A veces se nos olvida que la guantera del coche es pariente cercana de los guantes del cajón, o que dentro del verbo aislar vive una isla. A menudo las obviedades del ecosistema se hacen invisibles y hacemos las cosas porque sí, sin preguntarnos acerca de las causas o las consecuencias de nuestras acciones, o sea restándole espacio al peligro y a los daños colaterales que se nos pueden venir encima sólo por culpa nuestra.
A mí me ha pasado esto muchas veces, casi a diario. Y me ha pasado esto también con este blog, un invento que eché a andar hace algunas semanas ya y alrededor del cual no quise elucubrar demasiado no fuera a ser que los contras aplastaran los pros, no resultara que la conclusión prematura de este cuaderno de caligrafía en Internet que es Presente Imperfecto Simple fuera “no lo empieces siquiera, no merece la pena”.
Ahora ya han pasado los días y ya han llegado las primeras críticas. Buenas, muy generosas en líneas generales, por cierto. Ahora ya ha dado tiempo a parar y a pensar, a hacer el primer balance, a mirar con cierta perspectiva. Correcto: tiempo en definitiva para comenzar a AGOBIARSE.
Por qué.
Por la pura naturaleza de la escritura, porque a mi modo de ver en el ejercicio de la escritura reside sin ningún género de dudas la actividad humana más compleja, más exigente, más peligrosa. Escribir no puede tomarse nunca a la ligera. Da igual lo que digan los libros de autoayuda y algunos baratos best sellers, dan igual los libros que escriben en dos tardes los presentadores de televisión, la biografía excremento de Cristiano, las noveluchas de los famosos, los folletos enrevesados que tratan sobre cualquier cosa y que están escritos por algunos periodistas muertos de hambre. Escribir es un ejercicio de estilo imbricado, una estructura, un edificio de palabras con plantas que son párrafos, con corredores de páginas, con ascensores, con capítulos cerrados y personajes interconectados, con sala de juntas y despacho oval. Escribir es una frase corta o muchas largas, si no las dos cosas, tener un buen final y no perder a nadie en el capítulo tres, saber qué quieres contar, no repetir palabras adrede, no apabullar con sentimientos, no dar nada por supuesto, no rimar en prosa porque es muy mala cosa, no fallar.
Hoy un hermano político que tengo me dijo que tal vez resultaran algo largos los textos de mi blog. Yo no lo creo así, por eso le agradecí la crítica y pasé a otro asunto. Concretamente a este asunto, el que hoy tira de mí. Pasé a pensar en los rasgos de mi blog, en la metafísica de andar por casa que le da de comer. ¿Raro? Bueno.
Todo iba más o menos bien pero sólo más o menos: al cabo de un rato me di cuenta de una muy mala noticia, una máxima obvia pero demoledora. Al menos para mí: “escribir un blog” es muchas cosas a la vez, sin duda, pero por encima de todas ellas es “escribir”. Un verdadero problema por tanto, un serio problema físico y neuronal y psicológico y de pareja y social para mí, que ya voy teniendo generoso historial psicótico sobre este aspecto.
Por qué.
Porque escribir es para mí un continuo y paralizante quebradero de cabeza… y porque me temo que “escribir un blog” se parece demasiado a “escribir” como para que ahora que me he dado cuenta pueda escapar.
Porque lo que debería tratar de hacer cuando afronto una página en blanco –creo yo- es manipular material muy sensible, muy frágil, y ordenarlo de manera que despierte alguna reacción química, algún pellizco en el lector. Y eso provoca vértigo, eccemas y responsabilidad.
Porque plantearse temas aparentemente menores como la legibilidad de un blog con letras blancas sobre fondo negro puede llegar a convertirse en un debate interior francamente incómodo. Doy fe diaria de ello.
Porque pensar en la longitud de tus propios textos, más allá de hacerte pensar en el tiempo que debe estar retenido tu lector, te hace pensar muy frecuentemente en tu propia dimensión, y extensión, y talla, y metraje, como aprendiz de escritor. Porque es muy habitual pensar que si escribes algo corto eres un escritor corto y si escribes algo largo eres Saramago. Y eso no mola cuando no te sale nada más.
Porque ya puedo notar cómo el corazón me pinza de vez en cuando, me manda mensajes inequívocos que dicen “hablas mucho de ti en el blog ése que escribes, tu narrativa electrónica es un tonto diario infantil escrito de puño y letra por una niña ñoña con trenzas de segundo de la Eso”.
Porque a veces me divierte tomar prestados datos o anécdotas o destellos de la vida de los demás, o de los lugares de los demás, o de las historias del resto, y casi siempre me arrepiento después, justo cuando experimento un brote neuronal que me grita en el cerebro “invadiste la vida privada de alguien y la aireaste de manera estúpida en un relato, en este fragmento de tu novela o, peor aún, en tu blog ilegible de letras blancas sobre fondo negro”. Y sigue. Luego dice “encima es demasiado largo”.
Porque unos días pienso que esta caligrafía que dejo suelta en Internet debería ser menos cantidad pero más espaciada, debería contener relatos independientes, sin ninguna conexión con la realidad cercana, esto es directamente enchufados a la más pura imaginación del autor que soy yo. Y en estos días me exijo y me ordeno que debería escribir un Alicia en el país de las maravillas cada quince días para poder colgarlo en la Red. Creedme: no es nada fácil vivir así, estar en el trabajo o en un atasco así, fingiendo estar relajado, concentrado, cuando de verdad dentro de ti alguien con tu misma voz te dice “piensa en algo Lewis Carroll, a ver si se te ocurre ya algo imaginativo que no tenga que ver con el mundo real”.
Porque otros días creo que me están pudiendo las tramas, que lo que dejo desnudo en este blog puede ser más o menor entretenido, mejor o peor, pero que es “algo” al fin y al cabo, o sea un argumento, una anécdota, un pensamiento, una historia. Y no me gusta, porque lo que considero precisamente en esos días es que mi blog debería ser un cuaderno de estilo puro, un libro de Caligrafías Rubio de verdad, un entrenamiento de escritura en toda regla. Y pienso que lo que debería exhibir mi Presente Imperfecto Simple tendrían que ser juegos de palabras, verbos inventados, nuevas oraciones subordinadas, pasivas reflejas, oraciones simétricas, metáforas chispeantes o vaporosas, según toque.
Porque hay momentos en que me reconforta comprobar que algunos seres humanos amigos míos opinan sobre mis textos, lanzándose a colocar comentarios justo después del punto final de mis divagaciones semanales. Pero hay otros momentos en que verifico que mis únicos seguidores visibles son mujeres y pienso “soy un escritor para mujeres”, o peor “soy la prueba palpable de que existe eso que tanto he aborrecido siempre, la literatura para mujeres”. Y me veo con bastón y un gato, envuelto en un albornoz y adornado con un pañuelo reflectante y floreado, como Antonio Gala.
Porque pasan los días y el trabajo pasa sobre mí, atropellándome. Porque no me deja capacidad de maniobra ni tiempo de reloj para poder sentarme a pensar qué quiero escribir, qué necesito contar, qué quisiera entrenar. Porque mientras pienso eso no puedo evitar registrar el tiempo que está pasando sin que tenga tiempo para siquiera pensar en escribir –y mucho menos para poder hacerlo- y me da la asfixia, me noto que me fallo a mí mismo, que soy un fraude social, que no merezco que nunca nadie me pregunta si estoy o no estoy escribiendo. Entonces asumo que me he inventado un personaje impostor que no tiene que ver con mi rutina, que tal vez haya alguien esperando brotes verdes en mi blog, o el final de una novela, y yo no puedo o no sé llegar a tiempo para suministrarle su dosis. Y, claro, como cualquiera, sufro.
De modo que.
De modo que lo que os quería decir es que todo se ha complicado justo hoy, cuando me he puesto a pensar.
Aunque.
Unilateralmente he decidido seguir escribiendo, dejando en el tablón de vuestro ordenador cosas, aunque ya no es igual. Ahora el que pinta este blog es el mismo que trataba de escribir relatos, e-mails multitudinarios, discursos, pasajes de una novela. El mismo que le tenía miedo y respeto a casi todo lo que tuviera que ver con el verbo escribir.
Me he dado cuenta –puede que tarde- que esto que hago aquí puede llegar a ser igual de opresor que lo que hacía secretamente. Lástima, pero no hay vuelta atrás: ya sé que lo que trato de hacer con vosotros de vez en cuando, usando sólo las palabras, es igual de exigente que lo que he hecho siempre… pero si cabe un poco más.
Es un reto.
En cierta manera, es como si antes toreara de salón y ahora, de quince en quince días, me echaran suelto un torito guapo de Alcurrucén. Por cada “por qué” que me bombardea el cerebro antes de escribir se santigua una vez el torero que está en la capilla que llevo dentro. En cada crítica punzante que me hagáis, silencio en el tendido, división de opiniones. Mejor eso que nada: dejar de intentarlo es para mí cornada grave, tres trayectorias, pronóstico reservado.
martes, 22 de diciembre de 2009
jueves, 17 de diciembre de 2009
domingo, 13 de diciembre de 2009
El detalle.
