Qué mala suerte. El sol se desintrega justo ahora, veinte minutos antes de que comience el partido. Curioso eclipse: se ha hecho de noche de repente, en el momento más inoportuno, dejando desnudo todo este frío. El viento congelante se lleva a los jugadores al túnel de vestuarios y da por suspendidos, por pura glaciación, los calentamientos. Juegan los Red Bull de Nueva York y el DC United. Un partidazo creo: según me dijo Jeffrey es uno de los grandes duelos de esta extraña liga de soccer.
He venido solo. Al final Jeff no podía y, bueno, por no tirar la entrada... pues vine.
Empieza ya. Aunque todavía no hay mucho ambiente. Dice este hombre de al lado que luego esto se caldea, que esta gente de los bulls son puro espectáculo. A ver. Aunque creo que los cánticos y toda esa parafernalia que vi por la tele pasa más con el béisbol. No sé. Bueno, el hot dog está buenísimo. Eso sí. Me gusta. Y me gusta esta sensación. De hecho, a decir verdad, creo que es la primera vez en mi vida que me siento libre, libre de verdad, realmente feliz.
Ya salen los jugadores. Mira, ése debe de ser el capitán.
Yo me siento como alejado de todo. No sabría explicarlo. Estoy en otro país, partiendo de cero, pero estoy bien. Soy Samuel Sapiro, un desconocido para toda esta gente y también para mí mismo. Es raro. Me apetece gritar mi nombre, mezclarme con las vidas de esta gente, saltar, cantar estúpidas canciones, celebrar los goles.
Sapiro. Con "i" latina. Encantado.
Los capítulos de esta RADIONOVELA pueden escucharse cada semana en el programa de radio El Hombre Que Se Enamoró De La Luna (los martes, desde las 22:30h, en el 102.4 FM de Madrid y www.radioutopia.es) y también, de forma independiente, en la página web del programa: en este enlace.
martes, 29 de marzo de 2011
domingo, 27 de marzo de 2011
La b.
Tener opiniones es estar vendido a uno mismo.
No tener opiniones es existir.
Tener todas las opiniones es ser poeta.
Fernando Pessoa.
De "El Libro del desasosiego".
No tener opiniones es existir.
Tener todas las opiniones es ser poeta.
Fernando Pessoa.
De "El Libro del desasosiego".
martes, 22 de marzo de 2011
Radionovela. Capítulo 9: "Escáner"
Cuántas veces ha de sucedernos para que no se nos olvide. Cuántas.
Siempre haciendo planes, pensando en el futuro, anotando estupideces en la agenda sin querer hacernos cargo de los detalles realmente importantes de la vida.
Mirad a Sela. Miradla ahora.
Sí, ya la conocéis. Sela Freyre Stuyk, toda una joven realidad del departamento de Nuevos Negocios de Salomon Corporation. No hace ni una semana que aceptaba el puesto de Washington y, si no recuerdo mal, ni siquiera han pasado tres días desde que decidió alquilar su estudio en la calle Cifuentes para dar el salto. “Sin ataduras”, decía.
Qué lástima. Miradla ahora. Como dormida. Tendida, frágil, formateada en una cama de cuidados intensivos del hospital de la Victoria.
Vaya.
No saben qué tiene. Un fallo multiorgánico repentino dijo Campos. No sé, nadie sabe nada: tampoco si tiene opciones de bajar a planta o no. De momento no dicen nada, imagino que para cubrirse las espaldas. Los médicos, ya se sabe. El problema es que no responde de momento al tratamiento. El principal problema es ese. Se la encontraron las chicas de marketing en el cuarto de baño, como muerta.
Pobre Sela. Ojalá ese terrorífico escáner le descubra pronto lo que tiene. O la biopsia que tiene programada para este martes. Tienen que encontrarle lo que le pasa. Alguna de las máquinas androides que colecciona este prestigioso y carísimo hospital privado debería de poder leer lo que está gritando su cerebro.
No puede moverse, ni abrir los ojos, ni hablar. Pero se está moviendo ahí dentro. Nosotros lo sabemos. No puede descansar porque le falta paz. No por la fiebre. Le molestan su familia y los compañeros de trabajo, que pasan los días haciendo guardia ahí fuera. Es curioso, pero a pesar del dolor agudo que siente en el pecho guarda aún fuerzas para más, para otras sensaciones menos valiosas. Es como si a Sela le fatigara el mundo que le está esperando en la sala de espera.
