Cada semana, cada lunes de cada semana, o en algunas ocasiones también los martes o los miércoles, los alumnos de Julián Ávila acudían a tutoría. Todas las semanas sin faltar una estos estudiantes de Periodismo de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid y no otros procesionaban por el hall principal de la facultad y se dirigían como autómatas a su despacho.
Tenían que entregar un nuevo trabajo, o un fascículo más del gran trabajo de curso. Tenían que recoger la corrección del fascículo anterior. Tenían que escuchar por qué estaba muy mal y muy desacertado su ejercicio de la semana pasada. O por qué empezaba a estar algo encaminado. Iban y venían, entraban y salían, intercambiaban impresiones antes y después del encuentro, se miraban absortos, mientras hacían la cola previa al Departamento de Filología III primero y a su despachito después. Le buscaban un sentido a la vida –como todos los estudiantes- y también un sentido a sus trabajos de universidad –como todos los alumnos de Julián Ávila-. Para lo primero servía tatuarse un gran signo de interrogación en cualquier lugar. Para lo segundo, o sea para lo que tenía en jaque a todo ese curso de Periodismo en el que por supuesto también yo me encontraba, “bastaba” con responder a la gran pregunta formulada semana tras semana por el profesor Ávila. “Bastaba” con resolver su acertijo, con desvelar el gran secreto, el principal mensaje cifrado de su asignatura, que era de Lengua y Literatura, o Periodismo y Literatura, o Julián Ávila y Literatura, no recuerdo bien.
De lo que sí me acuerdo perfectísimamente es de lo que me decía a mí y les decía a todos en su despacho: “hay que buscar y encontrar el detalle”. ¿El detalle? “Sí, hallar el detalle del texto, el secreto, el matiz que lo explica y lo justifica todo”. Pero es que a mi compañero le dijo que su ejercicio sobre “La casa de Bernarda Alba” estaba bien, yo lo he planteado parecido y… me pone aquí que está mal. “Busca el detalle. Encuentra el detalle”. Pero es que me dijo el martes pasado que… “Encuentra el detalle. Y vuelve el lunes próximo”.
No sé cómo aprobé aquella asignatura. Sólo recuerdo algunos trabajos que hice y rehice y luego volví a rehacer. Unos eran sobre Yerma, otros sobre un poema carnavalesco de Juan Larrea que me divertía mucho y otros más, cien veces repetidos, creo que alrededor del capítulo de La fuente vieja de Platero y yo. El caso es que pasé la asignatura se llamara como se llamara y, a la vez, esta asignatura inolvidable y este “detalle” del que os hablo se quedaron dentro de mí, como marcados.
Me he acordado de este asunto justo esta semana, mientras conducía. Me explico: en el atasco de estos últimos días me he estado entreteniendo con la disección del último trabajo de Sabina y ahí ha surgido todo. Mi método de análisis ha sido el de casi siempre: tras la prospección general, he empezado tomando una pequeña horquilla de tres o cuatro canciones -las primeras-, y las he ido escuchando una y otra vez, sin parar. Una semana de éstas pasaré a las siguientes, pero de momento mi primera puntuación no es muy alentadora: por el momento, después de esta leve investigación literaria y musical, aún ligera, debo decir que en líneas generales no me aparece apasionante este Vinagre y rosas. Me parece de hecho un poco más de lo mismo que lo último, ese Alivio de luto que en su día me dijo más cosas y mejor. Algo plano este Vinagre y rosas me parece en fin, puede que porque en la inmensa mayoría de los temas no es el propio talento de Sabina el que habla sino el de su inopinado colaborador en este disco Benjamín Prado. Puede. O puede que sea yo el culpable del fiasco, es decir el que estaba en el mundo de otro modo hace cuatro años, en el anterior disco. No sé. En cualquier caso, hoy, esta semana exactamente igual que hace diez o doce años, lo que sí sigo encontrando en este Sabina, en sus letras y sus gracias y sus encajes de bolillos, son detalles, muchos detalles, nada pequeñas pinceladas, medias verónicas, que me parecen justifican el todo y también los veinte o treinta euros que cuesta este cedé no pirata suyo, o sea cedé atunero. Todavía guarda secretos Sabina que lo mecen a uno, que tiran de mí durante semanas, sobre los que valiera la pena volver y disfrutar, sonreír cuando nadie nos ve, congratularse.
Retomé las lecciones de Julián Ávila cuando me pasó a través uno de estos detalles, una estrofa de una de las nuevas canciones de Sabina. Entonces comprendí de pronto lo bien que le sentaba ese vestido musical a esa frase en concreto de la que os hablo, cuando la leí de dos o tres formas distintas y la hice mía y nuestra, cuando imaginé al artista sonriendo en un café, descubriendo el hallazgo, muerto de risa, iluminado por sus propias luces.
