No vale nada la película. Es otra comedia americana construida sobre un guión de apenas dos líneas. La trama es raquítica. Sin gracia. Repleta de lugares comunes y viejas fórmulas. No pasa nada. Los actores ni fu ni fa. Y luego está esa sensación de haber visto lo mismo un millón de veces, no sé si me explico.
Eso piensa Sela y el resto del público dominical, que decidió que el cine sería buena opción para la tarde del último día de la semana. El título de la película da igual. Y mucho más en el caso de Sela, que invirtió algo más de una hora de proyección en pensar en silencio en sus cosas, en penumbra, sin otorgarle ninguna atención en absoluto a lo que estaba viendo y sí a toda la información y todas las ensoñaciones que se le iban acumulando dentro, en la cabeza.
Ir sola al cine tiene sus ventajas, pero también, supongo, inconvenientes. Está bien no enterarse de la película porque no has de comentarla con nadie luego. Está bien no tener que dar explicaciones si a ti te gusta sentarte en las primeras filas. Y evitar el debate de qué escogemos antes de entrar, o si picamos algo antes o después, o si palomitas o chuches o nada. Está bien para pensar, para tomar decisiones, para aguardar a que la trama de la película esconda un mensaje cifrado escrito en exclusiva sólo para ti, una señal que te ayude a decidir qué haces con tu vida, con tu trabajo, con el novio, con tu hermano, con la cita del médico, con tu destino.
¿Inconvenientes? ¿Inconvenientes de ir sola? No los encuentro.
La tonta película de ayer domingo no le ha dado demasiadas claves a Sela Freyre Stuyk, o sea la Sela a la que nos referimos antes, una chica de treinta y seis años que desempeña el papel profesional de ejecutiva agresiva en el departamento de Nuevos Negocios, sin demasiada remuneración pero sí muchos sacrificios a cambio, por cierto. Por suerte este cine de domingo sí le ha dado paz, un soniquete agradable, que le ha servido a Sela para ordenar un poco las ideas. Paz para pensar en la posición que ocupa en la compañía, en cada vez más próxima y más apetecible vacante de Washington, en su prometido y los preparativos de su boda en octubre, en lo que de verdad quiere, en lo que pensaba que era atracción hacia su ex jefe directo y luego resultó ser “no sé”, en Samuel, en la patológica sensación de frustración que no consigue diagnosticarle ningún análisis, en las dos entrevistas de trabajo de la pasada semana, en la edad que tiene por dentro y por fuera, en los amigos y amigas de mentira que habitan sus redes sociales. En el personaje borroso y sin guión que es ella -aunque doliera reconocerlo- fuera del trabajo. Y dentro también.
Es curioso: la tarde del domingo le cambió a Sela su entrada de cine por una completa y minuciosa fotografía de sus treinta y seis años de vida.
Y no le gustó lo que vio.
Cuando empezaron a desfilar los títulos de crédito y se escucharon los primeros murmullos de la sala, el crujido de los abrigos y los impermeables, Sela decidió no casarse de momento y, a la vez, se convenció a sí misma de que sin perder más tiempo daría el paso en el trabajo y se postularía formalmente para el puesto de Washington. Disponibilidad plena. Asunto zanjado.
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