Ella no tiene voz ni gestos ni montañas en los monitores de la UCI que le sirvan de palabras. No tiene modo de expresión, gramática que explique lo que quiere decir. Está muda. No puede Sela gritar que sólo desea que acuda a verla un tal Samuel, que al menos por lo que nosotros hemos podido averiguar no es más que un casi-completo desconocido, compañero suyo de la oficina.
Samuel. No sabemos por qué.
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Siempre haciendo planes, pensando en el futuro, anotando estupideces en la agenda sin querer hacernos cargo de los detalles realmente importantes de la vida.
Mirad a Sela. Miradla ahora.
Sí, ya la conocéis. Sela Freyre Stuyk, toda una joven realidad del departamento de Nuevos Negocios de Salomon Corporation. No hace ni una semana que aceptaba el puesto de Washington y, si no recuerdo mal, ni siquiera han pasado tres días desde que decidió alquilar su estudio en la calle Cifuentes para dar el salto. “Sin ataduras”, decía.
Qué lástima. Miradla ahora. Como dormida. Tendida, frágil, formateada en una cama de cuidados intensivos del hospital de la Victoria.
Vaya.
No saben qué tiene. Un fallo multiorgánico repentino dijo Campos. No sé, nadie sabe nada: tampoco si tiene opciones de bajar a planta o no. De momento no dicen nada, imagino que para cubrirse las espaldas. Los médicos, ya se sabe. El problema es que no responde de momento al tratamiento. El principal problema es ese. Se la encontraron las chicas de marketing en el cuarto de baño, como muerta.
Pobre Sela. Ojalá ese terrorífico escáner le descubra pronto lo que tiene. O la biopsia que tiene programada para este martes. Tienen que encontrarle lo que le pasa. Alguna de las máquinas androides que colecciona este prestigioso y carísimo hospital privado debería de poder leer lo que está gritando su cerebro.
No puede moverse, ni abrir los ojos, ni hablar. Pero se está moviendo ahí dentro. Nosotros lo sabemos. No puede descansar porque le falta paz. No por la fiebre. Le molestan su familia y los compañeros de trabajo, que pasan los días haciendo guardia ahí fuera. Es curioso, pero a pesar del dolor agudo que siente en el pecho guarda aún fuerzas para más, para otras sensaciones menos valiosas. Es como si a Sela le fatigara el mundo que le está esperando en la sala de espera.
Ella no tiene voz ni gestos ni montañas en los monitores de la UCI que le sirvan de palabras. No tiene modo de expresión, gramática que explique lo que quiere decir. Está muda. No puede Sela gritar que sólo desea que acuda a verla un tal Samuel, que al menos por lo que nosotros hemos podido averiguar no es más que un casi-completo desconocido, compañero suyo de la oficina.
Samuel. No sabemos por qué.
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domingo, 20 de marzo de 2011
Radionovela. Capítulo 8: "Aeropuerto".
Puede uno haber estado viajando toda la vida y, a la vez, nunca haber viajado solo. Siempre con amigos, con familia, con las parejas de uno. E incluso a veces con algún compañero, con conocidos o superiores por motivo de trabajo.
En treinta y nueve años era la primera vez que Samuel Sapiro esperaba solo en un aeropuerto antes de despegar, anclado frente a su puerta de embarque, pensándose si tendría tiempo o no de tomar un café rápido en el buffet de ahí al lado.
Tenía ante sí muchas horas de viaje para decidir si estaba cometiendo o no el mayor error de su vida. Lo apostaba todo a este viaje. Ahí va. Ya es tarde para echarse atrás. Juguemos a la ruleta: apuéstemelo todo al 17 negro.
Ya llaman a los pasajeros. Pasajeros del vuelo “Quién Sabe” con destino “Otra Ciudad” embarquen por la puerta 17N.
No, mejor no tomar café. Tal vez sea mejor volar dormido, tratar de soñar, no pensar demasiado.
