Claro que pesa su pasado madridista, un pasado turbio que naturalmente le lastra, le marca para toda la vida. Y por supuesto que ese extraño empecinamiento suyo a la hora de alinear una y otra vez al circense Luis Amaranto Perea no dice nada bueno a su favor. Pero, sin embargo, no obstante, a pesar de estas dos graves carencias, es innegable que Quique Lerele Flores ha saldado su primer curso como estratega colchonero con nota, firmando al final de la campaña no pocos hallazgos. Algunos de ellos muy interesantes. Certificar la titularidad del joven efebo David De Gea bajo palos, contra viento y Asenjo y marea, ha resultado un acierto máximo a pesar de lo mal que va el rubio chavalín por arriba; anclar al bueno de Domínguez siempre en el centro de la defensa podría ser considerado como una de las claves de la temporada; acertarle a la tecla y hacer funcionar a duras penas un medio del campo moribundo –tirando según conviniera del cedido Tiago, del voluntarioso y malo Assunçao, del blandazo Jurado o del muy bruto y narizón Raúl García- estuvo bien, fue sensato; entregarles todos los caprichos que anhelaran a su majestad el rey del gol Cacha Forlán, al Kunçito Agüero yerno de dios y al converso Reyes, fue claramente lo que había que hacer.
Bien. Todo esto está muy bien Quique. Todo. Pero es que además tu estrategia flamenca, de familia de artistas, ha obrado un milagro, uno de esos pellizquitos de arte que sólo tienen lugar a veces en la Casa Anselma del barrio de Triana. Quique, tú has convertido a Tomas Ujfalusi, que para aquellos que no lo conozcan diremos que es una suerte de guitarrista heavy ex de un grupo checo de rock, en una especie de puñal ofensivo, en un Carlitos Alberto Aguilera con pelo largo, en un driblador, en un tío de Sanse jeviorro que busca siempre la profundidad, la vertical, el pase de la muerte, la puerta, el gol. Y que vuelve corriendo a salvar los muebles siempre. Además eso, toma ya.
Quique, le has tocado a Ujfalusi con la varita mágica. Has dicho las palabras mágicas, “Ujfalusi”, y Ujfalusi se ha puesto a funcionar, a atacar, a penetrar, a desarbolar a la defensa enemiga, a buscarle las cosquillas a la zaga del Fulham. Milagro. Ole, Milagro.
Un solo recurso, el tempo.
Más sucesos asombrosos: los que nos declaramos observadores de este milagro, esto es observadores de la nueva y fabulosa faceta ofensiva de Ujfalusi, nos hemos dado cuenta de que el central checo apenas si maneja un par de recursos técnicos esenciales que, inopinadamente, le permiten colarse hasta la cocina. El primero es lo que se ha conocido durante toda la vida, desde el recreo del cole hasta hoy en día, como “tirar una pared”. El segundo es más complejo, es apasionante: nos referimos al tempo del pase, un tempo que casi sin querer Ujfalusi retrasa y retrasa y retrasa y demora cuando parece que ya no lo puede retrasar ni demorar más. Tomas Ujfalusi gana la espalda de la defensa escorado a la derecha, avanza, avanza, parece que tira el pase con la diestra de madera pero aguanta y aguanta y aguanta con el balón, aguarda a que el defensa se estire y se rompa y no llegue y desfallezca y se luxe y, entonces, in extremis, en la misma línea de fondo, tira ahora sí el pase de la muerte, un pase que esta temporada muchas veces ha sido incluso pase de gol. Su única estrategia es aguantar, fingir que resuelve el problema dando el pase ya, ahora, y decidir luego, inmediatamente después, aplazar el problema, aplazar el pase, aplazar el tempo, aplazar el momento de la acción. Esa sencilla decisión, que es la decisión de hacer creer que va a pasar algo pero preferir esperar a que pase, de consumir los metros de banda y los segundos del reloj hasta el máximo, le ha dado a Ujfalusi este año una rentabilidad fabulosa. Por eso gracias Tomas y gracias Quique.
Toda una lección.
Confío en que nadie haya leído este texto en clave futbolística. Espero que nos vayamos conociendo: es obvio que de lo que quise hablar aquí hoy, en esta tarde calurosa de junio, nada tiene que ver con la brillante temporada atlética, con el mundo del fútbol, ni siquiera con el inminente Mundial de Sudáfrica. Este texto habla de la estrategia del tempo, de escoger aplazar las decisiones para poder solucionarlas, de pulsar la opción de “aguantar”, “aguardar a mejor momento”, “agotar el recorrido, los metros, el segundero del reloj y los días del calendario antes de dar un paso definitivo”.
Si a Tomas Ujfalusi, un central peludo con pocos recursos hasta hace bien poco, le ha servido esta estrategia para convertirse en tan sólo unos meses en un lateral con proyección ofensiva, resultón, e incluso peligrosillo a veces… ¿por qué este “manejar el tempo y las decisiones demorándolas” no nos iba a servir a los demás?
Por lo pronto, puede que este mismo fenómeno del “retraso como solución” termine dispersando asuntos menores y también mayores de nuestro día a día, percances y eventualidades que tal vez sólo necesiten de tiempo, de una cierta prórroga, para resolverse: las crisis y las rutinarias jaquecas laborales que padecemos de vez en cuando por ejemplo, o las dudas generadas alrededor de las sentencias pendientes en las tramas Gürtel-Bigotes-Camps, Garzón y Estatut, o quién sabe si también los enigmas puntuales que plantean los cólicos incomprensibles de los lactantes.
Es probable que el puro tiempo -la espera- cure estas heridas, despeje todas estas dudas igual que disolvió las carencias ofensivas de Ujfalusi cuando el checo, con el sólo propósito de tratar de mejorar sus prestaciones atacantes, decidió esperar, usar el tiempo a su favor, esperar y esperar antes de dar el último pase.
Lástima que no baste sólo el paso del tiempo para disolver algunos problemas pequeños de nuestra agenda, para terminar de perfilar la trama de un libro, para averiguar las intenciones de los jefes o los familiares, para lograr que alguien que no te mira te haga caso. Lástima que el reloj solo no pueda cerrar el agujero de petróleo abierto por BP o resolver graves cuestiones como la guerra cruda ente israelíes y palestinos, los oscuros casos de pederastia que salpican nuestro día a día, o esta crisis estructural que aquí en el mundo rico es tan honda, tan asquerosamente económica, tan cercana.
Esperar basta. Pero sólo a veces.
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