domingo, 27 de febrero de 2011

Radionovela. Capítulo 6: "Sueño".

Aquiles era el guarda de seguridad de Salomon Corporation al que habían despedido justo el día en que Samuel dejó también la empresa. Así es que aunque parecieran de distinta especie uno y otro, de algún modo, estaban unidos. Porque aunque no se conocieran más que de vista, de algún “buenos días” rutinario por la mañana, se puede decir que los dos cambiaron de vida justo a la vez.

Samuel escogió las bajas incentivadas y guardó el dinero de la indemnización antes de que le pusieran de patitas en la calle. Aquiles se quedó dormido en pleno turno de noche, y el supervisor de seguridad le dijo que era inadmisible, que recogiera sus cosas, que no había excusas para aquel comportamiento.

Pero lo cierto es que sí había excusas: Aquiles, que era un hombre diminuto que se convertía en un ser casi invisible cuando colgaba el uniforme, llevaba ya un par de meses trabajando de día y también de noche, haciendo horas desde el mediodía como mozo en un supermercado y por la noche, a partir de las diez, como vigilante. Así su hijo Martín iba al cole.

Hasta aquí la historia no es gran cosa. Lo asombroso del asunto es que Aquiles juraría haber soñado con Samuel Sapiro cuando cayó dormido por puro agotamiento y dio la cabezada que a la postre le costaría el trabajo en Salomon. Lo asombroso de verdad sucede cuando nos enteramos de que el sueño de toda la vida de Sam, que firmaría su finiquito horas más tarde del despido de Aquiles, había sido vivir en Nueva York, probar suerte durante una temporada allí, en la ciudad de los rascacielos.

¿Y qué? Pues que cuando finalmente fue hasta allí, cuando tres o cuatro meses después de su salida de la compañía se armó de valor Sam y cruzó el charco, se encontró a Aquiles en la esquina de la 53 con Lexington.




Así es que id a dormir.

Y soñad.


Los capítulos de esta RADIONOVELA pueden escucharse cada semana en el programa de radio El Hombre Que Se Enamoró De La Luna (los martes, desde las 22:30h, en el 102.4 FM de Madrid y www.radioutopia.es) y también, de forma independiente, en la página web del programa: en este enlace.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Abrigo.

Cada vez veo a más gente hurgando en los contenedores, haciendo trucos de magia para comer o ponerse un abrigo.

La crisis no es global ni financiera, no tiene rango internacional. Es una crisis de barrio, pequeña, familiar.





Hay que hacer brujerías para pagar la letrita. Hay que ser listo, ratón.

Hay que ir a ver al Brujo al teatro, con su obrita enorme El testigo, que te enseña a vivir.

A vivir en Cai. Porque sobrevivir allí tiene que ser como sobrevivir en cualquier barriada global, alejada, ajena.

¿O es que no hay contenedores en Singapur?

jueves, 17 de febrero de 2011

Radionovela. Capítulo 5: "Entrevista".

Un poco antes de que fuera muy temprano, a las cinco y cincuenta de la madrugada exactamente, sonaba cada día el despertador de Charlie. Nuestro hombre se levantaba parsimonioso y, al ritmo de un bostezo largo y opaco, llegaba a tientas al cuarto de baño de la suite. Después, palpaba aquí y allá hasta dar con el interruptor de la luz, zap, y comenzaba la liturgia de todas las mañanas. Dejaba correr el agua hasta conseguir un vaho tibio, se mojaba dos y tres veces la cara, los ojos, y después empapaba bien su brochita minúscula de afeitado para embadurnarse con espuma toda la cara. Una cara agradable, de ratón viejo.

