sábado, 15 de mayo de 2010

Nube, euro, uruguayo.

Así es que parece que vuelve a ser sol, que este domingo se disuelven las nubes, se disipa el viento, y van distanciándose entre sí en el mapa las brumas volcánicas y los huracanes frescos.

De manera que al final el raciocinio de los alemanes se ha impuesto, la cordura ha empujado a los gerifaltes para que alrededor de esta crisis ciclópea apliquen grandes ajustes en vez de gruesos gastos.

Pura lógica.
Con el Atleti Campeón de Europa.

martes, 11 de mayo de 2010

Actoral.

Padezco Cary Grant, o sea de un grano en la cara.

Me recomienda mi dentista Billy Crystal una especie de Blanca Marsillach, que es por lo visto una pomada muy cara de pepino, Al Pacino, compuesta como de masilla blanca o blanca masilla.

Pero Mario Moreno Cantinflas, me la pongo en la zona y la cosa se infla.

Probaré con hielo, Danny Aiello.
A ver a ver. Zelwe... eger.

domingo, 9 de mayo de 2010

Chocolate.

Debe de estar bajándome el azúcar en sangre. Creo que me pasa esto por ser primavera. O por estrenar vida justo en estos días, no sé. El caso es que hace ya muchos telediarios que me noto alicaído, que completo mi dieta rutinaria con bombones variados de urgencia, con bollos de almendras, con pan de leche terapéutico, con caprichos de chocolate y crema.

Incluso el otro día me obsequiaron con una palmera gigante de choco. La compró una amiga mía periodista en la cafetería de la facultad. Ella se llama L. La facultad es la de Periodismo de la Complutense, en Madrid. La palmera me la comí, claro.

Cuento todo esto para que sepáis que he sido así hasta ayer pero que he cambiado. Porque ahora ya no quiero más. Ya me he saciado. Cubrí todos mis huecos con azúcar y no me cabe más. No sé, es difícil de explicar. Me di cuenta ayer, en la página 9 de La sombra del viento de Ruiz Zafón, cuando tuve que abandonar empachado la lectura.

Se acabó el azúcar. Me hace daño:
"Las calles aún languidecían entre neblinas y serenos cuando salimos al portal. Las farolas de las Ramblas dibujaban una avenida de vapor, parpadeando al tiempo que la ciudad se desperezaba y se desprendía de su disfraz de acuarela. Al llegar a la calle Arco del Teatro nos aventuramos camino del Raval bajo la arcada que prometía una bóveda de bruma azul. Seguí a mi padre a través de aquel camino angosto, más cicatriz que calle, hasta que el reluz de la Rambla se perdió a nuestras espaldas. La claridad del amanecer se filtraba desde balcones y cornisas en soplos de luz sesgada que no llegaban a rozar el suelo. Finalmente, mi padre se detuvo frente a un portón de madera labrada ennegrecido por el tiempo y la humedad. Frente a nosotros se alzaba lo que me pareció el cadáver abandonado de un palacio, o un museo de ecos y sombras".

Vuelvo a Bolaño. O retomaré a Pessoa. Puede que le eche un ojo a una autobiografía de Chesterton, que anda por ahí dormida. O vuelvo a buscar a Arthur Miller.

No sé, tengo que encontrar otros sabores.
Fin del chocolate.
Sabor salado tal vez:
¿el Moby Dick de Melville?

Reversible.

Exactamente igual que a la luz de los textos de Borges dimos por hecho que detrás de esa escritura se escondía una personalidad asombrosa, la del señor Jorge Luis Borges, exactamente igual deducimos e imaginamos que los textos de Lorenzo Silva han de ser precisos y bien estructurados, ordenados y limpios, mucho más que rectos.

Tal es la impresión que me causa su manera de expresarse, su corrección de trato, su porte de escritor humilde y honesto consigo mismo, con todos nosotros los lectores. Tanto me ha impresionado el título de su última novela, "La estrategia del agua", que pienso así.

De modo que pudiéramos decir que mi pensamiento texto-autor, que nació hace diez minutos en Borges, se me ha hecho reversible sin querer en Lorenzo Silva (programa Página2 de este domingo 4 de mayo). Por sorpresa.

martes, 4 de mayo de 2010

Torre de control.

No hace muchas semanas, por febrero o marzo creo, pensaba en voz alta en lo que representaba el sueño, en la idea abstracta y confortable del descanso, en el valor que tiene cada noche de calma. O sea en lo que sucede en realidad cuando nos metemos en la cama y, con mayor o menor intención, zarpamos de viaje. En estas divagaciones mías equiparaba el trance del sueño a los viajes, las ocho horas de cualquier madrugada tranquila con los vuelos transoceánicos, el tiempo de descanso como un cierto traslado consentido hacia alguna parte.

Hoy, en estos días ajetreados en lo meteorológico y algo insomnes en todo lo demás, he descubierto -como me dijeron tantas veces- que se ha estrechado mi cuentakilómetros, que los sueños que principio terminan más bien pronto: apenas llegan si acaso a la vuelta de la esquina. Por contra me paso ahora las tardes y las anochecidas, también durante algunos entreactos de la madrugada, yendo en taxi al aeropuerto, regateando todos los controles y las puertas de embarque, viendo despegar y aterrizar aviones.

Son los aviones del sueño de mis dos compañeros de piso, que son pareja. Aviones entrelazados que despegan y aterrizan, que sufren retrasos y cancelaciones, que vienen y van plácidos de viaje mientras yo les miro, despierto, paralizado, feliz, desde la torre de control.