Los capítulos de esta RADIONOVELA pueden escucharse cada semana en el programa de radio El Hombre Que Se Enamoró De La Luna (los martes, desde las 22:30h, en el 102.4 FM de Madrid y www.radioutopia.es) y también, de forma independiente, en la página web del programa: en este enlace.
En treinta y nueve años era la primera vez que Samuel Sapiro esperaba solo en un aeropuerto antes de despegar, anclado frente a su puerta de embarque, pensándose si tendría tiempo o no de tomar un café rápido en el buffet de ahí al lado.
Tenía ante sí muchas horas de viaje para decidir si estaba cometiendo o no el mayor error de su vida. Lo apostaba todo a este viaje. Ahí va. Ya es tarde para echarse atrás. Juguemos a la ruleta: apuéstemelo todo al 17 negro.
Ya llaman a los pasajeros. Pasajeros del vuelo “Quién Sabe” con destino “Otra Ciudad” embarquen por la puerta 17N.
No, mejor no tomar café. Tal vez sea mejor volar dormido, tratar de soñar, no pensar demasiado.
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martes, 15 de marzo de 2011
Tahrir.
Ben Alí Fukushima,
Muamar el Gadafi,
El Aaiún Rubalcaba.
Ahmadineyad Miyagi Tahrir.
Sobre todo Tahrir.
Vaya Hosni Mubarak.
Muamar el Gadafi,
El Aaiún Rubalcaba.
Ahmadineyad Miyagi Tahrir.
Sobre todo Tahrir.
Vaya Hosni Mubarak.
sábado, 12 de marzo de 2011
Por lo menos.
Casi prefiero ponerle los supositorios al nene. Mejor que el Dalsy. Por lo menos, cubren de paz y bajas temperaturas ocho horas en vez de seis. Basta ya de buen tiempo: necesitamos que la temperatura de marzo baje. Al menos hasta los 37 grados.
Qué apocalipsis manga lo de Japón, qué tremenda tristeza. Por lo menos, qué bien programada parece que está Niponia para soportarlo, para llorar a su gente, para esquivar los estornudos del mar y las atronadoras convulsiones terrestres.
A lo peor sientes que la crisis económica financiera global te aprieta. Pero no te ahoga. Porque tienes salud, mejor o peor o mediopensionista, por lo menos. Así es que recuerda que hay vida más allá del euríbor: que no te importen los analistas de Merril Lynch; sólo has de fijarte bien en tus análisis.
Qué apocalipsis manga lo de Japón, qué tremenda tristeza. Por lo menos, qué bien programada parece que está Niponia para soportarlo, para llorar a su gente, para esquivar los estornudos del mar y las atronadoras convulsiones terrestres.
A lo peor sientes que la crisis económica financiera global te aprieta. Pero no te ahoga. Porque tienes salud, mejor o peor o mediopensionista, por lo menos. Así es que recuerda que hay vida más allá del euríbor: que no te importen los analistas de Merril Lynch; sólo has de fijarte bien en tus análisis.
martes, 8 de marzo de 2011
XXL.
El tiempo viste una talla XXL. Caben dentro las cosas que no cambian y, a la vez, todas las cosas que no dejan de cambiar.
Hoy he escuchado silbar a un pintor. Exactamente igual que ha pasado siempre, porque desde siempre uno de las capacidades esenciales de un buen pintor en saber silbar, entonar silbando, gustarse tarareando melodías.
Al tiempo me imagino perfectamente las salas de espera de los hospitales hoy, en maternidad, repletas de padres que esperan el nacimiento de sus hijos con el portátil o el iPad o el iPhone en la mano, mandando la última hora por mail a todo el planeta. Y me imagino más: seguro que bien pronto cambiarán los trámites y las rutinas inamovibles para los padres después del nacimiento de la criatura. ¿O acaso no es previsible que los papás del mundo incorporen a la visita al registro civil, a la seguridad social y a hacienda la tarea de dar de alta un nuevo perfil -el del niño o la niña- en facebook?
Ha nacido Carlota. ¿Y su padre? Ahora viene, está dándole de alta a la niña en el facebook.
Hoy he escuchado silbar a un pintor. Exactamente igual que ha pasado siempre, porque desde siempre uno de las capacidades esenciales de un buen pintor en saber silbar, entonar silbando, gustarse tarareando melodías.
