Las semifinales femeninas de Wimbledon dos mil diez.
Petra Kvitova Serena Williams, Svetana Pironkova Vera Zvoraneva.
Svetana Pironkova Petra Kvitova, Serena Williams Vera Zvoraneva. Vera Williams Zvoraneva, Kvitova Svetana, Pironkova Serena Petra. Williams Pironkova, Petra Kvitova Pironkova Zvoraneva, luego entonces Vera.
¿Vera? Serena, serena svetana vera. Y Petra: Petra Williams Pironkova.
PD: KKV, o sea Kvito Kvitova Vera.
Sé ruso.
miércoles, 30 de junio de 2010
Pavel Chkëst.
El balón. O los neumáticos peludos tal vez.
Muchos expertos en nada en particular han polemizado en las últimas semanas y se han interpelado en debate público preguntándose cuál habría sido el invento principal nacido del ser humano. Dentro de un ciclo de conferencias y encuentros con estudiantes extranjeros que ha tenido lugar en ningún lugar, científicos y físicos cuánticos y cuálicos de todo el planeta han cuestionado recientemente los logros de nuestro siglo y del siglo anterior, también nuestro. Las conclusiones formarán parte de un informe que estará disponible en la página web del ICI, Instituto de Ciencia Interpuesta, en las próximas semanas.
Según ha podido saber este periódico, y la espera del documento definitivo, parece que se confirman los rumores que apuntarían a que el invento definitivo en la historia del ser humano no es otro que el último modelo de Smart, un coche pequeño "que es como un cohete" como podría haber llegado a apuntar el físico checo Pavel Chkëst según fuentes no oficiales, y que incluye además entre sus prestaciones -y aquí podría residir una de las claves- la conexión automática al servicio Internet de Spotify. A este respecto, la página web de la revista "Sciencieconfidential" ha publicado en las últimas horas un fragmento del informe presentado por Chkëst en comisión extraodinaria del ICI que avalaría la designación del Smart con Spotify como "principal hallazgo del ser humano". Reproducimos literalmente en nuestro periódico un pequeño extracto de su valoración: "Conducir libremente, poder escapar y poseer la sensación de tener los pies en el suelo y, a la vez, tener ante sí cualquier destino, cualquier frontera. Éstas han sido tradicionalmente algunas de las bondades intangibles que nos han proporcionado los turismos, los coches de nuestros padres y, después de éstos, los nuestros. Con ellos -con los automóviles utilitarios- tenemos la sensación de que podemos escapar cuando deseemos, de que es sólo cuestión de tiempo cruzar el viejo continente de lado a lado, atravesar el pequeño gran escenario en el que habitamos, dejar atrás cualquier entorno. Con ellos tomamos café en Turín y desayunamos en Donetsk, paseamos hoy en Montreal y mañana en Managua, en Buenos Aires. Con ellos somos libres sin tener que despegarnos del suelo, sin perder la perspectiva del mundo al que pertenecemos. Además, desde ahora -y permítanme que exponga claramente en esta parte de mi discurso mis preferencias de cara al reconocimento "Principal Hallazgo del Ser Humano" por el que nos hemos reunido- podemos hacerlo en compañía, con la banda sonora infinita que nos brinda el programa Spotify, un servicio online con gran aceptación en todo el mundo. Esta es mi candidatura, señores: el nuevo Smart con Spotify. ¿Por qué? Es obvio. Gracias a Smart, al último modelo Smart de la firma Mercedes, el sueño HOY es posible. Kilómetros de viaje, margen para la escapada como en las últimas décadas, y desde ahora además toda la música del mundo para elegir. Música libre sobre ruedas. Imagínenlo. Sin límites, sin cedés predeterminados, con la..."
Muchos expertos en nada en particular han polemizado en las últimas semanas y se han interpelado en debate público preguntándose cuál habría sido el invento principal nacido del ser humano. Dentro de un ciclo de conferencias y encuentros con estudiantes extranjeros que ha tenido lugar en ningún lugar, científicos y físicos cuánticos y cuálicos de todo el planeta han cuestionado recientemente los logros de nuestro siglo y del siglo anterior, también nuestro. Las conclusiones formarán parte de un informe que estará disponible en la página web del ICI, Instituto de Ciencia Interpuesta, en las próximas semanas.
