lunes, 25 de enero de 2010

L25, agua.

Creo que dieron lluvia para toda la semana.
Y a mí me dieron la oportunidad de participar.

O sea dos veces el verbo dar.

Yo junté esta coincidencia en una sola frase y participé hoy en un concurso de microrrelatos para el que me inspiré en la lluvia, en el color de La Habana, en la gente que me enseñó cómo era la vida en Guanabacoa. Así resolví de una sola vez la oportunidad y la previsión meteorológica. Lo reduje todo a un relato infantil que tiene algo menos de ciento sesenta caracteres. Ése era el requisito por lo que leí.

Os presento:

- Bloj, éste es mi microrrelato.
- Microrrelato, éstos que ves leyendo son los clientes abonados al paquete premium plus de mi nuevo bloj.
- Encantado.
- Lo mismo.

Podéis mirar, leerlo, o leerlo y votar.
Podéis dar y recibir, ayudarme, o pasar. Así es la vida.

martes, 19 de enero de 2010

BSO.

Igual terminamos discutiendo. O peor, repartiéndonos el turno de palabra sin escucharnos, hablando primero uno y después el otro pero en vano, o sea charlando pero sin hablar ninguno de los dos.

A lo peor no tiene sentido que sigas leyendo esto: al fin y al cabo parece que tú y yo no tendremos nada en común. Eso me dijeron mis fantasmas.

Verás, he escuchado que tu vida es trabajo a tiempo completo, reuniones con la gente de marketing, viajes de empresa, estupideces envueltas para regalo, terminales de nueva generación, pantallas táctiles y peliculitas de Ben Stiller.

Dicen las voces que escucho que le has visto el truco a la vida eterna. Que para ti no hay nada ni antes ni después ni ahora, que es diez minutos más tarde que durante. Que total ya viste Florencia en una película. Que no tienes temas de conversación porque eres así.

Mira, prefiero no seguir. Si no te importa, de verdad, lo dejamos.

He estado estos días haciendo escala en un hospital. Y anoche me dijeron que aquel familiar del que te hablé seguía peleando con la quimio. Así es que mejor lo dejamos, si te parece lo aplazamos a otro día, la semana próxima tomamos algo y trato de entender la vida que llevas, lo que dices que sientes cuando te sientes realizado.

Ahora no, hoy no. No me cuentes ahora tu maldito powerpoint, tus planes para la junta de marzo. Si no es Haití me da igual.

Sí, Haití. O sea la que será gran noticia de la semana hasta que salte la sentencia del Constitucional en torno al Estatut.

¿Qué? ¿Qué me has llamado?

Mira, la vida empieza y termina en la consulta de un médico, en el destino trágico de un diagnóstico, en la salud de los órganos vitales de los órganos vitales de los órganos vitales que tienes alrededor. El sol sale por occidente y se pone en el reflejo de una ecografía. De modo que saca billete y vuela. Observa. La gente no tiene dentro presidentes o directores generales, coordinadores, ministros, delanteros centro, fiscales. La gente no es rango, es parentescos y mucho miedo.

Así es que no me hables de tu iPhone. Me da igual quién sale de la casa de Gran Hermano. No quiero saber quién es el último mercenario que viene a jugar al equipo antiguo que amo.

Visto de quirófano. Me vale el body color cielo que me pusieron en el hospital hace treinta y dos años; el camisón que me cubrirá pasado mañana. El traje y los vaqueros son mentira, a todos nos sientan mal.

Estoy sano para ver a los enfermos. Sé lo que es importante; y cuando lo olvido marcho a Urgencias.

Me da igual la publicidad de Oliart, las canas de Vasile, el insomnio de Brufau.Si no funciona el messenger se te bloquea el alma, se te cae el sistema. ¿No lo ves? Estamos todos señalándote con el dedo. Se te quedan demasiadas cosas fuera del móvil, reconócelo.

Ya ves. Ya ves que no tenemos nada que ver. Así es que ni lo intento.

Yo soy un gigante mórbido nacido en New Jersey, uno de esos que lleva puestas una gorra y una camioneta de reparto, que está convencido de que los himnos existen, que quiere que un imposible sea la BSO de su vida. Yo soy una úlcera sonriente a la que se le acaban cada día las horas del reloj. Un reducto de algo. El último de Filipinas. Un “yo no”. En mi DNI “pone mal humor pasajero, discusiones estúpidas, problemas disueltos en la perspectiva, un nene canijo visto desde lo alto de la Torre Eiffel”. Soy En pie con el puño en alto, Malaspina, Aureliano Buendía, Edmundo Dantés, el que cree que no siempre por sistema da todo igual, uno que ve que cada día suceden milagros y deflaciones, el que va a cambiar el paisaje con un blog.

O sea el que sabía que el gol lo iba a marcar Torres.

Pasan cosas y no las ves. No el cambio climático. Cosas asombrosas de verdad: la antorcha olímpica, la canción perfecta, el mensaje en el contestador.

Y me dijeron que tú no ves nada. Que no hablara contigo. Que no ibas a poder concederme más de diez o quince minutos. Que enseguida te metías en una reunión.

