lunes, 30 de noviembre de 2009

Fútbol filosofal.

Creo haber descubierto un género periodístico. Y claro, también al tipo de periodistas que me lo han puesto de moda. Aún no les he colocado ni nombre ni etiqueta. Pero pronto tendré que hacerlo: cada vez me topo con más cronistas de esta especie. Una especie que es para mí nueva y, desde luego, a mi modo de ver, digna de ser observada.

Son prensa deportiva pero no trabajan en los medios deportivos, ni en los periódicos ni en las radios. No son tampoco estos periodistillas de club y banderín que descaradamente barren para casa. Son exactamente los jefes de la sección de deportes, o si lo prefieren los redactores jefe de deportes, en los periódicos de información general. Los hay mejores y peores obviamente, los hay que escriben bien, muy bien o mediomal, pero en mi opinión todos participan de una liturgia extraña, curiosa.

Se lo resumo: con mayor o menor acierto, lo que creo yo que pretenden hacer estos seres de redacción es convertir sus crónicas y sus titulares –sobre fútbol, preferentemente- en filosofía existencialista, en aportación estética, en brillante tropo. De hecho, vengo yo imaginando al leer sus textos, o al escuchar sus comentarios en las tertulias televisivas y radiofónicas, que se pasan las noches pensando en metáforas, alumbrando felices hallazgos, alimentando originalísimas teorías ya veremos si con muchos o pocos adeptos. Les imagino pensando en esto, en la edad media del Milan de Leonardo por ejemplo, mientras bañan a sus hijos. Les hago imaginando un símil algún domingo, mientras compran pasteles, justo antes de comer en casa de sus suegros. Les veo fumando en medio del atasco, despertando el cuello de sus gabardinas, pensando “lo tengo, eso es, esto es igual que el Brasil de Sócrates”.

Ellos tejen titulares enigmáticos, cifrados porque les dejan sus jefes, y en el texto liberan su prosa, la visión personal que tienen acerca del Barça de Guardiola, su estupenda comparativa entre el Sevilla de Manolo Jiménez y (¡tachán!) el primer Ajax de Johann Cruyff. Para muchos de ellos el equipo de fútbol que está de moda ese día es una orquesta que por supuesto tiene un director de idem en el mediocampo, y el que no funciona es como una tienda repleta de empleados indisciplinados. El Sporting de Gijón es una fábrica, el Atlético unos dados sobre el tapete, el Chelsea un escuadrón de la segunda Guerra Mundial, el doble pivote del Osasuna algo así como la correa del ventilador.

Sus equipos, en las crónicas, se descosen. Y las defensas y los medios volantes abrochan. En su país de nunca jamás los centrales descongestionan, los extremos son avispas, y en realidad casi nadie es lo que parece ser en las imágenes que aparecen en televisión.

La otra noche le escuché a uno de ellos defendiendo un planteamiento bastante insólito. Dijo, casi literalmente, “pareciera que en este último gran clásico entre Fútbol Club Barcelona y Real Madrid es como si Valdés se hubiera disfrazado de Casillas, deteniéndole un balón a Ronaldo, y a la vez Ibrahimovic se hubiera disfrazado del Ronaldo de antaño, aquel gordito que con una ocasión sólo resolvía el partido”. Interesante. ¿O no?

El equipo cae más por el costado derecho. El Liverpool enreda su fútbol si Mascherano se empeña en jugar por el centro. El Borussia durmió el partido. El United de sir Alex Ferguson salió en estampida por lo visto.

Toda esta caligrafía de la escuela de letras les puede parecer demasiado o tal vez pudiera parecerles incluso mejor que el propio partido. La crónica supera a la ficción y la ficción supera a la realidad: la gente de deportes en los periódicos serios anda muy leída.

No se engañen: lo de menos es el resultado tras los noventa minutos; lo que mola es la sinécdoque. Da igual la realidad. La realidad es fea. La realidad es que Quique tuvo gripe A, que el atleti renovó a Cléber Santana, que Kaká es más cristiano que el propio Cristiano, que Ujfalusi no es un sueño carcelario.

El fútbol está bien. Pero escribir del rey fútbol, ponerle palabras, es aún mejor. Es como un género literario, uno nuevo y gigante, que devora nuevos talentos. Así que a pensar. Creen sus propios relatos futbolísticos. Miren qué bonito queda aquí.

