sábado, 5 de junio de 2010

A salvo.

Antes que yo muchos otros han recreado este escenario, el refugio al que quiero referirme ahora con este pequeño borrador. En la postal que traigo hoy a primer plano vive un cielo nocturno e intermitente, que reparte fogonazos y explosiones sobre todo lo que pasa ahí abajo, y también silencios, sin orden ni concierto.

No escribo sobre nada nuevo: gracias a la mejor literatura del gran cine todos hemos asistido a alguna de esas conversaciones entre soldados que tienen lugar de madrugada, en medio del peligro ciego, en la trinchera, bajo un refugio improvisado en la jungla, tras un jeep abandonado, entre los escombros de la guerra. Los marines descansan, bajan la guardia sin dejar de estar alerta, conversan armados con la franqueza que otorga haber superado una complicada jornada de guerra, la que pudo ser la maniobra equivocada, el fatal día último. Hablan, sonríen satisfechos, se filtran confidencias, hacen planes imposibles, mientras el cielo relampaguea luces de muerte, tiroteos centelleantes que matan hombres y muchachos bien cerca. Sobre la tierra, en paralelo, ruedan a gatas las palabras entre los héroes que quedan vivos: se pueden escuchar los susurros a pesar de los silbidos de las balas y las explosiones. En el cielo, el punto final escrito en la panza de los proyectiles teledirigidos sobrevuela a los actores principales de esta película. Una película que, como nos dicen todavía algunos informativos cada día, no es en absoluto de ciencia ficción.

Yo encontré hace más de mes y medio un refugio similar aunque distinta, una paz que es gemela a este sosiego nocturno de los soldados vivos, expectantes, que pasan las madrugadas esperando que la guerra pase de largo sobre sus cabezas.

Fue en la habitación de un hospital. Subíamos del paritorio. Los tres. Apenas había luz. Ni quedaban ya demasiadas cosas que hacer o que decir. No lloraba el cadete recién llegado: dormía plácidamente. Cerca, en formación clásica, vigilábamos los dos veteranos: uno, mi general, pasó mala noche, con calmantes, masticando los dolores del combate, estrenando una mirada que no había visto nunca; el otro, yo mismo, manteniéndome entero y despierto a duras penas, recostado sobre aquel incómodo lecho de sacos de arena, sin magulladuras de consideración, paralizado.

Sobre los tres brillaban en el cielo incesantes las luces, avisaban con sus reconocibles sonidos los proyectiles. Pero no eran amenazantes. El peligro no podía hacernos nada: estábamos a salvo los tres. Habíamos llegado al refugio: ninguna baja, mi general. Tenemos víveres y posición privilegiada, señor. El cadete bien. Todo controlado. Descanse.

El escenario era oscuro casi en su totalidad. Se iluminaba a fogonazos la habitación, cuando volaba sobre nosotros un mensaje y otro y otro más procedente del teléfono móvil, mensajes que entraban de pronto en mi celular o en el de mi general, dibujando la realidad por un segundo con un flash de color verde electrónico, quebrando nuestra duermevela. Fueron fuegos de artificio en edad infantil, que proponían un destello de luz momentáneo, hermoso y fugaz, y luego se apagaban.

A ras de suelo todo era calma, buenas noticias; olía a la tierra mojada que nace después de la tormenta. Sobre el cielo, como digo, iban y venían los rayos y los relámpagos en miniatura que se inventaban sin parar los teléfonos móviles. Tan tan, mensaje; tan tan, mensaje. Fueron relámpagos con nombres y apellidos, los vuestros.

Las enhorabuenas y los parabienes se prolongaron durante buena parte de la noche. Qué madrugada tan extraña. Fue irrepetible y oscura, muda, llena de luces.

Duerme muchacho. Estamos a salvo.

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