Cada semana, cada lunes de cada semana, o en algunas ocasiones también los martes o los miércoles, los alumnos de Julián Ávila acudían a tutoría. Todas las semanas sin faltar una estos estudiantes de Periodismo de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid y no otros procesionaban por el hall principal de la facultad y se dirigían como autómatas a su despacho.
Tenían que entregar un nuevo trabajo, o un fascículo más del gran trabajo de curso. Tenían que recoger la corrección del fascículo anterior. Tenían que escuchar por qué estaba muy mal y muy desacertado su ejercicio de la semana pasada. O por qué empezaba a estar algo encaminado. Iban y venían, entraban y salían, intercambiaban impresiones antes y después del encuentro, se miraban absortos, mientras hacían la cola previa al Departamento de Filología III primero y a su despachito después. Le buscaban un sentido a la vida –como todos los estudiantes- y también un sentido a sus trabajos de universidad –como todos los alumnos de Julián Ávila-. Para lo primero servía tatuarse un gran signo de interrogación en cualquier lugar. Para lo segundo, o sea para lo que tenía en jaque a todo ese curso de Periodismo en el que por supuesto también yo me encontraba, “bastaba” con responder a la gran pregunta formulada semana tras semana por el profesor Ávila. “Bastaba” con resolver su acertijo, con desvelar el gran secreto, el principal mensaje cifrado de su asignatura, que era de Lengua y Literatura, o Periodismo y Literatura, o Julián Ávila y Literatura, no recuerdo bien.
De lo que sí me acuerdo perfectísimamente es de lo que me decía a mí y les decía a todos en su despacho: “hay que buscar y encontrar el detalle”. ¿El detalle? “Sí, hallar el detalle del texto, el secreto, el matiz que lo explica y lo justifica todo”. Pero es que a mi compañero le dijo que su ejercicio sobre “La casa de Bernarda Alba” estaba bien, yo lo he planteado parecido y… me pone aquí que está mal. “Busca el detalle. Encuentra el detalle”. Pero es que me dijo el martes pasado que… “Encuentra el detalle. Y vuelve el lunes próximo”.
No sé cómo aprobé aquella asignatura. Sólo recuerdo algunos trabajos que hice y rehice y luego volví a rehacer. Unos eran sobre Yerma, otros sobre un poema carnavalesco de Juan Larrea que me divertía mucho y otros más, cien veces repetidos, creo que alrededor del capítulo de La fuente vieja de Platero y yo. El caso es que pasé la asignatura se llamara como se llamara y, a la vez, esta asignatura inolvidable y este “detalle” del que os hablo se quedaron dentro de mí, como marcados.
Me he acordado de este asunto justo esta semana, mientras conducía. Me explico: en el atasco de estos últimos días me he estado entreteniendo con la disección del último trabajo de Sabina y ahí ha surgido todo. Mi método de análisis ha sido el de casi siempre: tras la prospección general, he empezado tomando una pequeña horquilla de tres o cuatro canciones -las primeras-, y las he ido escuchando una y otra vez, sin parar. Una semana de éstas pasaré a las siguientes, pero de momento mi primera puntuación no es muy alentadora: por el momento, después de esta leve investigación literaria y musical, aún ligera, debo decir que en líneas generales no me aparece apasionante este Vinagre y rosas. Me parece de hecho un poco más de lo mismo que lo último, ese Alivio de luto que en su día me dijo más cosas y mejor. Algo plano este Vinagre y rosas me parece en fin, puede que porque en la inmensa mayoría de los temas no es el propio talento de Sabina el que habla sino el de su inopinado colaborador en este disco Benjamín Prado. Puede. O puede que sea yo el culpable del fiasco, es decir el que estaba en el mundo de otro modo hace cuatro años, en el anterior disco. No sé. En cualquier caso, hoy, esta semana exactamente igual que hace diez o doce años, lo que sí sigo encontrando en este Sabina, en sus letras y sus gracias y sus encajes de bolillos, son detalles, muchos detalles, nada pequeñas pinceladas, medias verónicas, que me parecen justifican el todo y también los veinte o treinta euros que cuesta este cedé no pirata suyo, o sea cedé atunero. Todavía guarda secretos Sabina que lo mecen a uno, que tiran de mí durante semanas, sobre los que valiera la pena volver y disfrutar, sonreír cuando nadie nos ve, congratularse.
Retomé las lecciones de Julián Ávila cuando me pasó a través uno de estos detalles, una estrofa de una de las nuevas canciones de Sabina. Entonces comprendí de pronto lo bien que le sentaba ese vestido musical a esa frase en concreto de la que os hablo, cuando la leí de dos o tres formas distintas y la hice mía y nuestra, cuando imaginé al artista sonriendo en un café, descubriendo el hallazgo, muerto de risa, iluminado por sus propias luces.
Es el tema Viudita de Clicquot el que quiero subrayar aunque su estribillo no me diga gran cosa. Está su chispazo en esta frase, sencilla y deslumbrante: “me compró una tormenta después de robarme el abrigo". El pellizco que me dio vive escondido aquí, sobre el minuto dos veinte.
Encuentra el detalle.
Este regate de Sabina, que temo sea poca cosa para casi todo el mundo pero que desde luego para mí, en estos últimos días, fue algo más que el soniquete de una canción, me llevó a otros lugares. A muchos otros detalles casi imperceptibles, igualmente discretos y reveladores, a veces anónimos y en ocasiones no tanto. Por eso, en estas últimas horas que prologan al frío siberiano, me puse a pensar en otros pespuntes minúsculos que tiene la realidad y que descosen el escenario en el que vivimos, que le dan la vuelta a lo que parece que vemos pero no sentimos, que transforman el entorno en símbolo, el vocablo en palabra, la palabrería en literatura.
Están a los ojos de todo el mundo pero son casi siempre invisibles. Mirad.
Dos que se atraen -un hombre y una dama o dos damas o dos hombres, pero siempre con relación magnética entre opuestos- saludan a todo el mundo, se abrazan y se besan con todos sin complejos, actúan con normalidad pero, cuando se trata de saludar al otro, o sea al que supuestamente es contrario pero que nosotros sabemos que no lo es tanto, se rehúyen, son parcos, torpones, fingen un absurdo desinterés absoluto por quien no deberían. Mirad en las cenas de empresa, en los cumpleaños familiares, en las bodas y los aniversarios, en las ceremonias de amigo invisible: observad cómo se saludan unos y otros, medid los besos y los abrazos, espiad a los que suelen sentarse en polos opuestos, a los que simulan ignorarse, a los que se tratan mal premeditadamente. Muchas veces mienten. Casi siempre. Porque de algún modo se quieren. Pero no conviene quererse, o no se atreven, o no pueden, o no están seguros, o no saben, o no les dejan.
Fijaos en ese detalle.
Fijaos en todas las tramas que ocurren debajo de la realidad. Mirad cómo esa chica se deja olvidada la bufanda precisamente en esa cafetería, donde suele atenderle ese camarero. Y fijaos más aún: observaríais que él atendió su mesa aunque precisamente esa mesa no estuvo en su cuadrante en todo el día.
Y mirad qué hermosos son los detalles también en el deporte. Recordad las imágenes de Pepu Hernández mirando al cielo, homenajeando en secreto a su padre secretamente fallecido, justo en el momento en que todo su equipo celebraba el Mundial de basket de Japón. Anotad cómo silenció su dolor personal, discretamente, para no restarle volumen al triunfo de sus pupilos. O recuperad las imágenes de Luis Aragonés corriendo al vestuario, ansiando el segundo plano, justo en el momento en que España lograba la Eurocopa de fútbol. Mirad la postal de Torres, subido al autobús que recorría La Castellana de Madrid, bombeándole sangre a mi corazoncito colchonero, mostrando entre cientos y miles de banderas de La Roja una bandera roja… pero blanca también.
Observad todo detenidamente, id en busca y captura de lo que sucede en realidad, de los detalles que dan el salto imperceptiblemente. No os acostumbréis nunca a las letras de las canciones predeterminadas, pedidles más. Aún queda talento ahí fuera. Recordad para siempre como yo lo hago las lágrimas de Pilar Manjón en su reprimenda a la Comisión de Investigación del Congreso alrededor del 11M. Guardaos los detalles que tienen valor, el grito sordo de Michael Corleone en El Padrino III, el final acolchado de Michael Clayton, la mirada de María San Gil al etarra Txapote, la primera vez que le escuchásteis a alguien decir “ha muerto”. Abrid un álbum de detalles que tenga la paz de los ojos de Jesús Neira, la profunda melancolía del guitarrista, el fraseo honoris causa de un Sinatra crepuscular.
