martes, 8 de diciembre de 2009

La vida de un hombre cabe en una caja. Pero, claramente, su ropa no.

Por supuesto que cabe tu vida en una caja. O en una urna, si nos incineran.
Aunque yo hoy no voy por ahí. No toca día existencialista.

De lo que yo quiero hablar hoy es de los cambios de armario, de las limpiezas generales, del análisis y la síntesis y la tesis y la antítesis y la crisis por las que alguna vez en la vida han de pasar nuestros jerseys y vuestras viejas chaquetas de chándal si quieren sobrevivir a los tiempos de reforma. La conclusión siempre es la misma: casi ninguna chaqueta de chándal, casi ningún vaquero de firma y casi ninguna camiseta de casi ningún equipo es, en esencia, imprescindible. Pero sólo CASI ninguna. No en vano, todos tenemos algunas prendas místicas, memorables, legendarias, míticas, mágicas, cósmicas si queréis, que siempre se quedan en el cajón. Dos ejemplos: el pijama que te regaló tu abuela y que ya se dobla solo o la camiseta gelatinosa con la que ganaste el Campeonato de España juvenil hace 231 años.

Es curioso. Todos nosotros, TODOS, somos reemplazables. De hecho, sin complejo alguno, yo diría que yo mismo soy reemplazable al ciento por ciento con la misma fuerza con la que afirmaría sin pestañear, ante un tribunal de armarios, que muchas de mis camisetas no lo son. Tengo una de Harley Davidson hecha con papel de fumar, una de Magic Johnson francamente tiesa y una de la fabulosa hamburguesería Wendy, que en su día convertí en hortera camiseta de tirantes, que son para mí como los tres secretos de la santísima trinidad: Harley, Wendy y espíritu santo.

Estos días, en casa, estoy viviendo en directo y en exclusiva un cambio y a la vez un estrechamiento espacial y progresivo de armarios. Por motivos económicos, para hacer caja vamos, valoramos la opción en mi hogar de alquilarle un cuarto a un nuevo inquilino a partir de los meses de abril o mayo.

El caso es que según nos dijeron en la agencia el mejor colocado parece ser por ahora un varón soltero, que no recuerdo muy bien de dónde era, pero que por lo visto tenía mucho acento. Y pensamos que seremos mejores caseros -y sobre todo que ganaremos más dinero en efectivo si cabe- si desde ya le vamos despoblando un armario y un colchón al visitante, o sea si con tiempo para hacer bien las cosas le vamos preparando un rincón perfecto en el que vivir y sobre todo en el que poder trabajar. Así le mandamos foto de la que será su casa cuanto antes; para que pique y firme contrato por adelantado.

Es por este motivo por el que ando pensando en estos días con cuántas cosas me quedaría, con cuántas cosas podría seguir, y sin qué tres camisetas no. Por eso y no por otra cosa: porque para rehacer la habitación nueva hay que hacer sitio, porque para hacer sitio hay que elegir, y porque para elegir hay que renunciar.

2 comentarios:

  1. te entiendo profundamente, primo Nacho.
    Mis cajas han cabido en tantas vidas que no sé cuántas cajas tengo (o era al revés?).

    Un regalo a la vista su rutina.
    quita frío aquí por el norte.
    un abrazo.

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  2. Camiseta de tirantes, Nacho???

    Próximamente en mi blog haré una reflexión sobre por qué la gente coloca la ropa de invierno en cajas y saca la de verano (o viceversa, es decir, al revés, no el grupo musical...no, eso nunca) cuando a mi me cabe todo en el mismo armario tooodo el año??

    En cuanto a tus camisetas, si no te acordabas de ella, tírala! (eso dice mi madre)

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