De modo que pueden convivir dos palabras, dos expresiones, de significado opuesto. Así es que pueden estar una al lado de la otra, en cierta manera quitándose la autoridad mutuamente, o disparando por mil el sentido y la intención de su vecina. Creando lengua. Cada una por su lado hace vida independiente; cuando se suman, más que sumarse se multiplican.
La Real Academia de la Lengua apunta como ejemplo un “silencio atronador”. Así dibujan los académicos el truco hermoso del oxímoron, con este ejemplo del que os hablo y esta definición: “Combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido”.
Me pregunto qué sucedería si el “silencio” fuera “Mariano Rajoy” y el “atronador” “Zapatero”. Qué pasaría con nosotros si estos dos conceptos opuestos hicieran oxímoron, pacto de estado.
Notas: buscar “opuesto” en la RAE.
sábado, 20 de marzo de 2010
domingo, 14 de marzo de 2010
jueves, 11 de marzo de 2010
La salud.
"Le han cambiado el tratamiento. Hoy estaba peor".
No sé vosotros, pero a mí me pasa que leo estas frases y, después de codificarlas, dibujo en el cerebro otras muy distintas, otras peores, reales, aterradoras. Imagino otros escenarios más oscuros. Pienso en cómo será ahora la puerta de la UCI en el Ramón y Cajal, o una habitación complicada de La Paz, o en si estará poblada o no la capilla que anda cerca de los quirófanos en el Priceton Princeboro del doctor House. De un doctor House real, claro.
A diario, sin querer, me topo en la azotea con oraciones heladas que son así de feas y así de verdad: "Preocúpate de lo único que importa: de los hospitales, de la salud de la gente que quieres, de los muertos de hambre y de tristeza, de las salas de espera que anexan las urgencias de todo el mundo. Olvida el resto. O minimízalo. Esfuérzate cada día en restarle espacio a todo lo que no es de verdad importante. Deja en paz la hipoteca y el trabajo, las envidias tontas, los atascos que provoca el estrés".
Qué típico ¿no?
Yo creo que no tanto: olvido fácil a menudo asuntos que debieran ser inolvidables.
No sé vosotros, pero a mí me pasa que leo estas frases y, después de codificarlas, dibujo en el cerebro otras muy distintas, otras peores, reales, aterradoras. Imagino otros escenarios más oscuros. Pienso en cómo será ahora la puerta de la UCI en el Ramón y Cajal, o una habitación complicada de La Paz, o en si estará poblada o no la capilla que anda cerca de los quirófanos en el Priceton Princeboro del doctor House. De un doctor House real, claro.
A diario, sin querer, me topo en la azotea con oraciones heladas que son así de feas y así de verdad: "Preocúpate de lo único que importa: de los hospitales, de la salud de la gente que quieres, de los muertos de hambre y de tristeza, de las salas de espera que anexan las urgencias de todo el mundo. Olvida el resto. O minimízalo. Esfuérzate cada día en restarle espacio a todo lo que no es de verdad importante. Deja en paz la hipoteca y el trabajo, las envidias tontas, los atascos que provoca el estrés".
Qué típico ¿no?
Yo creo que no tanto: olvido fácil a menudo asuntos que debieran ser inolvidables.
Torero de salón.
No me llamaron del Parlamento Catalán. No escucharán mis razonamientos sobre los toros. No les diré que entiendo perfectamente los gritos de los antitaurinos, las cosas de los independentistas, el programa electoral que dice que esto de las banderillas y el estoque, en pleno siglo XXI, es irracional. Se libran del blablablá y del rollo, de escuchar para entender que esta especie guerrera del toro de lidia sigue viva sólo porque hay corridas de toros, de que es tan bonita la cosa porque de lo que se trata es de cuidar al bicho toda la vida para que luzca y pelee y dé lecciones durante su última tarde.