Bloj sinfónico.

No sé a qué joven escritor le escuché hace poco contar que sus novelas cada vez se interesaban menos por la trama, por el argumento, y mucho más por el estilo, por el cómo estaban contadas.

Estoy en profundo desacuerdo con él. En todo.

Primero, porque él es escritor y yo no lo soy.

Segundo porque yo, a diferencia de él, nunca encontré para mis textos otro lugar donde estar y en el que vivir que el estilo, o sea el cómo, el complemento circunstancial de modo, el molde, el ritmo, la forma, la melodía, el soniquete, un corsé, mi propio estribillo mental o sentimental, la respiración, la sonoridad, las parejas de palabras, las pausas, las alternancias, las estructuras trimembres, las líneas invisibles.

Lo reconozco: nunca tuve nada que contar. Pero a veces sí tuve necesidad de sacar hacia afuera la música del texto, unas veces tamtan y otras sinfónica, que llevaba dentro.

Por cierto, y hablando de músicas y de palabras, no quisiera yo seguir -o más bien terminar- sin levantarme y aplaudirle al genio. Plas plas plis plas. Sí sí, al genio. Porque cuando la palabra es sinfónica por encima de cualquier otro propósito, en mi modesta opinión, la palabra es él: Juan Ramón Jiménez.

Qué bueno sería tenerle a él y no a mí, incluso a Platero y no a mí, en este blog minúsculo. O bloj, mejor dicho.

Escuchad. Mirad si tengo o no razón:

Primera: (…) “Con su llorosa alegría, me ofreció dos escogidas naranjas, finas, pesadas, redondas. Las tomé, agradecido, y le di una al borriquillo débil, como dulce consuelo; otra a Platero, como premio áureo.” (…)

Segunda: (…) “Los niños saltaban, tocando las palmas, arrebolados y rientes como auroras; Diana, loca, ladrándole a su propia y riente campanilla; Platero, contagiado, en un oleaje de carnes de plata, igual que un chivillo, giraba sobre sus patas.” (…)

Y tercera sinfonía: (…) “De las siete galerías del Paraíso se creyera que tiran rosas a la tierra. Cual en una nevada tibia y vagamente colorida, se quedan las rosas en la torre, en el tejado, en los árboles. Mira: todo lo fuerte se hace, con su adorno, delicado.

Parece, Platero, mientras suena el Ángelus, que esta vida nuestra pierde su fuerza cotidiana, y que otra fuerza de adentro, más altiva, más constante y más pura, hace que todo, como en surtidores de gracia, suba a las estrellas, que se encienden ya entre las rosas...” (…)

Algunas explicaciones.

Libro una batalla. Peleo contra el tiempo de las letras minúsculas. Y pierdo siempre. Me puede cada día mi rival, un obstáculo de apariencia endeble que mi vida miope convierte cada vez en un muro rascacielos. Es sencillo: mis guerras nacen cuando despierto y expiran cada noche, al cegar la luz.

En la trinchera vivo obsesionado con engañarle al tiempo, con ser más listo que las dos manijas compinchadas del reloj. Y nada. Pierdo a pesar de que el tiempo al que me enfrento es un crono muy pequeño, un periodo corto de entresemana, como de andar por casa, una de esas frases hechas que proponen “madrugón para que cunda la mañana”, uno de esos “aprovecha la hora de la siesta y adelanta esas cosas para las que nunca tienes un segundo”. Me puede.

Mi pelea es, de un lado, yerma. Pero del otro es filosófica, y aun más metafórica, porque pienso que lo que me sucede a mí cada martes, cuando me convenzo de que no encontré minutos ni de leer ni de escribir ni de pensar, es lo mismo que le ocurre a la vida de los hombres ricos, cuando estos hombres y sus mujeres y sus hijos y sus madres y sus comunidades de vecinos de urbanización apenas si tienen tiempo para nada que no sea pagar su hipoteca y apagar la luz. Clic.

