miércoles, 2 de diciembre de 2009

Mito. Leyenda. Verdadero.

De verdad que trato de entenderlos. Pienso “si son mayoría, por algo será”, “no puede haber tanta gente equivocada”, “deben de ser ellos la norma general y tú -es decir yo- la excepción, convéncete”. Les miro y escucho sus explicaciones, sigo su razonamiento, pero nada. No pueden convencerme. Y chocamos. Chocamos, claro. ¿Por qué? Sencillo: porque yo soy terroríficamente mitómano, exponencialmente mitómano y fantasioso además, y lo cierto es que una inmensa mayoría del entorno que me rodea no, nunca, en ningún caso. Así de simple.

Éste es un tema que me preocupa un poco la verdad: lo coloco en mi bloc porque, de algún modo, cada vez me encuentro un poco más solo en todo esto. De hecho me da la sensación de que todo mi círculo va madurando (todos salvo aquéllos que fueron siempre maduros) y que mientras eso sucede yo voy como hacia atrás, viviendo o soñando más mitos y leyendas, idealizando personas, personajes y situaciones, vidas enteras, memorias biográficas de gentes con nombres y apellidos a las que admiro ciertamente, bastante o mucho según qué caso.

El planeta de seres que vive alrededor de éste que escribe, salvo contadas excepciones claro, ejerce una vida seria, lógica, científica, correcta, en la que a grandes rasgos nadie es más que nadie. En ese escenario tan real, por ejemplo, los cantantes son como tú sujetos con nombres y apellidos, gente terrenal como usted y como yo, personas que bien pudieran ser tus amigos, tus compañeros de viaje o tus vecinos. Aunque nunca creas haber compartido barrio con Aerosmith. En ese país que habita esta gente de la que te digo que me rodea pero yo no, los periodistas admirables son sólo periodistas famosos, los locutores tienen un trabajo más bien normal, los actores son más o menos igual que los fontaneros, las situaciones son todas explicables, hasta cierto punto lógicas, empíricamente demostrables vamos. Y allí, en ese mundo, no se le pide un autógrafo a nadie: al fin y al cabo el admirado es a los ojos de estos seres humanos más o menos como cualquier otro, o sea humano también, aunque un poco mas popular si acaso.

Y esto no puede ser así. No es así, de hecho. YO LO PROCLAMO. La rutina tiene escondites y edenes propuestos por la pura fantasía. La trama novelesca en la que nos han colocado a todos está llena de grandes personajes, de gente a la que conocer y admirar, a la que imaginar y, si se dan las circunstancias, también idealizar. Los mitos existen. Muchos de ellos merecen su estatus. Está bien gritar al verlos, o desmayarse, o flipar cuando piensas que tal vez coincidas con Juanes si es que admiras a Juanes, cruzando la calle o comprando una de esas bolsas con minipizzas de algodón de nubes que venden en las farmacias veinticuatro horas.

Cuando paseaba por Nueva York, de joven, pensaba “no sé que me pasaría si, al entrar ahora mismo en el vestíbulo del Waldorf Astoria, me encontrara al gran Al Pacino sentado, esperando a alguien, leyendo la revista Time en alguno de los butacones del salón principal”. Muchos me dirían que no pasaría o que no me pasaría nada, ya que de lo que en el fondo estaríamos hablando sería de una burda situación en la que se emparejarían en un hotel un joven español y un americano bastante oliart. Pero yo no lo creo: el joven español soy yo, YO, y el actor sería y es Michael Corleone, o el sobreactuado teniente coronel Jack Slate de Esencia de Mujer, o el poli corrosivo y frágil de Melodía de seducción, o el maravilloso narco puertorriqueño reincidente de Carlito´s Way.

El otro día hice pis al lado de Manolo Oliveros, el que a mi juicio es el mejor narrador futbolero de la radio patria. Coincidí con él en una comida de trabajo y, dentro de la citada comida de trabajo, coincidí también en el váter con él. Estuve muy cerca de estrecharle la mano mientras él se refrescaba en el servicio, franca y peligrosamente cerca de decirle muy en serio “es usted un monstruo”, “tiene don y estilo propio”, “me hace usted sentir muy bien”, “me divierte”, “me contagia adrenalina a través de mi pequeño transistor”, “¿le importaría gritarme `gol de Messi´o su mítico `qué bueno´?

Se hubiera asustado, imagino.

Ese mismo día pero por la tarde, o sea después del almuerzo en el que hice pis con uno de mis últimos fichajes en el álbum de cromos Mitos 2009-10, me monté en un coche de fantasía, un auto mullido de cuento de hadas, o sea del país de las maravillas, que les juro a ustedes por lo más sagrado -y también a vosotros- que olía muy agradable y muy fuertemente –sin motivo racional aparente- a pan de leche recién hecho. Sí sí, ya sé: mis amigos racionalistas dirán que había algo en el maletero, un pedazo de pan, un resto minúsculo de bollo dulzón que paró por allí después de ir rebotando mágicamente, sin querer, quién sabe si en el bolsillo de alguien, desde alguna bollería del barrio. Y yo estoy seguro de que no: yo sé que durante un buen rato fui montado en un coche de cuento, en un coche brioche, en un medio de transporte irreal y esponjoso, de fábula, de mentira verdad.