"Encuentra el detalle" decía Julián Ávila. No sé si era esto a lo que se refería cuando me pintarrajeaba el trabajo sobre Yerma.
Por si acaso yo sigo buscando. En la frase de las zapatillas que lleva Rafa Nadal. En las miradas de algunas personas. En el tacto de según quién. En el dulce traqueteo narrativo de Conversación en La Catedral. En la columna de Raúl del Pozo. En este blog.
Tenían que entregar un nuevo trabajo, o un fascículo más del gran trabajo de curso. Tenían que recoger la corrección del fascículo anterior. Tenían que escuchar por qué estaba muy mal y muy desacertado su ejercicio de la semana pasada. O por qué empezaba a estar algo encaminado. Iban y venían, entraban y salían, intercambiaban impresiones antes y después del encuentro, se miraban absortos, mientras hacían la cola previa al Departamento de Filología III primero y a su despachito después. Le buscaban un sentido a la vida –como todos los estudiantes- y también un sentido a sus trabajos de universidad –como todos los alumnos de Julián Ávila-. Para lo primero servía tatuarse un gran signo de interrogación en cualquier lugar. Para lo segundo, o sea para lo que tenía en jaque a todo ese curso de Periodismo en el que por supuesto también yo me encontraba, “bastaba” con responder a la gran pregunta formulada semana tras semana por el profesor Ávila. “Bastaba” con resolver su acertijo, con desvelar el gran secreto, el principal mensaje cifrado de su asignatura, que era de Lengua y Literatura, o Periodismo y Literatura, o Julián Ávila y Literatura, no recuerdo bien.
De lo que sí me acuerdo perfectísimamente es de lo que me decía a mí y les decía a todos en su despacho: “hay que buscar y encontrar el detalle”. ¿El detalle? “Sí, hallar el detalle del texto, el secreto, el matiz que lo explica y lo justifica todo”. Pero es que a mi compañero le dijo que su ejercicio sobre “La casa de Bernarda Alba” estaba bien, yo lo he planteado parecido y… me pone aquí que está mal. “Busca el detalle. Encuentra el detalle”. Pero es que me dijo el martes pasado que… “Encuentra el detalle. Y vuelve el lunes próximo”.
No sé cómo aprobé aquella asignatura. Sólo recuerdo algunos trabajos que hice y rehice y luego volví a rehacer. Unos eran sobre Yerma, otros sobre un poema carnavalesco de Juan Larrea que me divertía mucho y otros más, cien veces repetidos, creo que alrededor del capítulo de La fuente vieja de Platero y yo. El caso es que pasé la asignatura se llamara como se llamara y, a la vez, esta asignatura inolvidable y este “detalle” del que os hablo se quedaron dentro de mí, como marcados.
Me he acordado de este asunto justo esta semana, mientras conducía. Me explico: en el atasco de estos últimos días me he estado entreteniendo con la disección del último trabajo de Sabina y ahí ha surgido todo. Mi método de análisis ha sido el de casi siempre: tras la prospección general, he empezado tomando una pequeña horquilla de tres o cuatro canciones -las primeras-, y las he ido escuchando una y otra vez, sin parar. Una semana de éstas pasaré a las siguientes, pero de momento mi primera puntuación no es muy alentadora: por el momento, después de esta leve investigación literaria y musical, aún ligera, debo decir que en líneas generales no me aparece apasionante este Vinagre y rosas. Me parece de hecho un poco más de lo mismo que lo último, ese Alivio de luto que en su día me dijo más cosas y mejor. Algo plano este Vinagre y rosas me parece en fin, puede que porque en la inmensa mayoría de los temas no es el propio talento de Sabina el que habla sino el de su inopinado colaborador en este disco Benjamín Prado. Puede. O puede que sea yo el culpable del fiasco, es decir el que estaba en el mundo de otro modo hace cuatro años, en el anterior disco. No sé. En cualquier caso, hoy, esta semana exactamente igual que hace diez o doce años, lo que sí sigo encontrando en este Sabina, en sus letras y sus gracias y sus encajes de bolillos, son detalles, muchos detalles, nada pequeñas pinceladas, medias verónicas, que me parecen justifican el todo y también los veinte o treinta euros que cuesta este cedé no pirata suyo, o sea cedé atunero. Todavía guarda secretos Sabina que lo mecen a uno, que tiran de mí durante semanas, sobre los que valiera la pena volver y disfrutar, sonreír cuando nadie nos ve, congratularse.
Retomé las lecciones de Julián Ávila cuando me pasó a través uno de estos detalles, una estrofa de una de las nuevas canciones de Sabina. Entonces comprendí de pronto lo bien que le sentaba ese vestido musical a esa frase en concreto de la que os hablo, cuando la leí de dos o tres formas distintas y la hice mía y nuestra, cuando imaginé al artista sonriendo en un café, descubriendo el hallazgo, muerto de risa, iluminado por sus propias luces.
Es el tema Viudita de Clicquot el que quiero subrayar aunque su estribillo no me diga gran cosa. Está su chispazo en esta frase, sencilla y deslumbrante: “me compró una tormenta después de robarme el abrigo". El pellizco que me dio vive escondido aquí, sobre el minuto dos veinte.
Encuentra el detalle.
Este regate de Sabina, que temo sea poca cosa para casi todo el mundo pero que desde luego para mí, en estos últimos días, fue algo más que el soniquete de una canción, me llevó a otros lugares. A muchos otros detalles casi imperceptibles, igualmente discretos y reveladores, a veces anónimos y en ocasiones no tanto. Por eso, en estas últimas horas que prologan al frío siberiano, me puse a pensar en otros pespuntes minúsculos que tiene la realidad y que descosen el escenario en el que vivimos, que le dan la vuelta a lo que parece que vemos pero no sentimos, que transforman el entorno en símbolo, el vocablo en palabra, la palabrería en literatura.
Están a los ojos de todo el mundo pero son casi siempre invisibles. Mirad.
Dos que se atraen -un hombre y una dama o dos damas o dos hombres, pero siempre con relación magnética entre opuestos- saludan a todo el mundo, se abrazan y se besan con todos sin complejos, actúan con normalidad pero, cuando se trata de saludar al otro, o sea al que supuestamente es contrario pero que nosotros sabemos que no lo es tanto, se rehúyen, son parcos, torpones, fingen un absurdo desinterés absoluto por quien no deberían. Mirad en las cenas de empresa, en los cumpleaños familiares, en las bodas y los aniversarios, en las ceremonias de amigo invisible: observad cómo se saludan unos y otros, medid los besos y los abrazos, espiad a los que suelen sentarse en polos opuestos, a los que simulan ignorarse, a los que se tratan mal premeditadamente. Muchas veces mienten. Casi siempre. Porque de algún modo se quieren. Pero no conviene quererse, o no se atreven, o no pueden, o no están seguros, o no saben, o no les dejan.
Fijaos en ese detalle.
Fijaos en todas las tramas que ocurren debajo de la realidad. Mirad cómo esa chica se deja olvidada la bufanda precisamente en esa cafetería, donde suele atenderle ese camarero. Y fijaos más aún: observaríais que él atendió su mesa aunque precisamente esa mesa no estuvo en su cuadrante en todo el día.
Y mirad qué hermosos son los detalles también en el deporte. Recordad las imágenes de Pepu Hernández mirando al cielo, homenajeando en secreto a su padre secretamente fallecido, justo en el momento en que todo su equipo celebraba el Mundial de basket de Japón. Anotad cómo silenció su dolor personal, discretamente, para no restarle volumen al triunfo de sus pupilos. O recuperad las imágenes de Luis Aragonés corriendo al vestuario, ansiando el segundo plano, justo en el momento en que España lograba la Eurocopa de fútbol. Mirad la postal de Torres, subido al autobús que recorría La Castellana de Madrid, bombeándole sangre a mi corazoncito colchonero, mostrando entre cientos y miles de banderas de La Roja una bandera roja… pero blanca también.
Observad todo detenidamente, id en busca y captura de lo que sucede en realidad, de los detalles que dan el salto imperceptiblemente. No os acostumbréis nunca a las letras de las canciones predeterminadas, pedidles más. Aún queda talento ahí fuera. Recordad para siempre como yo lo hago las lágrimas de Pilar Manjón en su reprimenda a la Comisión de Investigación del Congreso alrededor del 11M. Guardaos los detalles que tienen valor, el grito sordo de Michael Corleone en El Padrino III, el final acolchado de Michael Clayton, la mirada de María San Gil al etarra Txapote, la primera vez que le escuchásteis a alguien decir “ha muerto”. Abrid un álbum de detalles que tenga la paz de los ojos de Jesús Neira, la profunda melancolía del guitarrista, el fraseo honoris causa de un Sinatra crepuscular.