Nadie me preguntó si todo esto que iba a decirles me importaba mucho o poco, si me lo creía mucho o no. Se lo pierden: les hubiera contado que ese primer párrafo que habéis leído no me sirve de mucho, que me pesa poco, que no hace fuerza apenas en la balanza en la que yo calibro la fiesta de los toros. Lo que pesa es la plasticidad y la estética de su liturgia, la belleza artística, el aprendizaje sentimental, la función de teatro que es una tarde de toros. Para mí pesa tanto todo eso, tantísimo, que todo lo demás, todos los parlamentos, son muy pequeños.
Nadie me preguntó si todo esto que iba a decirles me importaba mucho o poco, si me lo creía mucho o no. Se lo pierden: les hubiera contado que ese primer párrafo que habéis leído no me sirve de mucho, que me pesa poco, que no hace fuerza apenas en la balanza en la que yo calibro la fiesta de los toros. Lo que pesa es la plasticidad y la estética de su liturgia, la belleza artística, el aprendizaje sentimental, la función de teatro que es una tarde de toros. Para mí pesa tanto todo eso, tantísimo, que todo lo demás, todos los parlamentos, son muy pequeños.
La anáfora y el paralelismo.
Hay cosas que se parecen mucho en el comienzo y que luego cambian... y cosas que son directamente idénticas y que varían justo un poco sólo al final. Anáforas o paralelismos, vamos.
Dejo a vuestro criterio decidir si estas cosas que me pasan hoy por la cabeza son de una especie, o de la otra, o de las dos.
La rubia Madeleine Hayes, o sea Maddie de Luz de Luna, o sea la Cybill Shepard de la televisión, se iba muy a menudo a pensar, se apartaba del mundo y de David Addison, se marchaba para "poner en orden" su cabeza.
Rocky Balboa, o sea Rocky, o sea el Sylvester Stallone esplendoroso, se marchó a la nieve para olvidarse del planeta, se apartó en el frío para vengar a su amigo Apollo Creed, decidió escaparse para forrarse de pieles, entrenar en condiciones extremas, levantar trineos a pulso. Polly le ayudaba, claro. Por eso al final transformó este exilio polar en venganza y vengó por supuesto la muerte de su amigo Apollo ante el rubio y ruso y chungo Ivan Drago.
Los toreros respiran fuera de la ciudad, se alejan de las copas y de las mujeres lascivas lejos, en el campo, en la finca de algún amigo apoderado, bajo alguna de esas gorrillas de ganadero, en paz con el mundo. Allí dibujan los pases que luego darán la vuelta al ruedo, ensayan brindis al tendido seis, entrenan e imaginan los flashes de las cámaras, el miedo que les dará en unas semanas la Real Maestranza de Sevilla. O Madrid, claro.
Carlito Brigante sólo piensa en escapar, en salirse de las estrecheces del escenario que le ha pintado la notabilísima película de Brian de Palma Atrapado por su pasado. Carlito quiere ir a la playa, abrir un concesionario de coches bien lejos, huir con su chica Gail, sortear las tentaciones que le tienden su escudero Pachanga, su abogado David Kleinfeld, el maldito Benny Blanco.
Irse para volver o para quedarse. Irse como solución a los problemas. Como terapia. Como plan.
Anáfora
o paralelismo.
Dejo a vuestro criterio decidir si estas cosas que me pasan hoy por la cabeza son de una especie, o de la otra, o de las dos.
La rubia Madeleine Hayes, o sea Maddie de Luz de Luna, o sea la Cybill Shepard de la televisión, se iba muy a menudo a pensar, se apartaba del mundo y de David Addison, se marchaba para "poner en orden" su cabeza.
Rocky Balboa, o sea Rocky, o sea el Sylvester Stallone esplendoroso, se marchó a la nieve para olvidarse del planeta, se apartó en el frío para vengar a su amigo Apollo Creed, decidió escaparse para forrarse de pieles, entrenar en condiciones extremas, levantar trineos a pulso. Polly le ayudaba, claro. Por eso al final transformó este exilio polar en venganza y vengó por supuesto la muerte de su amigo Apollo ante el rubio y ruso y chungo Ivan Drago.