No vayas. Di que te surgió algo en casa, que mañana te la cuente quien sea, que te pasen por mail si eso el borrador de conclusiones, la próxima convocatoria para la próxima reunión.

No vayas. Coge el coche y huye hacia adelante. Saca billete y piensa adónde quieres ir.

¿No puedes? Yo creo que .

martes, 12 de enero de 2010

Nexo.

Tiene el pelo raro Herman Van Rompoy, le crece el cabello como una enredadera, como si unas manos le abrazaran por las orejas y no llegaran a tocarse, como si su calva económica europea fuera el obstáculo que separa sus dedos, como si fuera un Francisco Ibáñez despeinado, un loco europeo sentado en el sillón del yayo continente.

La otra mañana, la del lunes, o sea ayer lunes cuando la vida era era glaciar, casi choco con mi coche, en la rampa de la cochera de casa, al salir, casi pierdo el control del motor y de las ruedas y claro de la distancias y también de los nervios. En mi rampa rompoy del garaje.

Me compro la TDT y se muda Iñaki a CNN+. Qué rica competencia política se harán ahora en mi televisor las Intereconomías, la Libertad Digital, los Gabilondos, el refrescante y sonrosado Vicente Vallés del late night informativo digital terrestre. En abril, trabajo de día tertulia de noche, mesa de debate, noticiarios nocturnos, carnaza para los tiburones del Congreso como yo.

El Rey Gaspar les trajo a mis sobrinos dos pares de botas de nieve, que por lo visto son distintas a las botas de agua y a las katiuskas nadiuskas de toda la vida: unas eran talla 26, otras talla 32. Pensando después, cuando los reyes se habían ido, me di cuenta de que me casé con 26 años, de que ahora tengo 32. Puede que mi vida de casado sea lo que sucede entre las botas de uno y otro. Pisadas. O nieve. O blanco. Tal vez por eso me casé en invierno.

El trabajo dignifica. Pero mucho trabajo, frontera con demasiado, no. Me estoy dando cuenta estos días. No puede dignificar si no deja tiempo para escribir.

Un libro: El hombre que se enamoró de la luna. Ciertamente inquietante el primer centenar de páginas. Veremos.

Una anécdota de fútbol argentino, veréis. Un jugador se dio un fuerte golpe en la cabeza en un lace del juego, por unos instantes perdió la noción de la realidad, e inmediatamente fue atendido por el masajista del plantel. Tras la incidencia, el masajista en cuestión le da el parte al míster: “ché, qué golpe, no sabía ni quién era”. Y el míster contesta “Pues regresen y díganle que es Pelé”.

Un enorme secreto para los que quieran resolver los problemas que plantean los textos a veces, casi siempre, es saber unir, tener recursos para enlazar, fórmulas que sean nexos, conjunciones, peros y sin embargos, aunques, por ciertos, precisamentes. Háganme caso niños: si tienen destreza cosiendo textos, sabrán escribir cualquier cosa. Porque es más importante dominar los trasbordos que recitar de memorieta las líneas de metro. Mejor manejar los conectores, el pegamento, antes incluso de saber todas las palabras, de papagallear como los intelectuales obesos con gafas y sudor en la ingle. Antes incluso que saber qué decir hay que saber cómo unirían las dos o tres cositas tontas que tienen que decir. Esto entra en examen.

Los padres son muy pesados. César Antonio Molina propone viajes intelectuales a su hija, que imagino estará repugnada. Lorenzo Silva promueve la tierna literatura de su hija infantil. Quieren los padres que su descendencia haga lo que quieren los padres y no los nenes. Y no puede ser.

Concurso:
El que una todos estos temas en un solo párrafo inmenso, el que tenga las palabras y los juegos de palabras, los clichés, la gracia y la guasa, el bagaje para unir en un solo párrafo gigante -sin puntos y aparte- todos estos temas que acabo de exponer porque me rondan en la cabeza… es un genio. Un genio conector. Lo escribe, me lo manda, y le doy un premio.

Yo perdí:
Yo no sé, me faltan palabras para hacerlo, tablas, libros. Mi caligrafía no va más allá de un tonto juego de palabras: sólo puedo ligar la rampa del garaje de mi casa con Van Rompoy. Si acaso eso sólo. Pero nada más. No sé mezclar más. Perdí por goleada: párrafos nueve, cero yo. Mucho que decir, nada que ver. Mucho lirili, poco lerele. Mucho en la cabeza, nada en el blog bloc bloj que es éste. Y que ya es tan vuestro como mío.

Hoy fracasé como unionista del Ulster, como nexador de poyos, como celestino corbacho oracional. Fracasé como escritor ende fin y ti va. Otra vez. Me voy a la cama. Le doy al play. Que suene la nana del fracaso. Snif. Sting.

lunes, 4 de enero de 2010

Dos alas.