"Encuentra el detalle" decía Julián Ávila. No sé si era esto a lo que se refería cuando me pintarrajeaba el trabajo sobre Yerma.
Por si acaso yo sigo buscando. En la frase de las zapatillas que lleva Rafa Nadal. En las miradas de algunas personas. En el tacto de según quién. En el dulce traqueteo narrativo de Conversación en La Catedral. En la columna de Raúl del Pozo. En este blog.
sábado, 12 de diciembre de 2009
Nombre y apellidos.
Conocí a un Waheb Lekal y a un Lee Dumont.
Anduve por la Calle del Amanecer en Méndez Álvaro.
Anteayer, además, me atendió en el Supersol una chica agradable llamada Lisbet.
Siempre supe del enorme valor que tienen las palabras, los nombres propios e impropios, las sílabas. De hecho, cada día, en el tiempo presente simple del ser y el estar, procuro apreciar gemas detrás de las frases, ases detrás de los tontos teoremas. Busco brillos donde sea, en la moqueta o en la televisión, en el recambio de carteles que entretienen a las marquesinas:
Obama es el bueno y Osama el malo.
Hacienda es por el día ministra menestra. Por la noche la mujer del gerundio del verbo hacer.
Mi abuela se llama Sila, Si-la. Vive en el 2 B al lado de 2 Bcinas que son Lady y Ada y que, por cierto, ABeces se llevan mal y ABeces parecen estar encantadas de ABerse conocido:
- Hola Ada. Hola Lady.
- Qué tal Ada, muy bien Lady. Encantada.
Espero no aburrirles. Voy terminando. El caso es que Sila tiene una nena que es mi tía y a la que su hermano que es mi padre llama Gina.
Ella es melliza y castiza; él es mellizo con rizos.
Y ya: sobre Sila, Ada, Lady y Gina no hay mucho más que contar hoy. Si acaso, apuntar lo que decía un cartel que leí hace tiempo, uno que siempre me hizo mucha gracia: buenas son mis vecinas, pero me faltan tres gallinas.
Por cierto: Gina viene de gallina, no de Hollywood.
Anduve por la Calle del Amanecer en Méndez Álvaro.
Anteayer, además, me atendió en el Supersol una chica agradable llamada Lisbet.
Siempre supe del enorme valor que tienen las palabras, los nombres propios e impropios, las sílabas. De hecho, cada día, en el tiempo presente simple del ser y el estar, procuro apreciar gemas detrás de las frases, ases detrás de los tontos teoremas. Busco brillos donde sea, en la moqueta o en la televisión, en el recambio de carteles que entretienen a las marquesinas:
Obama es el bueno y Osama el malo.
Hacienda es por el día ministra menestra. Por la noche la mujer del gerundio del verbo hacer.
Mi abuela se llama Sila, Si-la. Vive en el 2 B al lado de 2 Bcinas que son Lady y Ada y que, por cierto, ABeces se llevan mal y ABeces parecen estar encantadas de ABerse conocido:
- Hola Ada. Hola Lady.
- Qué tal Ada, muy bien Lady. Encantada.
Espero no aburrirles. Voy terminando. El caso es que Sila tiene una nena que es mi tía y a la que su hermano que es mi padre llama Gina.
Ella es melliza y castiza; él es mellizo con rizos.
Y ya: sobre Sila, Ada, Lady y Gina no hay mucho más que contar hoy. Si acaso, apuntar lo que decía un cartel que leí hace tiempo, uno que siempre me hizo mucha gracia: buenas son mis vecinas, pero me faltan tres gallinas.
Por cierto: Gina viene de gallina, no de Hollywood.
martes, 8 de diciembre de 2009
La vida de un hombre cabe en una caja. Pero, claramente, su ropa no.
Por supuesto que cabe tu vida en una caja. O en una urna, si nos incineran.
Aunque yo hoy no voy por ahí. No toca día existencialista.
De lo que yo quiero hablar hoy es de los cambios de armario, de las limpiezas generales, del análisis y la síntesis y la tesis y la antítesis y la crisis por las que alguna vez en la vida han de pasar nuestros jerseys y vuestras viejas chaquetas de chándal si quieren sobrevivir a los tiempos de reforma. La conclusión siempre es la misma: casi ninguna chaqueta de chándal, casi ningún vaquero de firma y casi ninguna camiseta de casi ningún equipo es, en esencia, imprescindible. Pero sólo CASI ninguna. No en vano, todos tenemos algunas prendas místicas, memorables, legendarias, míticas, mágicas, cósmicas si queréis, que siempre se quedan en el cajón. Dos ejemplos: el pijama que te regaló tu abuela y que ya se dobla solo o la camiseta gelatinosa con la que ganaste el Campeonato de España juvenil hace 231 años.
Es curioso. Todos nosotros, TODOS, somos reemplazables. De hecho, sin complejo alguno, yo diría que yo mismo soy reemplazable al ciento por ciento con la misma fuerza con la que afirmaría sin pestañear, ante un tribunal de armarios, que muchas de mis camisetas no lo son. Tengo una de Harley Davidson hecha con papel de fumar, una de Magic Johnson francamente tiesa y una de la fabulosa hamburguesería Wendy, que en su día convertí en hortera camiseta de tirantes, que son para mí como los tres secretos de la santísima trinidad: Harley, Wendy y espíritu santo.
Estos días, en casa, estoy viviendo en directo y en exclusiva un cambio y a la vez un estrechamiento espacial y progresivo de armarios. Por motivos económicos, para hacer caja vamos, valoramos la opción en mi hogar de alquilarle un cuarto a un nuevo inquilino a partir de los meses de abril o mayo.
El caso es que según nos dijeron en la agencia el mejor colocado parece ser por ahora un varón soltero, que no recuerdo muy bien de dónde era, pero que por lo visto tenía mucho acento. Y pensamos que seremos mejores caseros -y sobre todo que ganaremos más dinero en efectivo si cabe- si desde ya le vamos despoblando un armario y un colchón al visitante, o sea si con tiempo para hacer bien las cosas le vamos preparando un rincón perfecto en el que vivir y sobre todo en el que poder trabajar. Así le mandamos foto de la que será su casa cuanto antes; para que pique y firme contrato por adelantado.
Es por este motivo por el que ando pensando en estos días con cuántas cosas me quedaría, con cuántas cosas podría seguir, y sin qué tres camisetas no. Por eso y no por otra cosa: porque para rehacer la habitación nueva hay que hacer sitio, porque para hacer sitio hay que elegir, y porque para elegir hay que renunciar.
Aunque yo hoy no voy por ahí. No toca día existencialista.
De lo que yo quiero hablar hoy es de los cambios de armario, de las limpiezas generales, del análisis y la síntesis y la tesis y la antítesis y la crisis por las que alguna vez en la vida han de pasar nuestros jerseys y vuestras viejas chaquetas de chándal si quieren sobrevivir a los tiempos de reforma. La conclusión siempre es la misma: casi ninguna chaqueta de chándal, casi ningún vaquero de firma y casi ninguna camiseta de casi ningún equipo es, en esencia, imprescindible. Pero sólo CASI ninguna. No en vano, todos tenemos algunas prendas místicas, memorables, legendarias, míticas, mágicas, cósmicas si queréis, que siempre se quedan en el cajón. Dos ejemplos: el pijama que te regaló tu abuela y que ya se dobla solo o la camiseta gelatinosa con la que ganaste el Campeonato de España juvenil hace 231 años.
Es curioso. Todos nosotros, TODOS, somos reemplazables. De hecho, sin complejo alguno, yo diría que yo mismo soy reemplazable al ciento por ciento con la misma fuerza con la que afirmaría sin pestañear, ante un tribunal de armarios, que muchas de mis camisetas no lo son. Tengo una de Harley Davidson hecha con papel de fumar, una de Magic Johnson francamente tiesa y una de la fabulosa hamburguesería Wendy, que en su día convertí en hortera camiseta de tirantes, que son para mí como los tres secretos de la santísima trinidad: Harley, Wendy y espíritu santo.
Estos días, en casa, estoy viviendo en directo y en exclusiva un cambio y a la vez un estrechamiento espacial y progresivo de armarios. Por motivos económicos, para hacer caja vamos, valoramos la opción en mi hogar de alquilarle un cuarto a un nuevo inquilino a partir de los meses de abril o mayo.
El caso es que según nos dijeron en la agencia el mejor colocado parece ser por ahora un varón soltero, que no recuerdo muy bien de dónde era, pero que por lo visto tenía mucho acento. Y pensamos que seremos mejores caseros -y sobre todo que ganaremos más dinero en efectivo si cabe- si desde ya le vamos despoblando un armario y un colchón al visitante, o sea si con tiempo para hacer bien las cosas le vamos preparando un rincón perfecto en el que vivir y sobre todo en el que poder trabajar. Así le mandamos foto de la que será su casa cuanto antes; para que pique y firme contrato por adelantado.