Los toreros respiran fuera de la ciudad, se alejan de las copas y de las mujeres lascivas lejos, en el campo, en la finca de algún amigo apoderado, bajo alguna de esas gorrillas de ganadero, en paz con el mundo. Allí dibujan los pases que luego darán la vuelta al ruedo, ensayan brindis al tendido seis, entrenan e imaginan los flashes de las cámaras, el miedo que les dará en unas semanas la Real Maestranza de Sevilla. O Madrid, claro.
Carlito Brigante sólo piensa en escapar, en salirse de las estrecheces del escenario que le ha pintado la notabilísima película de Brian de Palma Atrapado por su pasado. Carlito quiere ir a la playa, abrir un concesionario de coches bien lejos, huir con su chica Gail, sortear las tentaciones que le tienden su escudero Pachanga, su abogado David Kleinfeld, el maldito Benny Blanco.
Irse para volver o para quedarse. Irse como solución a los problemas. Como terapia. Como plan.
Anáfora
o paralelismo.
Un hombre soltero: generalidades.
El mismo escenario pero distinta iluminación. Idénticos problemas, caras parecidas e incluso gentes iguales. Inseguridades mellizas pero interpretadas de una u otra manera. La clave está en el modo variable de encararlo todo.
Todo es "según". El tiempo presente y también el futuro es "depende". Y puede que el pasado sea lo mismo que escribir con lápiz en el agua la palabra "quizás".
Puede alterarse el punto de vista con el que apreciamos el paisaje de toda nuestra vida. Podemos cambiar la retina con la que lo vemos todo sólo con pensarlo, decidiendo qué perspectiva queremos adoptar sobre el mundo real. Tan sencillo como cuando alteramos el formato de la pantalla en la televisión, cuando activamos o desactivamos con el mando los subtítulos, el zoom. Clic: pinchamos un botón en la cabeza y cambiamos. Listo.
La otra tarde estuve en el cine; fui con el hijo de mi novia. Nos encontramos allí con Un hombre soltero, la primera película del diseñador Tom Ford. Me dejó la cinta el aroma de un perfume caro, pesado o depurado según cada cual, puramente estetizador, estetizante, esteticién. A mí me gusta eso: el barroco rococó, las fotografías retocadas, los pares de banderillas largos y requeteadornados. Un hombre soltero nos brindó a nosotros -el público en general aquella tarde- planos que eran arquitectura, casas modernas y amplias, pasta fresca para ricos gays molones, orden y concierto, paz visual. No defrauda en eso: la película es el cartel de A single man pero en movimiento.
Aquel día vi a Colin Firth y a Julianne Moore haciendo cosas hermosas, posando, yendo y viniendo, moviéndose sobre el cartelón que había visto en las marquesinas de autobús. Lo que esperaba.
Además, la trama de este Ford que no es hijo de John Ford me dio qué pensar. En la enseñanza. En las relaciones entre las personas extrañas. En lo sencillo o lo inamovible que puede resultarnos a cada uno de nosotros cambiar la perspectiva con la que miramos el mundo: o sea las cosas y las prioridades y los libros y la familia que tenemos en esta vida finita. Finita porque se termina; finita porque es estrecha.
Pensad en ello.
Todo es "según". El tiempo presente y también el futuro es "depende". Y puede que el pasado sea lo mismo que escribir con lápiz en el agua la palabra "quizás".
Puede alterarse el punto de vista con el que apreciamos el paisaje de toda nuestra vida. Podemos cambiar la retina con la que lo vemos todo sólo con pensarlo, decidiendo qué perspectiva queremos adoptar sobre el mundo real. Tan sencillo como cuando alteramos el formato de la pantalla en la televisión, cuando activamos o desactivamos con el mando los subtítulos, el zoom. Clic: pinchamos un botón en la cabeza y cambiamos. Listo.