Es el tema Viudita de Clicquot el que quiero subrayar aunque su estribillo no me diga gran cosa. Está su chispazo en esta frase, sencilla y deslumbrante: “me compró una tormenta después de robarme el abrigo". El pellizco que me dio vive escondido aquí, sobre el minuto dos veinte.
Encuentra el detalle.
Este regate de Sabina, que temo sea poca cosa para casi todo el mundo pero que desde luego para mí, en estos últimos días, fue algo más que el soniquete de una canción, me llevó a otros lugares. A muchos otros detalles casi imperceptibles, igualmente discretos y reveladores, a veces anónimos y en ocasiones no tanto. Por eso, en estas últimas horas que prologan al frío siberiano, me puse a pensar en otros pespuntes minúsculos que tiene la realidad y que descosen el escenario en el que vivimos, que le dan la vuelta a lo que parece que vemos pero no sentimos, que transforman el entorno en símbolo, el vocablo en palabra, la palabrería en literatura.
Están a los ojos de todo el mundo pero son casi siempre invisibles. Mirad.
Dos que se atraen -un hombre y una dama o dos damas o dos hombres, pero siempre con relación magnética entre opuestos- saludan a todo el mundo, se abrazan y se besan con todos sin complejos, actúan con normalidad pero, cuando se trata de saludar al otro, o sea al que supuestamente es contrario pero que nosotros sabemos que no lo es tanto, se rehúyen, son parcos, torpones, fingen un absurdo desinterés absoluto por quien no deberían. Mirad en las cenas de empresa, en los cumpleaños familiares, en las bodas y los aniversarios, en las ceremonias de amigo invisible: observad cómo se saludan unos y otros, medid los besos y los abrazos, espiad a los que suelen sentarse en polos opuestos, a los que simulan ignorarse, a los que se tratan mal premeditadamente. Muchas veces mienten. Casi siempre. Porque de algún modo se quieren. Pero no conviene quererse, o no se atreven, o no pueden, o no están seguros, o no saben, o no les dejan.
Fijaos en ese detalle.
Fijaos en todas las tramas que ocurren debajo de la realidad. Mirad cómo esa chica se deja olvidada la bufanda precisamente en esa cafetería, donde suele atenderle ese camarero. Y fijaos más aún: observaríais que él atendió su mesa aunque precisamente esa mesa no estuvo en su cuadrante en todo el día.
Y mirad qué hermosos son los detalles también en el deporte. Recordad las imágenes de Pepu Hernández mirando al cielo, homenajeando en secreto a su padre secretamente fallecido, justo en el momento en que todo su equipo celebraba el Mundial de basket de Japón. Anotad cómo silenció su dolor personal, discretamente, para no restarle volumen al triunfo de sus pupilos. O recuperad las imágenes de Luis Aragonés corriendo al vestuario, ansiando el segundo plano, justo en el momento en que España lograba la Eurocopa de fútbol. Mirad la postal de Torres, subido al autobús que recorría La Castellana de Madrid, bombeándole sangre a mi corazoncito colchonero, mostrando entre cientos y miles de banderas de La Roja una bandera roja… pero blanca también.
Observad todo detenidamente, id en busca y captura de lo que sucede en realidad, de los detalles que dan el salto imperceptiblemente. No os acostumbréis nunca a las letras de las canciones predeterminadas, pedidles más. Aún queda talento ahí fuera. Recordad para siempre como yo lo hago las lágrimas de Pilar Manjón en su reprimenda a la Comisión de Investigación del Congreso alrededor del 11M. Guardaos los detalles que tienen valor, el grito sordo de Michael Corleone en El Padrino III, el final acolchado de Michael Clayton, la mirada de María San Gil al etarra Txapote, la primera vez que le escuchásteis a alguien decir “ha muerto”. Abrid un álbum de detalles que tenga la paz de los ojos de Jesús Neira, la profunda melancolía del guitarrista, el fraseo honoris causa de un Sinatra crepuscular.
"Encuentra el detalle" decía Julián Ávila. No sé si era esto a lo que se refería cuando me pintarrajeaba el trabajo sobre Yerma.
Por si acaso yo sigo buscando. En la frase de las zapatillas que lleva Rafa Nadal. En las miradas de algunas personas. En el tacto de según quién. En el dulce traqueteo narrativo de Conversación en La Catedral. En la columna de Raúl del Pozo. En este blog.
...yo cada día encuentro un nuevo detalle en este blog...el de hoy ha sido el de los recuerdos, el de los folios en rojo de este profesor que nos hacía pensar mas de lo que en ese entonces queríamos o necesitábamos...me acuerdo de mi propio detalle...el bastonazo en el suelo de Bernarda Alba...
ResponderEliminarGracias por hacerme recordar