Es por este motivo por el que ando pensando en estos días con cuántas cosas me quedaría, con cuántas cosas podría seguir, y sin qué tres camisetas no. Por eso y no por otra cosa: porque para rehacer la habitación nueva hay que hacer sitio, porque para hacer sitio hay que elegir, y porque para elegir hay que renunciar.
domingo, 6 de diciembre de 2009
Un paseo.
Tiene mala prensa la “rutina”. Entre todos hemos desprestigiado tanto a esta palabra -compañera habitual además de muchos de nosotros- que para casi todo el mundo se ha convertido en una criatura fea, deforme, ruin. Rutina de trabajo, actividad rutinaria, revisión rutinaria, rutina de vida.
Puede que quien piensa así tenga razón, no digo que no, pero yo creo que probablemente si hay miles de millones de sujetos que tienen en tan poca estima a la “rutina” es sobre todo porque nunca han tenido la ocasión o la ocurrencia de presentarle al término en cuestión un sustantivo acertado, uno que case bien, provechoso. Yo encontré uno, “paseo”, y se lo sumo al “rutinario” cada una de las cinco mañanas de entresemana en las que acudo a trabajar a mi nuevo trabajo. Un trabajo que es el mismo de siempre... pero de otro modo.
Llego, prendo mi ordenador, reviso los papeles, catalogo el día que habré de pasar colocándole un título a una hoja de cuaderno virgen, y entonces parto de viaje. Me levanto y salgo. Inauguro mi paseo rutinario. Sólo vienen conmigo tres cosas: una inofensiva botella vacía que rellenaré de agua fresca en una de mis escalas, el mapa del trayecto programado en mi cabeza, y el espacio libre en el cerebro que habrán de ocupar las ideas que aún no tengo pero que espero poco a poco irán despertando, conforme vaya caminando, desperezándome, convenciéndome al fin de lo que debo hacer hoy.
Es tremendamente placentero mi paseo, ahora os cuento por qué. Es cada día, además, tan bueno como lo recordaba cuando sucedía en los viejos tiempos, hace ahora diez o nuevo o siete años, justo cuando dedicaba en cada mañana laboral un microespacio de diez o veinte minutos a pasear por todo el edificio, dando los buenos días, repartiendo resúmenes de prensa, saludando a las secretarias de los grandes jefes, intercambiando muecas con los chóferes del presidente y del consejero delegado, sabiéndome amigo de los capos de seguridad, presumiendo de contactos, consciente de que mi labor era –igual que hoy- muy pequeña pero muy útil, muy rutinaria como mi paseo, pero ciertamente reconfortante.
De modo que como en los dorados tiempos antiguos me levanto, agarro mi pequeña botella por el cuello, y salgo de viaje. Lo primero que veo es una gran compuerta de cristal translúcido, funcional y más bien moderna, que separa el cubículo donde producimos los periodistas y el mundo exterior. Al empujarla, o al abrirla hacia dentro que de las dos formas se puede, puede verse una figura de cartón en tamaño real de Don Draper, el tipo duro y guapo –pero francamente chaparro- de Mad Men, no sé si conocéis la serie. A la derecha, según doy la curva para ganar el pasillo central de mi edificio, un cartelón que destaca de entre todos los demás con el Enrique VIII y la Ana Bolena de ficción de Los Tudor, una serie culebrón americana para la que nunca tuve tiempo.
Bueno, ya estamos fuera. Ya se ven los dos ascensores, los dos únicos del edificio con espejo interior, que a cada rato despegan rumbo a la planta dos, la planta donde está la zona noble, la alta directiva. Entro yo -que estoy en la planta cero- cuando confirmo que nadie me sigue, es decir cuando me aseguro de que no compartiré ascensor con nadie, y pulso el dos, aguardo que se cierren las compuertas, y entonces verifico en el espejo las horas que me faltaron hoy por dormir, si mis ojos son hoy brillo o mate. Todo eso en dos o tres segundos: con ese tiempo sobra. Ya. Llegamos. Tenemos por delante un apacible paseo –aún sin carga en las manos- que sobre la moqueta suena acolchado: lo que veo durante esta porción de mi aventura matutina me gusta: tres sillones de terciopelo color pera, gente adormilada llegando, algunos “buenos días”, trasiego silencioso, trajín con olor cafeinado.
Primera estación: los titulares del día.
Me encuentro con mi tutor, el responsable de los titulares del día, el sheriff minucioso que es guardián del archivo de la información, el hombre que se desayuna con la tinta de los periódicos y los confidenciales de Internet. Su nombre no es importante; su talento y su rutina de trabajo sí. Converso con él brevemente, intercambiamos impresiones, portadas de prensa, bromas. Le tomo prestado cinco o seis periódicos, dos o tres de información general y dos o tres deportivos. Le molesto mientras él redacta los últimos titulares de la portada del día en el resumen de prensa. Me agrada y me sirve muchísimo poder despachar con él.
- Buenos días.
- Buenos días, cachorro.
- ¿Algo serio en la prensa?
- No por cierto. Si acaso las declaraciones de Roures anoche en Com Radio.
- Patrañas.
- Eso decía yo.
- Me llevo prestados cinco o seis periódicos.
- Por favor.
Sigo mi marcha por la segunda planta. Convendría decir eso sí –no recuerdo si lo precisé antes- que el lugar donde trabajo se divide en plantas (cuatro: la menos uno, la cero, la uno y la dos) y en colores (de un extremo a otro: gris, rojo, amarillo y azul), y que mi viaje ahora parte desde la zona planta dos color rojo hasta la zona planta dos color azul. Allí justo freno, giro y bajo por unas escaleras que esconden una hermosa visibilidad: desde ellas, mientras bajas a primera hora del día, puede divisarse con toda claridad la llegada masiva de los empleados en la entrada principal, su pelea diaria con los tornos de acceso, sus gestos de abrigo, los bostezos.
Ya estoy en uno azul, un lugar que da libre acceso a una de las salas destinadas al recreo en este edificio inteligente donde me paso el día trabajando. Vengo hasta aquí porque probadamente la fuente de la sala de recreo de la planta uno color azul es la única que conecta directamente con la sierra, con el agua fresca del edén, con el maná reparador que necesito. En conclusión: relleno aquí mi botella porque es precisamente aquí, en esta fuente uno azul, desde donde brota inopinadamente el agua más fresca del edificio. Antes me coloco los seis periódicos que llevo entre las piernas, para no mojarlos, para no mancharme los dedos de tinta prematuramente. Listo. Ya llevo conmigo el refrigerio y la canalla: ahora sólo y no tan sólo me queda lo mejor del paseo, la parte más jugosa de mi rutina. Bendita sea.
La línea recta, los paisajes.
Debo partir desde la uno azul hasta la uno gris. Y esto es decir mucho: como cien metros repletos de paisajes me esperan. Uno azul, uno rojo, uno amarillo y finalmente uno gris. O lo que es lo mismo, un confortable paseo -con la prensa bajo el brazo derecho y mi fresca botella de agua bien sujeta por mi mano izquierda- en el que entran y salen de mi cabeza unas cuantas ideas, planes de futuro, asuntos que no debería olvidar, llamadas que he de hacer, textos pendientes, consultas de médico, transferencias bancarias, calendarios deportivos, visitas obligadas, futuras vacaciones, sueños irrealizables, viajes soñados, tramas para una novela, adjetivos, juegos de palabras, estribillos de canción, miradas de personas, detalles que pasaron desapercibidos.
Todo eso pasa en el plano de lo que no se ve.
Porque en la atmósfera visible y respirable de lo que me rodea de verdad el recorrido es aún mejor, todo un espectáculo. Dejo a la derecha la redacción de informativos, que huele a cómic. Después, a mi izquierda, en estricto orden cronológico, un inmenso ventanal rectangular repleto de cables y conexiones futuristas que pareciera copiado de la nave espacial de Alien. Un par de suspiros después aparece en el costado izquierdo un segundo ventanal gigante y apaisado que refleja estilizada tu propia imagen, que te da como por arte de magia una fotografía de quién eres hoy pero de un modo distinto, irreal. Finalmente, también a la izquierda, un tercer rectángulo gigante de cristales transparentes que deja a la vista una selecta colección de árboles, una postal del mundo real, probablemente el único resquicio en mi edificio ceniciento desde donde puede verse qué pasa ahí fuera, en qué estación estamos, de qué color son las hojas de los árboles ahora que estamos en el mes tal, o ahora que está cambiando el tiempo, o esta tarde que alguien dijo que está siendo un año muy caluroso.
Ya estoy: uno gris. Sólo me queda bajar por unas escaleras que parten el trayecto en dos tramos y en donde, a su vez, cada tramo se encuentra dividido por un curioso ventanal interior que vuelve a conectar la mirada del paseante con el gran pasillo central. De nuevo el gran pasillo central.