Charlie Bradson es hoy en día el máximo responsable del Hotel Hudson de Nueva York y, si me lo permiten, les diré que no hay que ser muy observador para darse cuenta de que encarna una de esas historias que hemos escuchado tantas veces y que pocas veces creemos: él es uno de esos hombres hecho a sí mismo, un personaje que trabajó de todo antes de ser lo que es hoy, un sujeto que fue vidente quiromántico, botones, vendedor a domicilio, repartidor de pizza, encargado, dependiente y, por dos semanas, maestro impostor de autoescuela. Aunque nada de eso importa ahora demasiado: hoy Charlie es en muchos sentidos el jefe absoluto del hotel. Él manda y los demás obedecen. No por temor, ni por interpuesta jerarquía, sino por un respeto que se ganó a pulso, por pura proximidad con la gente, por lógica. Porque Charles se levanta el primero y se va a dormir cuando ya casi nadie queda en pie, porque es el encargado último y el responsable primero de todo cuanto sucede, porque nunca en estos quince años ha descuidado el nivel de ocupación, las suites más delicadas, el surtido de los menús del restaurante, el precio de la competencia, los pequeños detalles que diferencian un gran hotel de un hotel excelente, el trato cercano y comprensivo con todos los empleados, los guiños diarios a sus clientes. Él ha encontrado el secreto del éxito: este hombre bueno de cincuenta y tantos años ha hallado el modo de convertir en su propia familia a todo este elenco enmarañado de empleados y huéspedes.

Pero volvamos a su habitación. Ahora Charlie disfruta del mejor momento del día. Reflexiona mientras se afeita. Acorrala entre la espuma su diminuto bigote felino al tiempo que ordena las ideas en su cabeza. Y a veces lo hace en voz alta. Mira, ahora se enjuaga y piensa en cómo enfocará la entrevista personal que está escrita en su agenda para dentro de unas tres horas, a las nueve cero cero, y en la que conocerá a la que podría llegar a ser nueva adquisición del hotel. Antes de recibir a la candidata en su despacho repasará el curriculum. Virginia, creo, se llamaba. Echará un vistazo en su historial aunque a estas alturas Charlie sabe de sobra que lo que cuenta de verdad en estas circunstancias es la impresión personal, los asuntos que surgen en cada conversación, algunos detalles pequeños pero reveladores.

Él supervisa personalmente todas las incorporaciones en el Hudson. Y ahí reside sin duda una de las claves para entender la buena química que tiene este inusual director con sus empleados y, claro, también el brillante servicio que presta el hotel a todo aquel que se aloja allí.

Envuelto en una toalla, después de haberse afeitado y justo antes de la ducha, regresa a la habitación y prende el aparato de televisión, para asomarse a las noticias.

No tiene ni idea Charlie de lo que le espera.


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jueves, 10 de febrero de 2011

Radionovela. Capítulo 4: "Almanaque"

Han pasado exactamente trece días y ya he agotado todos los planes programados. Era un listado infinito de asuntos por hacer, de lugares que visitar, de proyectos. Mi idea era cubrir al menos seis meses de felicidad. Y mira. Trece días. No recuerdo desde hace cuándo llevo planeando ese calendario soñado, planificando mi ansiado tiempo libre, preparándome para hacer todas las cosas que siempre quise hacer pero que nunca terminaron de llegar por culpa del trabajo y de los compromisos.

Ayer estuve toda la mañana sentado en una mesita central de la preciosa biblioteca del Museo de Arte Contemporáneo, un lugar cuya visita me había recomendado yo mismo un millón de veces. Estuve anotando en papeles las cosas que había hecho y que tal vez estuviera bien empezar. Perderme por el centro, visitar la exposición de fotografía de la calle Formentosa, actualizar mi curriculum, redescubrir parques y jardines, volver a Berlín, mandar cartas de presentación a ese grupo de diez contactos clave que ya seleccioné, reordenar la casa, zambullirme en las redes sociales, tal vez cambiar de zona para vivir, de ciudad, comprarme un abrigo nuevo y algo de ropa de sport, cómoda. Llevo trece días de nueva vida y tengo la impresión de que el futuro ya está amortizado. Tengo que pensar de verdad, de modo valiente, a lo bruto, en lo que creo que querría hacer o llegar a ser.

Salgo a correr cada noche. Me viene bien. Y fumo ya sólo cinco o seis cigarros a la semana. Estoy leyendo mucho más que antes, claro, ahora sin tantos madrugones. Llevo ya dos cenas con amigos. Y en una de ellas les cociné yo: risotto, una verdadera revolución. Este sábado voy a una fiesta con algunos conocidos del colegio. De copas de nuevo. A ver.