La otra tarde estuve en el cine; fui con el hijo de mi novia. Nos encontramos allí con Un hombre soltero, la primera película del diseñador Tom Ford. Me dejó la cinta el aroma de un perfume caro, pesado o depurado según cada cual, puramente estetizador, estetizante, esteticién. A mí me gusta eso: el barroco rococó, las fotografías retocadas, los pares de banderillas largos y requeteadornados. Un hombre soltero nos brindó a nosotros -el público en general aquella tarde- planos que eran arquitectura, casas modernas y amplias, pasta fresca para ricos gays molones, orden y concierto, paz visual. No defrauda en eso: la película es el cartel de A single man pero en movimiento.
Aquel día vi a Colin Firth y a Julianne Moore haciendo cosas hermosas, posando, yendo y viniendo, moviéndose sobre el cartelón que había visto en las marquesinas de autobús. Lo que esperaba.
Además, la trama de este Ford que no es hijo de John Ford me dio qué pensar. En la enseñanza. En las relaciones entre las personas extrañas. En lo sencillo o lo inamovible que puede resultarnos a cada uno de nosotros cambiar la perspectiva con la que miramos el mundo: o sea las cosas y las prioridades y los libros y la familia que tenemos en esta vida finita. Finita porque se termina; finita porque es estrecha.
Pensad en ello.
lunes, 1 de marzo de 2010
Madrid-Pijama-Reykjavic, Reykjavic-Pijama-Madrid.
No hace tanto tiempo que dejé de formular teorías acerca del sueño. Lo recuerdo perfectamente: dormía poco, madrugaba mucho, y compensaba las horas de descanso que no tenía inventando extrañas bolsas de sueño entre horas y lugares, en medio de nada, en las cosquillas del espacio-tiempo. Así pasaba los días: entre siesta y vigilia, entre vigilia e insomnio, o entre madrugón y terapia de sueño consistente en dormir durante toooodo un fin de semana. Mientras estaba despierto y despejado, divagaba sobre los ciclos del sueño, sobre cuánto más valía la pena dormir seis horas de noche en lugar de seis horas de día, sobre si mi cuerpo humano descansaba igual o más bien menos si decidía dormir sentado o si me recostaba levemente, si encadenaba zetas en silencio o con dulce ruido de fondo, a oscuras o con la luz prendida.
Estos días me acuerdo de toda aquella parafernalia del sueño, muy divertida pero algo cansada, porque muchos de vosotros, muy a menudo, me decís que duerma, que aproveche ahora, que descanse en marzo porque en marzo todavía puedo descansar. Me dicen que cuando entre en casa el nuevo inquilino -un familiar que viene de viaje en busca de trabajo creo- todo se habrá acabado.
La gente que quiero, la que creo que quiero y también la que no me conoce de nada me hace recomendaciones pensando que el sueño es para mí igual a unas horas de descanso, un confort, un recreo necesario para cargar la batería. Pero se equivocan: lo que representa para mí este trance rutinario, lo que según me dicen todos está a punto de desaparecer seguramente de mi vida, no es un rato de cama, de pijama, de ronquidos, de cambios posturales. Es mucho más.
No os durmáis. Me explico.
Muchas de las personas que me rotondan cada día han ido conociendo en estos años las particulares circunstancias que me adornan. Que saben que soy raro, vamos. Uno puede ser discreto un rato pero, al cabo de los meses y de los años, va destapándose, va soltando el edredón, y termina por coger frío. Quiere esto decir que termina por ser descubierto tal cual es, al desnudo.