Cero gris. Los Tudor, cartelones sobre la pared, Don Draper, compuertas de cristal hacia dentro o hacia fuera, de regreso al lugar de trabajo.
- Dejo aquí El País, El Mundo y los deportivos, por si queréis verlos.
- Gracias.
- De nada.
Puede que quien piensa así tenga razón, no digo que no, pero yo creo que probablemente si hay miles de millones de sujetos que tienen en tan poca estima a la “rutina” es sobre todo porque nunca han tenido la ocasión o la ocurrencia de presentarle al término en cuestión un sustantivo acertado, uno que case bien, provechoso. Yo encontré uno, “paseo”, y se lo sumo al “rutinario” cada una de las cinco mañanas de entresemana en las que acudo a trabajar a mi nuevo trabajo. Un trabajo que es el mismo de siempre... pero de otro modo.
Llego, prendo mi ordenador, reviso los papeles, catalogo el día que habré de pasar colocándole un título a una hoja de cuaderno virgen, y entonces parto de viaje. Me levanto y salgo. Inauguro mi paseo rutinario. Sólo vienen conmigo tres cosas: una inofensiva botella vacía que rellenaré de agua fresca en una de mis escalas, el mapa del trayecto programado en mi cabeza, y el espacio libre en el cerebro que habrán de ocupar las ideas que aún no tengo pero que espero poco a poco irán despertando, conforme vaya caminando, desperezándome, convenciéndome al fin de lo que debo hacer hoy.
Es tremendamente placentero mi paseo, ahora os cuento por qué. Es cada día, además, tan bueno como lo recordaba cuando sucedía en los viejos tiempos, hace ahora diez o nuevo o siete años, justo cuando dedicaba en cada mañana laboral un microespacio de diez o veinte minutos a pasear por todo el edificio, dando los buenos días, repartiendo resúmenes de prensa, saludando a las secretarias de los grandes jefes, intercambiando muecas con los chóferes del presidente y del consejero delegado, sabiéndome amigo de los capos de seguridad, presumiendo de contactos, consciente de que mi labor era –igual que hoy- muy pequeña pero muy útil, muy rutinaria como mi paseo, pero ciertamente reconfortante.
De modo que como en los dorados tiempos antiguos me levanto, agarro mi pequeña botella por el cuello, y salgo de viaje. Lo primero que veo es una gran compuerta de cristal translúcido, funcional y más bien moderna, que separa el cubículo donde producimos los periodistas y el mundo exterior. Al empujarla, o al abrirla hacia dentro que de las dos formas se puede, puede verse una figura de cartón en tamaño real de Don Draper, el tipo duro y guapo –pero francamente chaparro- de Mad Men, no sé si conocéis la serie. A la derecha, según doy la curva para ganar el pasillo central de mi edificio, un cartelón que destaca de entre todos los demás con el Enrique VIII y la Ana Bolena de ficción de Los Tudor, una serie culebrón americana para la que nunca tuve tiempo.
Bueno, ya estamos fuera. Ya se ven los dos ascensores, los dos únicos del edificio con espejo interior, que a cada rato despegan rumbo a la planta dos, la planta donde está la zona noble, la alta directiva. Entro yo -que estoy en la planta cero- cuando confirmo que nadie me sigue, es decir cuando me aseguro de que no compartiré ascensor con nadie, y pulso el dos, aguardo que se cierren las compuertas, y entonces verifico en el espejo las horas que me faltaron hoy por dormir, si mis ojos son hoy brillo o mate. Todo eso en dos o tres segundos: con ese tiempo sobra. Ya. Llegamos. Tenemos por delante un apacible paseo –aún sin carga en las manos- que sobre la moqueta suena acolchado: lo que veo durante esta porción de mi aventura matutina me gusta: tres sillones de terciopelo color pera, gente adormilada llegando, algunos “buenos días”, trasiego silencioso, trajín con olor cafeinado.
Primera estación: los titulares del día.
Me encuentro con mi tutor, el responsable de los titulares del día, el sheriff minucioso que es guardián del archivo de la información, el hombre que se desayuna con la tinta de los periódicos y los confidenciales de Internet. Su nombre no es importante; su talento y su rutina de trabajo sí. Converso con él brevemente, intercambiamos impresiones, portadas de prensa, bromas. Le tomo prestado cinco o seis periódicos, dos o tres de información general y dos o tres deportivos. Le molesto mientras él redacta los últimos titulares de la portada del día en el resumen de prensa. Me agrada y me sirve muchísimo poder despachar con él.
- Buenos días.
- Buenos días, cachorro.
- ¿Algo serio en la prensa?
- No por cierto. Si acaso las declaraciones de Roures anoche en Com Radio.
- Patrañas.
- Eso decía yo.
- Me llevo prestados cinco o seis periódicos.
- Por favor.
Sigo mi marcha por la segunda planta. Convendría decir eso sí –no recuerdo si lo precisé antes- que el lugar donde trabajo se divide en plantas (cuatro: la menos uno, la cero, la uno y la dos) y en colores (de un extremo a otro: gris, rojo, amarillo y azul), y que mi viaje ahora parte desde la zona planta dos color rojo hasta la zona planta dos color azul. Allí justo freno, giro y bajo por unas escaleras que esconden una hermosa visibilidad: desde ellas, mientras bajas a primera hora del día, puede divisarse con toda claridad la llegada masiva de los empleados en la entrada principal, su pelea diaria con los tornos de acceso, sus gestos de abrigo, los bostezos.
Ya estoy en uno azul, un lugar que da libre acceso a una de las salas destinadas al recreo en este edificio inteligente donde me paso el día trabajando. Vengo hasta aquí porque probadamente la fuente de la sala de recreo de la planta uno color azul es la única que conecta directamente con la sierra, con el agua fresca del edén, con el maná reparador que necesito. En conclusión: relleno aquí mi botella porque es precisamente aquí, en esta fuente uno azul, desde donde brota inopinadamente el agua más fresca del edificio. Antes me coloco los seis periódicos que llevo entre las piernas, para no mojarlos, para no mancharme los dedos de tinta prematuramente. Listo. Ya llevo conmigo el refrigerio y la canalla: ahora sólo y no tan sólo me queda lo mejor del paseo, la parte más jugosa de mi rutina. Bendita sea.
La línea recta, los paisajes.
Debo partir desde la uno azul hasta la uno gris. Y esto es decir mucho: como cien metros repletos de paisajes me esperan. Uno azul, uno rojo, uno amarillo y finalmente uno gris. O lo que es lo mismo, un confortable paseo -con la prensa bajo el brazo derecho y mi fresca botella de agua bien sujeta por mi mano izquierda- en el que entran y salen de mi cabeza unas cuantas ideas, planes de futuro, asuntos que no debería olvidar, llamadas que he de hacer, textos pendientes, consultas de médico, transferencias bancarias, calendarios deportivos, visitas obligadas, futuras vacaciones, sueños irrealizables, viajes soñados, tramas para una novela, adjetivos, juegos de palabras, estribillos de canción, miradas de personas, detalles que pasaron desapercibidos.
Todo eso pasa en el plano de lo que no se ve.
Porque en la atmósfera visible y respirable de lo que me rodea de verdad el recorrido es aún mejor, todo un espectáculo. Dejo a la derecha la redacción de informativos, que huele a cómic. Después, a mi izquierda, en estricto orden cronológico, un inmenso ventanal rectangular repleto de cables y conexiones futuristas que pareciera copiado de la nave espacial de Alien. Un par de suspiros después aparece en el costado izquierdo un segundo ventanal gigante y apaisado que refleja estilizada tu propia imagen, que te da como por arte de magia una fotografía de quién eres hoy pero de un modo distinto, irreal. Finalmente, también a la izquierda, un tercer rectángulo gigante de cristales transparentes que deja a la vista una selecta colección de árboles, una postal del mundo real, probablemente el único resquicio en mi edificio ceniciento desde donde puede verse qué pasa ahí fuera, en qué estación estamos, de qué color son las hojas de los árboles ahora que estamos en el mes tal, o ahora que está cambiando el tiempo, o esta tarde que alguien dijo que está siendo un año muy caluroso.
Ya estoy: uno gris. Sólo me queda bajar por unas escaleras que parten el trayecto en dos tramos y en donde, a su vez, cada tramo se encuentra dividido por un curioso ventanal interior que vuelve a conectar la mirada del paseante con el gran pasillo central. De nuevo el gran pasillo central.
Cero gris. Los Tudor, cartelones sobre la pared, Don Draper, compuertas de cristal hacia dentro o hacia fuera, de regreso al lugar de trabajo.
- Dejo aquí El País, El Mundo y los deportivos, por si queréis verlos.
- Gracias.
- De nada.
miércoles, 2 de diciembre de 2009
Mito. Leyenda. Verdadero.