En el cuarto piso de mi casa vive un hombre esponjoso. Él es uno de los dos ángeles que he conocido en mi vida. Lleva un gabán que es como una de esas mantas que te echan por encima los vecinos cuando escapas de un incendio. Moreno, un metro ochenta centímetros, guarda una lumbre juguetona dentro de la tienda, un fuego blanco que se le escapa, que flirtea luces y sombras centelleantes, que deja entrever chispas saltarinas e irracionales, bondadosas, por entre sus dos ojos diminutos.

Coincido con él en el ascensor. Abriendo y cerrando la puerta del portal. Alguna vez que sacaba yo la basura y él entraba. Cuando bajé el otro día a comprar hielo al Bazar Saigón. Es correcto, impecable en el protocolo, y fuma para disimular, para que no se le note su bonhomía.

Cualquiera que le haya dado al play a sus ojos sabe que vive en el cuarto pero viene de más arriba. La otra noche le rocé al abrir la puerta del montacargas y sonrió por sorpresa el aplique fundido del descansillo.

Creo que nos protege. A mi comunidad, digo. Que es un poco el ángel de la guarda de la calle nuestra, algo así como un protector pasivo, estático, que le da a mi edificio y a las dos o tres manzanas colindantes la paz que no supieron dibujarle los arquitectos y constructores municipales, asalariados terrenales.

Puede. Desde luego este vecino celestial no es muy distinto al ángel salvador que trabajaba hace unos años como conductor del autobús 132 y que, por obra y gracia del Evangelio Municipal de Transportes, me llevaba cada mañana a la facultad de Ciencias de la Información donde en cinco o seis años me Informé de la Vida. Moreno, metro ochenta, el ángel del 132 conducía una paradoja con olor a gasolina, un autobús medio vacío que en cambio siempre estaba lleno a rebosar en su primera mitad, que dejaba filas y filas vírgenes atrás porque todo el mundo, todos los pasajeros que éramos nosotros, nos arracimábamos alrededor del piloto, del guía, del gurú, del profeta. De este hombre bueno o sea.

Él daba los buenos días como quien da un abrazo. Tronaba y rugía el mes de febrero ahí fuera pero en su pequeña villa móvil hacía calor, era otra cosa, tocaba fiesta, los bonobuses sonaban en la maquinita como campanas de navidad.

Subía una chica al 132 y estaba dos paradas al lado suyo, hablando con él de su examen o de su novio, de su madre enferma. Él escuchaba mientras conducía, permitía que los chicos apoyaran las carpetas en el mostrador anexo a la luna delantera. Recibía a los inquilinos y les daba lo que esperaban; ellos lo tomaban, cogían ese detalle de lunes o de jueves por la mañana que era tanto, que era un milagro de entresemana, y se iban hacia atrás.

Subía un jubilado y le daba una palmadita en el hombre, le preguntaba por la familia, le reconfortaba. Y el abuelo se iba hacia atrás. Y luego se bajaba donde dobla la calle Monforte de Lemos.

Subía al 132 yo, picaba mi abono transporte y le miraba, sin decir nada. Me daba los buenos días y, en secreto, me soplaba suerte para el examen de Relaciones Internacionales. Siete con ocho, notable, por fin he terminado la carrera.

“Hasta luego, buenos días”. “¿Y qué se estudia en tercero de Filología?” “¿Va usted a Princesa, señora? Siéntese, no se preocupe, que yo le aviso.” “Sí, esta avenida ahora está cortada.” “Están remozando el museo. ¿Se enteró de lo del incendio?” "Qué, ¿durmió hoy la niña o no? Tienes ojeras..."

Creo que hace años sabía incluso su nombre. Lamentablemente ni siquiera sé ahora si sigue conduciendo, si le cambiaron de línea, si era real o no demasiado. Hoy sólo tengo la seguridad de que me llevó y me trajo tantas veces, me trazó un camino tan importante, que su recuerdo me ha convalidado en el mundo real como dos o tres cursos llenos de créditos de Periodismo.

Basado en hechos reales.
Me acuerdo de todo esto ahora, justo esta noche, porque aún tengo reciente la imagen desconcertante con la que me topé justo cuando se desperezaba el año, el pasado viernes 1 de enero. Veréis: paseaba yo por la calle Arquitecto Vandelvira, o sea algo así como en el cruce de la Quinta con Broadway en el Nueva York de Castilla La Mancha que es Albacete, y entonces lo vi: un hombre joven, de unos treinta y cinco o cuarenta años, sacerdote con alzacuellos para más detalle de la descripción, reposaba dentro de su coche -perfectamente aparcado- mientras escuchaba música. A eso de las dos de la tarde, esto es a plena luz del día. Cuando me crucé nos miramos. Se dio cuenta creo de que le estaba descubriendo. Yo desvié el telescopio, rápido.

Tal vez ese muchacho, que era tan muchacho o tan anciano como yo lo soy esta noche, buscara lo que yo ya he encontrado en un par de ocasiones.

Tal vez sea uno de ellos. Un ángel, digo.
O tal vez no.

Escuchaba la música muy alta, sin hacer nada, como esperando. No pude evitar darme cuenta –porque el volumen era atronador, apocalíptico- de que la canción que aquel sacerdote escuchaba era ésta.