Leí El otoño del patriarca de joven y etiqueté sus páginas como piezas de una novela oscura, de ambiente. Me gustó. De hecho creo que fue el primer libro que en vez de letras me dejó dentro fotografías nítidas. Hoy, al cabo del tiempo, me acuerdo de ese otoño como de un álbum de instantáneas tristes, desgraciadamente verdaderas, crueles. El caso es que la lectura de este texto debió de coincidir con muchas borracheras mías, o con alguna experiencia equívoca de la vida, porque mi ignorancia siempre había dado por hecho que ese libro que me había gustado lo firmaba Vargas Llosa y no García Márquez, que es de verdad cierta el autor verdadero del asunto. Así es que para mí El otoño del patriarca es de Mario, no de Gabo.
Pasado el tiempo leí Pantaleón y las visitadoras, este sí de Vargas Llosa, que me divirtió y me dio calor un verano. Me entretuvieron Pantaleoncito y las jineteras. Lo trituré y casi casi lo olvidé. Sudé y lo transpiré. Sin más.
Después -hace un par de veranos- fue Zavalita y Conversación en La Catedral, una absoluta obra maestra que me cambió la vida, que representó para mí un máster de once años en narrativa, un doctorado honoris prosa, mucho mucho. Tanto, que creo que ya no quiero escribir más. Total para qué.
Anoche leí el discurso de Vargas Llosa en Estocolmo. Con la ciudad escuchando a bajo cero. Su discurso de aceptación del Nobel de Literatura, literatura con L mayúscula. Y esta mañana he repasado en un vídeo el párrafo que le dedica el premiado a su premiada esposa.
Mirad qué plan tengo para el fin de semana: he apartado los enlaces con los vídeos de la primera parte de este bruñido texto enciclopédico ... y luego con la segunda. Los veré el sábado, sin cortes publicitarios.
Creo que intuís por dónde voy.
La conclusión de mi texto de hoy es previsible, claro:
NO TODO ESTÁ PÉRDIDO.
Sigue habiendo cosas, gentes, que merecen la pena.
De hecho, igual son más los textos vitaminados por descubrir que la gente imbécil que nos rodea.
Ojalá.
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