De verdad que trato de entenderlos. Pienso “si son mayoría, por algo será”, “no puede haber tanta gente equivocada”, “deben de ser ellos la norma general y tú -es decir yo- la excepción, convéncete”. Les miro y escucho sus explicaciones, sigo su razonamiento, pero nada. No pueden convencerme. Y chocamos. Chocamos, claro. ¿Por qué? Sencillo: porque yo soy terroríficamente mitómano, exponencialmente mitómano y fantasioso además, y lo cierto es que una inmensa mayoría del entorno que me rodea no, nunca, en ningún caso. Así de simple.
Éste es un tema que me preocupa un poco la verdad: lo coloco en mi bloc porque, de algún modo, cada vez me encuentro un poco más solo en todo esto. De hecho me da la sensación de que todo mi círculo va madurando (todos salvo aquéllos que fueron siempre maduros) y que mientras eso sucede yo voy como hacia atrás, viviendo o soñando más mitos y leyendas, idealizando personas, personajes y situaciones, vidas enteras, memorias biográficas de gentes con nombres y apellidos a las que admiro ciertamente, bastante o mucho según qué caso.
El planeta de seres que vive alrededor de éste que escribe, salvo contadas excepciones claro, ejerce una vida seria, lógica, científica, correcta, en la que a grandes rasgos nadie es más que nadie. En ese escenario tan real, por ejemplo, los cantantes son como tú sujetos con nombres y apellidos, gente terrenal como usted y como yo, personas que bien pudieran ser tus amigos, tus compañeros de viaje o tus vecinos. Aunque nunca creas haber compartido barrio con Aerosmith. En ese país que habita esta gente de la que te digo que me rodea pero yo no, los periodistas admirables son sólo periodistas famosos, los locutores tienen un trabajo más bien normal, los actores son más o menos igual que los fontaneros, las situaciones son todas explicables, hasta cierto punto lógicas, empíricamente demostrables vamos. Y allí, en ese mundo, no se le pide un autógrafo a nadie: al fin y al cabo el admirado es a los ojos de estos seres humanos más o menos como cualquier otro, o sea humano también, aunque un poco mas popular si acaso.
Y esto no puede ser así. No es así, de hecho. YO LO PROCLAMO. La rutina tiene escondites y edenes propuestos por la pura fantasía. La trama novelesca en la que nos han colocado a todos está llena de grandes personajes, de gente a la que conocer y admirar, a la que imaginar y, si se dan las circunstancias, también idealizar. Los mitos existen. Muchos de ellos merecen su estatus. Está bien gritar al verlos, o desmayarse, o flipar cuando piensas que tal vez coincidas con Juanes si es que admiras a Juanes, cruzando la calle o comprando una de esas bolsas con minipizzas de algodón de nubes que venden en las farmacias veinticuatro horas.
Cuando paseaba por Nueva York, de joven, pensaba “no sé que me pasaría si, al entrar ahora mismo en el vestíbulo del Waldorf Astoria, me encontrara al gran Al Pacino sentado, esperando a alguien, leyendo la revista Time en alguno de los butacones del salón principal”. Muchos me dirían que no pasaría o que no me pasaría nada, ya que de lo que en el fondo estaríamos hablando sería de una burda situación en la que se emparejarían en un hotel un joven español y un americano bastante oliart. Pero yo no lo creo: el joven español soy yo, YO, y el actor sería y es Michael Corleone, o el sobreactuado teniente coronel Jack Slate de Esencia de Mujer, o el poli corrosivo y frágil de Melodía de seducción, o el maravilloso narco puertorriqueño reincidente de Carlito´s Way.
El otro día hice pis al lado de Manolo Oliveros, el que a mi juicio es el mejor narrador futbolero de la radio patria. Coincidí con él en una comida de trabajo y, dentro de la citada comida de trabajo, coincidí también en el váter con él. Estuve muy cerca de estrecharle la mano mientras él se refrescaba en el servicio, franca y peligrosamente cerca de decirle muy en serio “es usted un monstruo”, “tiene don y estilo propio”, “me hace usted sentir muy bien”, “me divierte”, “me contagia adrenalina a través de mi pequeño transistor”, “¿le importaría gritarme `gol de Messi´o su mítico `qué bueno´?
Se hubiera asustado, imagino.
Ese mismo día pero por la tarde, o sea después del almuerzo en el que hice pis con uno de mis últimos fichajes en el álbum de cromos Mitos 2009-10, me monté en un coche de fantasía, un auto mullido de cuento de hadas, o sea del país de las maravillas, que les juro a ustedes por lo más sagrado -y también a vosotros- que olía muy agradable y muy fuertemente –sin motivo racional aparente- a pan de leche recién hecho. Sí sí, ya sé: mis amigos racionalistas dirán que había algo en el maletero, un pedazo de pan, un resto minúsculo de bollo dulzón que paró por allí después de ir rebotando mágicamente, sin querer, quién sabe si en el bolsillo de alguien, desde alguna bollería del barrio. Y yo estoy seguro de que no: yo sé que durante un buen rato fui montado en un coche de cuento, en un coche brioche, en un medio de transporte irreal y esponjoso, de fábula, de mentira verdad.
Y hay más. Tengo muchos más argumentos de peso. Por ejemplo éste, un pensamiento que me sorprendió mientras cenaba por televisión la previsible y desmedida cinta Ángeles y demonios protagonizada por el pelo raro de Tom Hanks. En la peli, que como ya se sabe teje historietas y asuntillos en torno a la vida papal del Vaticano en general y en concreto a la elección del cónclave del que tenía que salir en la cinta el nuevo Santo Padre, ocurre una cosa que da vértigo. No es el papel de Ewan McGregor, ciertamente rocambolesco. Qué va. Es más bien un plano que se inventa la película en el que, justo detrás del Papa de ficción, se recoge la salida de éste rumbo al balconazo papal que va a dar a la Plaza de San Pedro, donde al abrirse los enormes ventanales sagrados una multitudaza aclama ensoredecedoramente al Papa de Hollywood que os digo.
Ya sé que no es muy original, pero me impresionó la gente, el ruido de la devoción, el fenómeno fan cristiano, la muchedumbraca creada probablemente por ordenador, el clamoroso bramido de la masa ovacionando a su nuevo líder espiritual, a su nuevo y recién proclamado ídolo.
Me gustó esto. Me gustó tanto que pensé ¿Cómo no van a ser mitos o leyendas o quizá ídolos los papas o los cantantes, los grandes políticos de la historia, los reyes del fútbol mundial y los presentadores de los Oscar? ¿Cómo, si han tenido frente a sí este poder, si se han mirado ante una multitud entregada, si han escuchado en boca del mundo su canción fetiche, si han sido vitoreados y ensalzados a voz en grito hasta la naúsea? ¿Cómo van a ser igual que nosotros si a ellos se les ha rendido una plaza de toros y han creído volar, si les han parado por la calle y les han dicho "me haces feliz", "tu libro me ha cambiado la vida" o "gracias a ti superé mis problemas"?. ¿Cómo va a ser todo tan previsible, tan científico y rancio, tan tan explicable como ellos creen? ¿Cómo que Sinatra fue uno más de su generación? ¿Cómo que nadie merece que nos desmayemos por él o por ella? ¿Cómo que no te puede cambiar la vida si te roza una tarde Clint Eastwood, si te mira la doctora Cameron, si te recibe en su despacho el representante del agente del manager de Obama? ¿Y se te invita a un té la mujer de Vicente Ferrer, qué, es normal?
Yo he recorrido en éxtasis por las calles sobre las que anduvo Saramago cuando compuso “El año de la muerte de Ricardo Reis”, he conversado seis segundos con Joaquín Sabina, he llorado de alegría viéndole a Caminero ahí mismo, pero justo ahí en la banda, sortear y sortear rivales, dar pases en profundidad impronunciables. He conocido y he olido a gente extraordinaria, popular muy o nada. He descubierto que vivo entre mitos, que en las salas de espera de las consultas de los médicos puede estar Pastora Vega esperándote, o Bono de U2, o Pepe Bono, o alguna de las hijitas de Maradona.
Con Maradona termino, por cierto. Con un recuerdo alrededor de Diego. Fue el día en que precisamente el Pelusa visitó la televisión en la que llevo tiempo trabajando. Hablo de 2006, justo unos días antes de que diera comienzo la Copa del Mundo de fútbol Alemania. Esa tarde no llegué a verlo: me dio vergüenza abandonar mi puesto de trabajo, declararme fan incondicional delante de todos, salir como todos los demás para apostarme detrás de una puerta o en la entrada del plató. No quería salir como el resto para tratar de verle, para mirar de cerca cómo era el genio. Me avergoncé por esa tonta vergüenza que tenemos a veces y me quedé quieto. Sin más.