¿Que qué me pasa, entonces? Es raro. No sé. No sé hacia dónde tirar. No contaba con que mi almanaque de planes para seis meses se quedara seco a las dos semanas.

A lo peor tienen razón las ideas que me acompañan cada noche cuando me visto de atleta y echo a correr. Aunque es duro pensar así, ya lo sé. Pero bueno.

Es una sensación que me da pinchazos. Una que dice que igual no me faltaban tantos días libres cuando trabajaba como yo creía, que igual lo que me faltaba y me sigue faltando es rumbo, decisión.



Esta noche salgo a correr. Sobre las nueve. Pero está dejando de apetecerme: cada día respiro mejor, corro más rápido, y sin embargo eso no basta. Temo que esa maldita idea de la frustración, tan recurrente, tan punzante, me vaya a adelantar cualquiera de estas noches.


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domingo, 6 de febrero de 2011

Radionovela. Capítulo 3: "Fotografía"

No vale nada la película. Es otra comedia americana construida sobre un guión de apenas dos líneas. La trama es raquítica. Sin gracia. Repleta de lugares comunes y viejas fórmulas. No pasa nada. Los actores ni fu ni fa. Y luego está esa sensación de haber visto lo mismo un millón de veces, no sé si me explico.

Eso piensa Sela y el resto del público dominical, que decidió que el cine sería buena opción para la tarde del último día de la semana. El título de la película da igual. Y mucho más en el caso de Sela, que invirtió algo más de una hora de proyección en pensar en silencio en sus cosas, en penumbra, sin otorgarle ninguna atención en absoluto a lo que estaba viendo y sí a toda la información y todas las ensoñaciones que se le iban acumulando dentro, en la cabeza.

Ir sola al cine tiene sus ventajas, pero también, supongo, inconvenientes. Está bien no enterarse de la película porque no has de comentarla con nadie luego. Está bien no tener que dar explicaciones si a ti te gusta sentarte en las primeras filas. Y evitar el debate de qué escogemos antes de entrar, o si picamos algo antes o después, o si palomitas o chuches o nada. Está bien para pensar, para tomar decisiones, para aguardar a que la trama de la película esconda un mensaje cifrado escrito en exclusiva sólo para ti, una señal que te ayude a decidir qué haces con tu vida, con tu trabajo, con el novio, con tu hermano, con la cita del médico, con tu destino.

¿Inconvenientes? ¿Inconvenientes de ir sola? No los encuentro.

La tonta película de ayer domingo no le ha dado demasiadas claves a Sela Freyre Stuyk, o sea la Sela a la que nos referimos antes, una chica de treinta y seis años que desempeña el papel profesional de ejecutiva agresiva en el departamento de Nuevos Negocios, sin demasiada remuneración pero sí muchos sacrificios a cambio, por cierto. Por suerte este cine de domingo sí le ha dado paz, un soniquete agradable, que le ha servido a Sela para ordenar un poco las ideas. Paz para pensar en la posición que ocupa en la compañía, en cada vez más próxima y más apetecible vacante de Washington, en su prometido y los preparativos de su boda en octubre, en lo que de verdad quiere, en lo que pensaba que era atracción hacia su ex jefe directo y luego resultó ser “no sé”, en Samuel, en la patológica sensación de frustración que no consigue diagnosticarle ningún análisis, en las dos entrevistas de trabajo de la pasada semana, en la edad que tiene por dentro y por fuera, en los amigos y amigas de mentira que habitan sus redes sociales. En el personaje borroso y sin guión que es ella -aunque doliera reconocerlo- fuera del trabajo. Y dentro también.

Es curioso: la tarde del domingo le cambió a Sela su entrada de cine por una completa y minuciosa fotografía de sus treinta y seis años de vida.

Y no le gustó lo que vio.

Cuando empezaron a desfilar los títulos de crédito y se escucharon los primeros murmullos de la sala, el crujido de los abrigos y los impermeables, Sela decidió no casarse de momento y, a la vez, se convenció a sí misma de que sin perder más tiempo daría el paso en el trabajo y se postularía formalmente para el puesto de Washington. Disponibilidad plena. Asunto zanjado.

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