Con el párrafo de arriba, escrito ropa de cama, lo que quiero decir es que a pesar de ser probadamente un obseso del aprovechamiento del tiempo, un drogadicto del horario y del calendario, un caníval del carpe diem, de un tiempo a esta parte he dejado de pensar en las horas de sueño como un parón o una pérdida de tiempo. Antes, de muy joven, sí pensaba así, la verdad: me decía “no quiero parar”, “dónde está el secreto para seguir sin dormir”, “cúanto puedo quitarme de este trámite sin perder las constantes vitales”, “dormiré una hora y me pondré el reloj a ver qué pasa”, “descubriré el modo de eliminar esta tonta actividad diaria”. Lástima de juventud, qué tontacos nos hace.
Hoy ya estoy en edad de prejubilación, soy becario de tercer grado. Que tengo canas, vamos. Que he vivido.
Ahora veo las cosas con mucha más claridad. Por eso proclamo a quien quiera escucharme que las seis o siete u ocho horas de sueño que tenemos por delante cada noche – o la media o dos o tres de alguna que otra siesta ciclópea- son un regalo, un viaje, una actividad gratuita y maravillosa, una aventura a la que probablemente sólo le falte algo más de percepción consciente para que sea del todo maravillosa.
Mirad cómo de ricos somos que cada noche, cuando queremos o nos dejan, podemos darnos una ducha de agua caliente y espumoso, mullirnos en un pijama almidonado, dejarnos caer sobre un piso tierno de muelles o viscoelástica, y sacar billete para ir de viaje. O sea gastar en el reloj el mismo tiempo para desconectar el sistema, para viajar flotando, para visitar nuestros pensamientos desde la inconsciencia, que el tiempo que gastaríamos en el reloj si voláramos de Barcelona a Abu Dhabi, o de Madrid a Nueva York, del portal de mi casa a Paraguay, o desde el aparcamiento del vecino de Loli al coche de Loli primero y luego, después, ole, a Sevilla por carretera. Cada noche podemos calentarnos, confortarnos en el balance del día, y salir de viaje durante ocho horas, dejándonos ir como si fuéramos maletas sobre una cinta infinita de equipajes.
En todas vuestras noches el hombre libre y rico de Occidente puede ducharse y bucear en sábanas limpias, dedicar seis u ocho de sus veinticuatro horas a viajar, enriquecer un tercio de su día transportándose con la mente en vez de con el cuerpo de oficinista en que todos nos hemos convertido. Esto es volar sin facturar. Soñar sin estresarse. Es mucho.
Es una orden.
Hoy lunes, a las diez de la noche, acostaos. Habrá gente despegando en Barajas cuando cerréis los ojos. Hacedme caso: cuando despertéis, tratad de descubrir en el espejo el viaje que hicísteis, imaginad lo lejos que llegásteis con la imaginación ahora que sabéis que aquellos pasajeros despiertos de ayer lunes, aún adormilados, llegaron hace un buen rato a Moscú, desvelados por el mundo real, muertos de sueño. Pensad en el trayecto de unos y de otros. Y pensad quién viajó más lejos, mejor.
Haced caso a este profeta online del sueño que os escribe: afrontad el sueño que os abraza cada noche como un viaje. Perfumaos y vestíos para dormir en vez de hacer auto chek-in. Llamad a la familia para despediros. Partid de viaje. Cerrad los ojos y disfrutadlo. Marzo son treinta y un destinos. Aprovechad la oferta.
Estos días me acuerdo de toda aquella parafernalia del sueño, muy divertida pero algo cansada, porque muchos de vosotros, muy a menudo, me decís que duerma, que aproveche ahora, que descanse en marzo porque en marzo todavía puedo descansar. Me dicen que cuando entre en casa el nuevo inquilino -un familiar que viene de viaje en busca de trabajo creo- todo se habrá acabado.
La gente que quiero, la que creo que quiero y también la que no me conoce de nada me hace recomendaciones pensando que el sueño es para mí igual a unas horas de descanso, un confort, un recreo necesario para cargar la batería. Pero se equivocan: lo que representa para mí este trance rutinario, lo que según me dicen todos está a punto de desaparecer seguramente de mi vida, no es un rato de cama, de pijama, de ronquidos, de cambios posturales. Es mucho más.