Habito en una cruel metáfora. Ya supe, porque ya me pasa, que la VIDA de las letras mayúsculas, la vida honda, la de los años que vivimos hasta que dejamos de vivir, tiene más allá, un cielo: no sé si antes y después de que todo suceda, pero obviamente sí durante. Como digo a mí me pasa. Y me pasa también que estoy descubriendo ahora que el tiempo de entresemana, el de las letras minúsculas, el tiempo chico, tiene igualmente más allá, tiene conexión de diez megas con la trascendencia, cuenta con un pasadizo desactivado que, cuando accionas el muro secreto, te manda directo a la felicidad. Yo ya lo he encontrado, ya he viajado a ese lugar: hallé un camino de ida que no es otro que la lectura, y un camino de retorno que sigue el rumbo huidizo y tenue de la caligrafía.

Es una pena que los hombres ricos, entre tantas facturas, no encuentren tiempo para vivir en medio de los trimestres y las décadas y los procesos electorales. Pero a mí me preocupa aún más que nosotros los muchachos no logremos conexión diaria, o al menos semanal, con el más allá. Los primeros andan definitivamente extraviados, una lástima. Nosotros, los segundos, o sea yo mismo y mis particulares circunstancias, estamos todavía a tiempo, aún podemos engañarle al tiempo canijo de los jueves y los viernes para poder leer y escribir casi casi a diario, o para colar un paréntesis cada de semana, o sea para escapar.

¿Cómo? Fácil: hemos inventado los blocs para escribir o, dicho igual pero desde el otro lado de la pantalla, los blogs para leer.

Texto a demanda.
El otro sábado cené el primer libro de Ray Loriga, Lo peor de todo. Comí rápido, atento, y me sobró algo para desayunar frío el domingo. Más bien me gustó pero, como temía, no me alimenta: tras la última página se me cayó un edificio de acero sobre los hombros, me volvió a paralizar durante tres semanas el trabajo, se me borró el provecho y la felicidad leídas, se me olvidó lo que me gustó del libro, se me deshizo lo que quería copiar.

Anteanoche volví a almorzar en fin de semana un pasaje muy corto del Libro del desasosiego de Pessoa. Y satisfecho no comí más en todo el día. Sin embargo, a la vez que sonreía de envidia, imaginando que ese talento infinito de Ricardo Reis me pasaba cerca, pensé que no duraría mucho, que seguro se derrumbaría pronto otro edificio sobre mí, que otra vez me quedaría paralizado trabajando, corriendo de un lado a otro durante semanas, sin tiempo para tratar de escribir, para seguir leyendo.

No es preciso leer más, y no-escribir más, para darse cuenta de que las contadas ocasiones en que me voy a nadar dentro de la escritura no me aprovechan lo suficiente, no me ayudan a coger mi percentil, no me dan nutrientes ni lactosas y glútenes bastantes, no me alimentan casi ni la mitad de la mitad de lo que necesito.

Fui al pediatra y me dijo que tomara texto a demanda. Que cuando lo necesitara, me pusiera en el pecho de Borges. Que si lloraba era que quería escribir. Por eso desde ahora dejaré todo cuanto está haciendo, de vez en cuando, y me podré a leer. Por eso estoy estrenando en la gran pantalla de tu ordenador mi blog. Necesito texto a demanda, coger peso, sanar.

Presente imperfecto simple.
No me he presentado. Tal debiera haber comenzado por el principio.

Esto de aquí es un “bloc”. Mejor que un blog creo yo: lo que le voy dictando a esta gramola que me da google, y en realidad lo que haré siempre, no es más que un cuaderno de anotaciones, un borrador que no querría yo que fuera borrado, unos ejercicios de estilo, un entrenamiento con mallas y música tecno en el gimnasio que en vez de cuádriceps muscula mis complementos predicativos. “Presente” porque todos dicen que es lo único que existe, aunque sea mentira. Lo de “imperfecto” es obvio: basta leer cualquier párrafo anterior para comprenderlo; sobra con conocer al autor para confirmarlo. “Simple” al fin como las cosas simples, como una segunda taza de café, como un plan inesperado, como una tormenta de agua dulce.

Principio hoy un bloc presente imperfecto y simple. Estoy contento. Creo que esto me puede hacer más feliz: por lo pronto, mi primera palabra escrita hoy aquí, ante vosotros ustedes, fue “libro”.