Al tiempo me imagino perfectamente las salas de espera de los hospitales hoy, en maternidad, repletas de padres que esperan el nacimiento de sus hijos con el portátil o el iPad o el iPhone en la mano, mandando la última hora por mail a todo el planeta. Y me imagino más: seguro que bien pronto cambiarán los trámites y las rutinas inamovibles para los padres después del nacimiento de la criatura. ¿O acaso no es previsible que los papás del mundo incorporen a la visita al registro civil, a la seguridad social y a hacienda la tarea de dar de alta un nuevo perfil -el del niño o la niña- en facebook?
Ha nacido Carlota. ¿Y su padre? Ahora viene, está dándole de alta a la niña en el facebook.
Adversativa.
He conocido a una chica adversativa, mas pero aunque no obstante sin embargo.
Está casada pero no lleva anillo.
Trabaja duro, pero hace soft ballet.
Se come el mundo y la empresa sin tener creo yo mucho apetito por cosas tan pequeñas como el estatus profesional, la ambición laboral o las estúpidas reuniones de trabajo.
Está casada pero no lleva anillo.
Trabaja duro, pero hace soft ballet.
Se come el mundo y la empresa sin tener creo yo mucho apetito por cosas tan pequeñas como el estatus profesional, la ambición laboral o las estúpidas reuniones de trabajo.
somnOLEncia.
Salí a torear algo abatido, sin haber dormido demasiado. Recibí al peligro por chicuelinas, entre bostezos y olés sonados.
Para nada: al final pinché con la espada y volvieron los fantasmas. De modo que tomé la montera, con mis dos ojeras, y marché a mi casa.
Para nada: al final pinché con la espada y volvieron los fantasmas. De modo que tomé la montera, con mis dos ojeras, y marché a mi casa.
viernes, 4 de marzo de 2011
Abroad.
My ideas have vanished. I guess you need to escape, undergo new experiences, when you are young and wild. And they are so tender, so naive... you know what I mean.
They´re living in London, undressed, plotting revolutionary plans for us. They escaped from my paralysis, decided to search a new and different way to understand our world.
There´re clouds and stormy people there. Who knows: maybe my ideas may find open doors in this place too, more and more words to draw solutions, keys to enlighten me and open my mind.
Yes: this is happening there, in London, with one million words in English flying away in the air, far from me.
My ideas were bored here, at home. And they left my neighbourhood, my way of dreaming in Spanish, my present.
Now they are trying to think alone, abroad, in English. Let´s see.
They´re living in London, undressed, plotting revolutionary plans for us. They escaped from my paralysis, decided to search a new and different way to understand our world.
There´re clouds and stormy people there. Who knows: maybe my ideas may find open doors in this place too, more and more words to draw solutions, keys to enlighten me and open my mind.
Yes: this is happening there, in London, with one million words in English flying away in the air, far from me.
My ideas were bored here, at home. And they left my neighbourhood, my way of dreaming in Spanish, my present.
Now they are trying to think alone, abroad, in English. Let´s see.
jueves, 3 de marzo de 2011
Radionovela. Capítulo 7: "Música".
El barrio da igual. Incluso el país. Hay costumbres que no cambian. Martín por ejemplo conserva inamovible la hora de su toque de queda. En cuatro años su padre Aquiles y él han cambiado ya hasta tres veces de hábitat –el DF primero, Madrid después y ahora Nueva York-, pero han conservado algunas coordenadas de vida. Ciertos horarios. Cambió el entorno, cambiaron sus conocidos, pero no la hora a la que había que volver a casa cada día para cenar, por ejemplo.
A las nueve, chico, a las nueve. Me da igual lo que hagan tus amigos. Me dan igual las costumbres de Brooklyn, o que esta noche los Yankees jueguen las Series Mundiales. Anota este número, chaval: nueve; nue-ve; ¿queda claro?
Lo que son las cosas. La noche en la que nos acercamos a espiarles ambos habían faltado a su cita. De hecho, era la primera vez en varios meses que su casa diminuta de alquiler, a la espalda de la calle Bedford, estaba vacía a la hora de cenar.
Aquiles seguía en la puerta del hotel Hudson, haciendo horas extra como seguridad de apoyo en el hall principal. El director del hotel, Charlie Bradson, le había pedido que supliera a Harry.
