La moqueta hace olas. Un efecto óptico convierte su superficie de sombras grisáceas, contrapeadas, en agua de mar sintética, sucia, de secano. El tiempo gira en pirueta, pastoso. Y llueve invierno afuera, sigue lloviendo. Me preguntaba si la casa de uno es donde duermes o donde trabajas durante todo el día, si la nueva chica de Administración tendrá ya novio, qué sé yo, si la mujer del director general será igual de rancia que su marido, aunque tal cosa pudiera parecer imposible así a simple vista.
La oficina no da más de sí; esto se ha terminado. Va a resultar que no hace falta ser valiente para cambiar de vida: la gente "ilustre" a la que nunca he visto, los altos mandos de esta compañia, ya han decidido por mí. Mira este aire: la frustración atmosférica se ha comido crudo incluso el aburrimiento. No ha dejado nada a su paso. Nos estamos ahogando y nadie protesta. Dicen que han visto un virus amarillo por ahí, irrespirable, vagando por las salas de reuniones. Y no sé a qué estamos esperando: hace meses que todos nosotros no somos más que un listado de cadáveres al capricho de recursos humanos, un trámite, los daños colaterales. Dicen los sindicatos que pasamos de ser números a letra pequeña. No hay que ser muy listo para darse cuenta.
Anoche pensé que no voy a hablar con Santos. No le daré esa satisfacción al muy hipócrita. Me iré sin ponerme a su altura. El muy canalla. No me humillará más. Ni hablar. He estado calculando lo que me queda con la indemnización mínima que dicen que dan. Apunté la cifra en un post it. Mira, son diez años de trabajo pasados a euros. Éste es el resultado: ya es curioso que me dé mi edad y algunos ceros.
Daré la noticia hoy mismo. Y no, claro que no, el informe definitivo de seiscientas páginas, tal como lo quiere Santos, no va estar para el jueves. Ni para el jueves ni para la semana próxima me temo. Habría que decírselo a los de Asesoría Jurídica, para que cambien los plazos, aunque no seré yo el que levante la liebre. Sé que es una lástima, pero no podemos hacer milagros: Jiménez está de baja y Elba, Elbita, no puede más la pobre. Demasiado tiene. La única alternativa que nos quedaba era la de siempre: que me quedara yo dos o tres noches, que rematara el asunto el tonto y callado de Samuel, que lo cuadrara todo para salvarle el culo a Santos con los de Dynamics. Y no. Lo lamento: yo desde ahora soy sólo una indemnización y una nueva vida, sobre todo una nueva vida.
Se han terminado los informes. Este número que dicen todos que soy, el empleado doscientos veintiseis, se convirtió en letra pequeña sin rechistar y ahora, ya veis, como por arte de magia, soy un número multiplicado, nuevo. Se acabó. Ingrésenme por favor los treinta y nueve mil euros en la cuenta corriente de la nómina. Cierro el ordenaror. Cierro el cajón de los balances y tiro la llave. Ya no me hace falta el post it, ningún post it. Ojalá siga lloviendo afuera.
Los capítulos de esta RADIONOVELA pueden escucharse cada semana en el programa de radio El Hombre Que Se Enamoró De La Luna (los martes, desde las 22:30h) y también, de forma independiente, en la página web del programa: en este enlace. El Hombre Que Se Enamoró De La Luna (102.4 FM de Madrid y www.radioutopia.es) obtuvo el premio al Mejor Programa de Radio Nacional en los V Premios Musicales Pop-Eye a la Música y Creación Independiente.
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