Si yo estoy seguro de que no me gustan las galletas entendidas como un elemento central en el postre o en el mundo del dulce, es decir tanto como para tomarlas y degustarlas de manera independiente sin necesidad de mojar la citada galleta en café con leche o nesquik,
y un día llega inopinadamente hasta mi boca una fina y hortera galletita denominada “macarons” y entro en éxtasis, cambiando cualquier idea razonada y preconcebida que guardaba ingenuamente en mi azotea,
tal vez del mismo modo al confirmar inopinadamente como he confirmado -destruyendo así todas mis místicas ideas preconcebidas al respecto- que existe un ser humano que parece ser literalmente una bendición, un santo, bien podría entenderse que existen los seres bendecidos, los benditos, y que por tanto hay algo o alguien que tiene verdaderamente la capacidad de bendecir, el honor sobrenatural de marcar a algunos elegidos. Quién me lo habría dicho hace algunos años.
O sea:
a)que una galletita macarons me ha desordenado los gustos que tenía ya colocados en el armario.
b)que un conocido mío que trabaja como bendición me ha desordenado la fe.
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