¿Y Martín? Justo a esa hora el adolescente esperaba a la nueva vecina del barrio, a la que sus amigos llamaban la canadiense, confiando en que después de sus clases de piano ésta regresara a casa como cada noche. Pasaba el tiempo disimulando, recostado en un banco.
Entonces sucedió. Fue sobre las nueve y veinte de la noche. No sería mucho más tarde. Hubo silencio. Calma. Rutina. Y después, zas: el agente de seguridad Aquiles Ortega vio cómo cruzaba el vestíbulo, volando, una presencia ficticia, resplandeciente. Su tránsito dejó escrito un signo de interrogación. Era compositora e intérprete según supo semanas más tarde; se llamaba Laura Kurtz.
A la misma hora, en la otra punta de la ciudad, la canadiense pasó al fin por la calle Bedford, sonriente, silbando el final de su práctica del jueves. Pasó por delante de Martín, el vivo retrato de su padre. Tarareaba la canadiense algo de Sibelius, una sonata tal vez.
El caso es que aquella noche cada cual, padre e hijo, cenó por su cuenta.
Los capítulos de esta RADIONOVELA pueden escucharse cada semana en el programa de radio El Hombre Que Se Enamoró De La Luna (los martes, desde las 22:30h, en el 102.4 FM de Madrid y www.radioutopia.es y también, de forma independiente, en la página web del programa: en este enlace.
A las nueve, chico, a las nueve. Me da igual lo que hagan tus amigos. Me dan igual las costumbres de Brooklyn, o que esta noche los Yankees jueguen las Series Mundiales. Anota este número, chaval: nueve; nue-ve; ¿queda claro?
Lo que son las cosas. La noche en la que nos acercamos a espiarles ambos habían faltado a su cita. De hecho, era la primera vez en varios meses que su casa diminuta de alquiler, a la espalda de la calle Bedford, estaba vacía a la hora de cenar.
Aquiles seguía en la puerta del hotel Hudson, haciendo horas extra como seguridad de apoyo en el hall principal. El director del hotel, Charlie Bradson, le había pedido que supliera a Harry.
¿Y Martín? Justo a esa hora el adolescente esperaba a la nueva vecina del barrio, a la que sus amigos llamaban la canadiense, confiando en que después de sus clases de piano ésta regresara a casa como cada noche. Pasaba el tiempo disimulando, recostado en un banco.
Entonces sucedió. Fue sobre las nueve y veinte de la noche. No sería mucho más tarde. Hubo silencio. Calma. Rutina. Y después, zas: el agente de seguridad Aquiles Ortega vio cómo cruzaba el vestíbulo, volando, una presencia ficticia, resplandeciente. Su tránsito dejó escrito un signo de interrogación. Era compositora e intérprete según supo semanas más tarde; se llamaba Laura Kurtz.
A la misma hora, en la otra punta de la ciudad, la canadiense pasó al fin por la calle Bedford, sonriente, silbando el final de su práctica del jueves. Pasó por delante de Martín, el vivo retrato de su padre. Tarareaba la canadiense algo de Sibelius, una sonata tal vez.
El caso es que aquella noche cada cual, padre e hijo, cenó por su cuenta.
Los capítulos de esta RADIONOVELA pueden escucharse cada semana en el programa de radio El Hombre Que Se Enamoró De La Luna (los martes, desde las 22:30h, en el 102.4 FM de Madrid y www.radioutopia.es y también, de forma independiente, en la página web del programa: en este enlace.
martes, 1 de marzo de 2011
Toreo de salón.
Yo era como un escritor sin lectores. Mejor aún, un escritor al que no le publicaban sus obras.
Pero la verdad es que nunca dejé de escribir.
No tengo talento, lo reconozco. Pero sí fuerza de voluntad. Y creo que en esta vida el hombre con fuerza de voluntad llega tan lejos como el inteligente.
Juan Mora, torero.
Pero la verdad es que nunca dejé de escribir.
No tengo talento, lo reconozco. Pero sí fuerza de voluntad. Y creo que en esta vida el hombre con fuerza de voluntad llega tan lejos como el inteligente.
Juan Mora, torero.
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