualquier madrugada tranquila con los vuelos transoceánicos, el tiempo de descanso como un cierto traslado consentido hacia alguna parte.
Hoy, en estos días ajetreados en lo meteorológico y algo insomnes en todo lo demás, he descubierto -como me dijeron tantas veces- que se ha estrechado mi cuentakilómetros, que los sueños que principio terminan más bien pronto: apenas llegan si acaso a la vuelta de la esquina. Por contra me paso ahora las tardes y las anochecidas, también durante algunos entreactos de la madrugada, yendo en taxi al aeropuerto, regateando todos los controles y las puertas de embarque, viendo despegar y aterrizar aviones.
Son los aviones del sueño de mis dos compañeros de piso, que son pareja. Aviones entrelazados que despegan y aterrizan, que sufren retrasos y cancelaciones, que vienen y van plácidos de viaje mientras yo les miro, despierto, paralizado, feliz, desde la torre de control.
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