Y hay más. Tengo muchos más argumentos de peso. Por ejemplo éste, un pensamiento que me sorprendió mientras cenaba por televisión la previsible y desmedida cinta Ángeles y demonios protagonizada por el pelo raro de Tom Hanks. En la peli, que como ya se sabe teje historietas y asuntillos en torno a la vida papal del Vaticano en general y en concreto a la elección del cónclave del que tenía que salir en la cinta el nuevo Santo Padre, ocurre una cosa que da vértigo. No es el papel de Ewan McGregor, ciertamente rocambolesco. Qué va. Es más bien un plano que se inventa la película en el que, justo detrás del Papa de ficción, se recoge la salida de éste rumbo al balconazo papal que va a dar a la Plaza de San Pedro, donde al abrirse los enormes ventanales sagrados una multitudaza aclama ensoredecedoramente al Papa de Hollywood que os digo.

Ya sé que no es muy original, pero me impresionó la gente, el ruido de la devoción, el fenómeno fan cristiano, la muchedumbraca creada probablemente por ordenador, el clamoroso bramido de la masa ovacionando a su nuevo líder espiritual, a su nuevo y recién proclamado ídolo.

Me gustó esto. Me gustó tanto que pensé ¿Cómo no van a ser mitos o leyendas o quizá ídolos los papas o los cantantes, los grandes políticos de la historia, los reyes del fútbol mundial y los presentadores de los Oscar? ¿Cómo, si han tenido frente a sí este poder, si se han mirado ante una multitud entregada, si han escuchado en boca del mundo su canción fetiche, si han sido vitoreados y ensalzados a voz en grito hasta la naúsea? ¿Cómo van a ser igual que nosotros si a ellos se les ha rendido una plaza de toros y han creído volar, si les han parado por la calle y les han dicho "me haces feliz", "tu libro me ha cambiado la vida" o "gracias a ti superé mis problemas"?. ¿Cómo va a ser todo tan previsible, tan científico y rancio, tan tan explicable como ellos creen? ¿Cómo que Sinatra fue uno más de su generación? ¿Cómo que nadie merece que nos desmayemos por él o por ella? ¿Cómo que no te puede cambiar la vida si te roza una tarde Clint Eastwood, si te mira la doctora Cameron, si te recibe en su despacho el representante del agente del manager de Obama? ¿Y se te invita a un té la mujer de Vicente Ferrer, qué, es normal?

Yo he recorrido en éxtasis por las calles sobre las que anduvo Saramago cuando compuso “El año de la muerte de Ricardo Reis”, he conversado seis segundos con Joaquín Sabina, he llorado de alegría viéndole a Caminero ahí mismo, pero justo ahí en la banda, sortear y sortear rivales, dar pases en profundidad impronunciables. He conocido y he olido a gente extraordinaria, popular muy o nada. He descubierto que vivo entre mitos, que en las salas de espera de las consultas de los médicos puede estar Pastora Vega esperándote, o Bono de U2, o Pepe Bono, o alguna de las hijitas de Maradona.

Con Maradona termino, por cierto. Con un recuerdo alrededor de Diego. Fue el día en que precisamente el Pelusa visitó la televisión en la que llevo tiempo trabajando. Hablo de 2006, justo unos días antes de que diera comienzo la Copa del Mundo de fútbol Alemania. Esa tarde no llegué a verlo: me dio vergüenza abandonar mi puesto de trabajo, declararme fan incondicional delante de todos, salir como todos los demás para apostarme detrás de una puerta o en la entrada del plató. No quería salir como el resto para tratar de verle, para mirar de cerca cómo era el genio. Me avergoncé por esa tonta vergüenza que tenemos a veces y me quedé quieto. Sin más.

Por suerte no me hizo falta moverme para comprender. Aún recuerdo el murmullo mágico que se extendió como una plaga poderosa durante unos minutos: era como si el mismo edificio donde trabajaba, un gigante bloque de acero ceniciento, estuviera nervioso ante el Pibe de Oro, un pequeño jugador de fútbol de un metro sesenta y dos centímetros.

Había entrado un mito, el Diez, en la televisión de los mortales.

2 comentarios:

  1. Estoy totalmente de acuerdo contigo. Es, hasta saludable, saber y reconocer que hay pequeños seres que hacen (o han hecho) cosas históricas. ¿Qué seríe de nosotros sin mitos a los que (per)seguir?

    ResponderEliminar
  2. Me da mucha pensar que no fuiste a ver a Maradona y que ante su presencia no te tiraste del pelo hasta dejartelo liso!! Estoy de acuerdo contigo, como bien sabes soy muy fan de hacerme fotos con cualquier pseudofamoso que veo, jej. Pero creo que quitando la faceta friki de cada uno, es importante humano y efectivamente sano tener algún mito vivo o muerto al que admirar, porque no, no son iguales; y sí, eso es lo mejor de todo. Me ha gustado mucho!!

    ResponderEliminar