Por suerte no me hizo falta moverme para comprender. Aún recuerdo el murmullo mágico que se extendió como una plaga poderosa durante unos minutos: era como si el mismo edificio donde trabajaba, un gigante bloque de acero ceniciento, estuviera nervioso ante el Pibe de Oro, un pequeño jugador de fútbol de un metro sesenta y dos centímetros.
Había entrado un mito, el Diez, en la televisión de los mortales.
Éste es un tema que me preocupa un poco la verdad: lo coloco en mi bloc porque, de algún modo, cada vez me encuentro un poco más solo en todo esto. De hecho me da la sensación de que todo mi círculo va madurando (todos salvo aquéllos que fueron siempre maduros) y que mientras eso sucede yo voy como hacia atrás, viviendo o soñando más mitos y leyendas, idealizando personas, personajes y situaciones, vidas enteras, memorias biográficas de gentes con nombres y apellidos a las que admiro ciertamente, bastante o mucho según qué caso.
El planeta de seres que vive alrededor de éste que escribe, salvo contadas excepciones claro, ejerce una vida seria, lógica, científica, correcta, en la que a grandes rasgos nadie es más que nadie. En ese escenario tan real, por ejemplo, los cantantes son como tú sujetos con nombres y apellidos, gente terrenal como usted y como yo, personas que bien pudieran ser tus amigos, tus compañeros de viaje o tus vecinos. Aunque nunca creas haber compartido barrio con Aerosmith. En ese país que habita esta gente de la que te digo que me rodea pero yo no, los periodistas admirables son sólo periodistas famosos, los locutores tienen un trabajo más bien normal, los actores son más o menos igual que los fontaneros, las situaciones son todas explicables, hasta cierto punto lógicas, empíricamente demostrables vamos. Y allí, en ese mundo, no se le pide un autógrafo a nadie: al fin y al cabo el admirado es a los ojos de estos seres humanos más o menos como cualquier otro, o sea humano también, aunque un poco mas popular si acaso.
Y esto no puede ser así. No es así, de hecho. YO LO PROCLAMO. La rutina tiene escondites y edenes propuestos por la pura fantasía. La trama novelesca en la que nos han colocado a todos está llena de grandes personajes, de gente a la que conocer y admirar, a la que imaginar y, si se dan las circunstancias, también idealizar. Los mitos existen. Muchos de ellos merecen su estatus. Está bien gritar al verlos, o desmayarse, o flipar cuando piensas que tal vez coincidas con Juanes si es que admiras a Juanes, cruzando la calle o comprando una de esas bolsas con minipizzas de algodón de nubes que venden en las farmacias veinticuatro horas.
Cuando paseaba por Nueva York, de joven, pensaba “no sé que me pasaría si, al entrar ahora mismo en el vestíbulo del Waldorf Astoria, me encontrara al gran Al Pacino sentado, esperando a alguien, leyendo la revista Time en alguno de los butacones del salón principal”. Muchos me dirían que no pasaría o que no me pasaría nada, ya que de lo que en el fondo estaríamos hablando sería de una burda situación en la que se emparejarían en un hotel un joven español y un americano bastante oliart. Pero yo no lo creo: el joven español soy yo, YO, y el actor sería y es Michael Corleone, o el sobreactuado teniente coronel Jack Slate de Esencia de Mujer, o el poli corrosivo y frágil de Melodía de seducción, o el maravilloso narco puertorriqueño reincidente de Carlito´s Way.
El otro día hice pis al lado de Manolo Oliveros, el que a mi juicio es el mejor narrador futbolero de la radio patria. Coincidí con él en una comida de trabajo y, dentro de la citada comida de trabajo, coincidí también en el váter con él. Estuve muy cerca de estrecharle la mano mientras él se refrescaba en el servicio, franca y peligrosamente cerca de decirle muy en serio “es usted un monstruo”, “tiene don y estilo propio”, “me hace usted sentir muy bien”, “me divierte”, “me contagia adrenalina a través de mi pequeño transistor”, “¿le importaría gritarme `gol de Messi´o su mítico `qué bueno´?
Se hubiera asustado, imagino.
Ese mismo día pero por la tarde, o sea después del almuerzo en el que hice pis con uno de mis últimos fichajes en el álbum de cromos Mitos 2009-10, me monté en un coche de fantasía, un auto mullido de cuento de hadas, o sea del país de las maravillas, que les juro a ustedes por lo más sagrado -y también a vosotros- que olía muy agradable y muy fuertemente –sin motivo racional aparente- a pan de leche recién hecho. Sí sí, ya sé: mis amigos racionalistas dirán que había algo en el maletero, un pedazo de pan, un resto minúsculo de bollo dulzón que paró por allí después de ir rebotando mágicamente, sin querer, quién sabe si en el bolsillo de alguien, desde alguna bollería del barrio. Y yo estoy seguro de que no: yo sé que durante un buen rato fui montado en un coche de cuento, en un coche brioche, en un medio de transporte irreal y esponjoso, de fábula, de mentira verdad.
Y hay más. Tengo muchos más argumentos de peso. Por ejemplo éste, un pensamiento que me sorprendió mientras cenaba por televisión la previsible y desmedida cinta Ángeles y demonios protagonizada por el pelo raro de Tom Hanks. En la peli, que como ya se sabe teje historietas y asuntillos en torno a la vida papal del Vaticano en general y en concreto a la elección del cónclave del que tenía que salir en la cinta el nuevo Santo Padre, ocurre una cosa que da vértigo. No es el papel de Ewan McGregor, ciertamente rocambolesco. Qué va. Es más bien un plano que se inventa la película en el que, justo detrás del Papa de ficción, se recoge la salida de éste rumbo al balconazo papal que va a dar a la Plaza de San Pedro, donde al abrirse los enormes ventanales sagrados una multitudaza aclama ensoredecedoramente al Papa de Hollywood que os digo.
Ya sé que no es muy original, pero me impresionó la gente, el ruido de la devoción, el fenómeno fan cristiano, la muchedumbraca creada probablemente por ordenador, el clamoroso bramido de la masa ovacionando a su nuevo líder espiritual, a su nuevo y recién proclamado ídolo.
Me gustó esto. Me gustó tanto que pensé ¿Cómo no van a ser mitos o leyendas o quizá ídolos los papas o los cantantes, los grandes políticos de la historia, los reyes del fútbol mundial y los presentadores de los Oscar? ¿Cómo, si han tenido frente a sí este poder, si se han mirado ante una multitud entregada, si han escuchado en boca del mundo su canción fetiche, si han sido vitoreados y ensalzados a voz en grito hasta la naúsea? ¿Cómo van a ser igual que nosotros si a ellos se les ha rendido una plaza de toros y han creído volar, si les han parado por la calle y les han dicho "me haces feliz", "tu libro me ha cambiado la vida" o "gracias a ti superé mis problemas"?. ¿Cómo va a ser todo tan previsible, tan científico y rancio, tan tan explicable como ellos creen? ¿Cómo que Sinatra fue uno más de su generación? ¿Cómo que nadie merece que nos desmayemos por él o por ella? ¿Cómo que no te puede cambiar la vida si te roza una tarde Clint Eastwood, si te mira la doctora Cameron, si te recibe en su despacho el representante del agente del manager de Obama? ¿Y se te invita a un té la mujer de Vicente Ferrer, qué, es normal?
Yo he recorrido en éxtasis por las calles sobre las que anduvo Saramago cuando compuso “El año de la muerte de Ricardo Reis”, he conversado seis segundos con Joaquín Sabina, he llorado de alegría viéndole a Caminero ahí mismo, pero justo ahí en la banda, sortear y sortear rivales, dar pases en profundidad impronunciables. He conocido y he olido a gente extraordinaria, popular muy o nada. He descubierto que vivo entre mitos, que en las salas de espera de las consultas de los médicos puede estar Pastora Vega esperándote, o Bono de U2, o Pepe Bono, o alguna de las hijitas de Maradona.
Con Maradona termino, por cierto. Con un recuerdo alrededor de Diego. Fue el día en que precisamente el Pelusa visitó la televisión en la que llevo tiempo trabajando. Hablo de 2006, justo unos días antes de que diera comienzo la Copa del Mundo de fútbol Alemania. Esa tarde no llegué a verlo: me dio vergüenza abandonar mi puesto de trabajo, declararme fan incondicional delante de todos, salir como todos los demás para apostarme detrás de una puerta o en la entrada del plató. No quería salir como el resto para tratar de verle, para mirar de cerca cómo era el genio. Me avergoncé por esa tonta vergüenza que tenemos a veces y me quedé quieto. Sin más.
Por suerte no me hizo falta moverme para comprender. Aún recuerdo el murmullo mágico que se extendió como una plaga poderosa durante unos minutos: era como si el mismo edificio donde trabajaba, un gigante bloque de acero ceniciento, estuviera nervioso ante el Pibe de Oro, un pequeño jugador de fútbol de un metro sesenta y dos centímetros.
Había entrado un mito, el Diez, en la televisión de los mortales.
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