Nombrar algo es obviamente darle un nombre pero también, de algún modo, otorgarle un rol, un cargo ejecutivo, una cierta mención especial.
O un rango militar.
Nombrar imaginativamente el mundo que nos rodea condiciona el propio entorno. Sí sí, así es. De hecho, en mi opinión, lo que habría que empezar a hacer para cambiar el mundo sería cambiar el nombre de muchas de las cosas que hay en el mundo.
A lo peor pensáis que bromeo. Es probable que creáis que me refiero a algo así, tonto e inofensivo, como convertir nombres cien veces pronunciados del tipo Soledad o María en molonas señas de identidad como Sally, Sol, Mary, Meri, Me o M.
No. Hablo de algo muchísimo más ambicioso. Hablo de cambiarle el nombre a grandes y tramposas palabras de la humanidad, a revolucionar la apariencia -y por tanto el fondo- de palabras como… PUM.
(Me han pegado un tiro. Era peligroso, por lo visto, mi pensamiento).
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