No os durmáis. Me explico.
Muchas de las personas que me rotondan cada día han ido conociendo en estos años las particulares circunstancias que me adornan. Que saben que soy raro, vamos. Uno puede ser discreto un rato pero, al cabo de los meses y de los años, va destapándose, va soltando el edredón, y termina por coger frío. Quiere esto decir que termina por ser descubierto tal cual es, al desnudo.
Con el párrafo de arriba, escrito ropa de cama, lo que quiero decir es que a pesar de ser probadamente un obseso del aprovechamiento del tiempo, un drogadicto del horario y del calendario, un caníval del carpe diem, de un tiempo a esta parte he dejado de pensar en las horas de sueño como un parón o una pérdida de tiempo. Antes, de muy joven, sí pensaba así, la verdad: me decía “no quiero parar”, “dónde está el secreto para seguir sin dormir”, “cúanto puedo quitarme de este trámite sin perder las constantes vitales”, “dormiré una hora y me pondré el reloj a ver qué pasa”, “descubriré el modo de eliminar esta tonta actividad diaria”. Lástima de juventud, qué tontacos nos hace.
Hoy ya estoy en edad de prejubilación, soy becario de tercer grado. Que tengo canas, vamos. Que he vivido.
Ahora veo las cosas con mucha más claridad. Por eso proclamo a quien quiera escucharme que las seis o siete u ocho horas de sueño que tenemos por delante cada noche – o la media o dos o tres de alguna que otra siesta ciclópea- son un regalo, un viaje, una actividad gratuita y maravillosa, una aventura a la que probablemente sólo le falte algo más de percepción consciente para que sea del todo maravillosa.
Mirad cómo de ricos somos que cada noche, cuando queremos o nos dejan, podemos darnos una ducha de agua caliente y espumoso, mullirnos en un pijama almidonado, dejarnos caer sobre un piso tierno de muelles o viscoelástica, y sacar billete para ir de viaje. O sea gastar en el reloj el mismo tiempo para desconectar el sistema, para viajar flotando, para visitar nuestros pensamientos desde la inconsciencia, que el tiempo que gastaríamos en el reloj si voláramos de Barcelona a Abu Dhabi, o de Madrid a Nueva York, del portal de mi casa a Paraguay, o desde el aparcamiento del vecino de Loli al coche de Loli primero y luego, después, ole, a Sevilla por carretera. Cada noche podemos calentarnos, confortarnos en el balance del día, y salir de viaje durante ocho horas, dejándonos ir como si fuéramos maletas sobre una cinta infinita de equipajes.
En todas vuestras noches el hombre libre y rico de Occidente puede ducharse y bucear en sábanas limpias, dedicar seis u ocho de sus veinticuatro horas a viajar, enriquecer un tercio de su día transportándose con la mente en vez de con el cuerpo de oficinista en que todos nos hemos convertido. Esto es volar sin facturar. Soñar sin estresarse. Es mucho.
Es una orden.
Hoy lunes, a las diez de la noche, acostaos. Habrá gente despegando en Barajas cuando cerréis los ojos. Hacedme caso: cuando despertéis, tratad de descubrir en el espejo el viaje que hicísteis, imaginad lo lejos que llegásteis con la imaginación ahora que sabéis que aquellos pasajeros despiertos de ayer lunes, aún adormilados, llegaron hace un buen rato a Moscú, desvelados por el mundo real, muertos de sueño. Pensad en el trayecto de unos y de otros. Y pensad quién viajó más lejos, mejor.
Haced caso a este profeta online del sueño que os escribe: afrontad el sueño que os abraza cada noche como un viaje. Perfumaos y vestíos para dormir en vez de hacer auto chek-in. Llamad a la familia para despediros. Partid de viaje. Cerrad los ojos y disfrutadlo. Marzo son treinta y un destinos. Aprovechad la oferta.
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