Según ha podido saber este periódico, y la espera del documento definitivo, parece que se confirman los rumores que apuntarían a que el invento definitivo en la historia del ser humano no es otro que el último modelo de Smart, un coche pequeño "que es como un cohete" como podría haber llegado a apuntar el físico checo Pavel Chkëst según fuentes no oficiales, y que incluye además entre sus prestaciones -y aquí podría residir una de las claves- la conexión automática al servicio Internet de Spotify. A este respecto, la página web de la revista "Sciencieconfidential" ha publicado en las últimas horas un fragmento del informe presentado por Chkëst en comisión extraodinaria del ICI que avalaría la designación del Smart con Spotify como "principal hallazgo del ser humano". Reproducimos literalmente en nuestro periódico un pequeño extracto de su valoración: "Conducir libremente, poder escapar y poseer la sensación de tener los pies en el suelo y, a la vez, tener ante sí cualquier destino, cualquier frontera. Éstas han sido tradicionalmente algunas de las bondades intangibles que nos han proporcionado los turismos, los coches de nuestros padres y, después de éstos, los nuestros. Con ellos -con los automóviles utilitarios- tenemos la sensación de que podemos escapar cuando deseemos, de que es sólo cuestión de tiempo cruzar el viejo continente de lado a lado, atravesar el pequeño gran escenario en el que habitamos, dejar atrás cualquier entorno. Con ellos tomamos café en Turín y desayunamos en Donetsk, paseamos hoy en Montreal y mañana en Managua, en Buenos Aires. Con ellos somos libres sin tener que despegarnos del suelo, sin perder la perspectiva del mundo al que pertenecemos. Además, desde ahora -y permítanme que exponga claramente en esta parte de mi discurso mis preferencias de cara al reconocimento "Principal Hallazgo del Ser Humano" por el que nos hemos reunido- podemos hacerlo en compañía, con la banda sonora infinita que nos brinda el programa Spotify, un servicio online con gran aceptación en todo el mundo. Esta es mi candidatura, señores: el nuevo Smart con Spotify. ¿Por qué? Es obvio. Gracias a Smart, al último modelo Smart de la firma Mercedes, el sueño HOY es posible. Kilómetros de viaje, margen para la escapada como en las últimas décadas, y desde ahora además toda la música del mundo para elegir. Música libre sobre ruedas. Imagínenlo. Sin límites, sin cedés predeterminados, con la..."
domingo, 27 de junio de 2010
Solo.
"Colaborar, unirse, actuar junto a otros, es un impulso metafísicamente mórbido. El alma que le es dada al individuo no debe ser prestada a sus relaciones con los otros. El hecho divino de existir no debe ser entregado al hecho satánico de coexistir.
Al actuar junto a otros pierdo, al menos, una cosa: el actuar sólo. Cuando me entrego, aunque parezca que me expando, me limito. Convivir es morir.
Nuestra vida de adultos se reduce a dar limosnas a los otros. Vivimos todos de la limosna ajena. Desperdiciamos nuestra personalidad en orgías de coexistencia".
Dedicado a todos aquellos que últimamente presentan algunas dudas alrededor de conceptos como grupo, trabajo en equipo, convivencia en sociedad o sinergia. Para ellos, y para mí también, de parte de Fernando Pessoa. Del Libro del desasosiego.
Al actuar junto a otros pierdo, al menos, una cosa: el actuar sólo. Cuando me entrego, aunque parezca que me expando, me limito. Convivir es morir.
Nuestra vida de adultos se reduce a dar limosnas a los otros. Vivimos todos de la limosna ajena. Desperdiciamos nuestra personalidad en orgías de coexistencia".
Dedicado a todos aquellos que últimamente presentan algunas dudas alrededor de conceptos como grupo, trabajo en equipo, convivencia en sociedad o sinergia. Para ellos, y para mí también, de parte de Fernando Pessoa. Del Libro del desasosiego.
De Zidanes y mamones.
Si alguna vez me necesitan, si conspiran para juntarse, para formar un grupo compacto que premie a los grandes deportistas de élite de la historia, a los que utilizaron su condición de elegidos para algo más, los que se convirtieron gracias a su humildad y su inteligencia en profesores sociales, en líderes de opinión, en ejemplos para los muchachos y las chavalas de su región, AHÍ ME TENDRÁN, yo seré el primero de la fila, que cuenten conmigo para lo que haga falta, aquí está mi voto.
Nadie aplaudirá más fuerte que yo a Rafa Nadal, un nene que con independencia de su palmarés expansivo y monumental ha dado ya tantas lecciones de humildad, de tesón y de trabajo en la sombra que me ha ganado tres sets a cero el espíritu. No consiento que nadie trate mejor que yo a Earvin Magic Johnson, que convirtió sus pases imposibles en el Forum de Los Angeles e incluso también su vida lasciva después de cada partido en una campaña de prevención y concienciación social frente al Sida. Me apunto a la ovación de los que son señores dentro y fuera del campo, a los que a pesar de conceder entrevistas en chancletas dicen cosas tan asombrosas y tan familiares como Pau Gasol, que ya se ha casado dos veces con el título de la NBA y cada vez es mejor pívot, mejor alero y mejor hijo. Puedo reirle las gracias y darle bola incluso, INCLUSO, a Emilio Butragueño, al Pep claro, al señor Enriq Masip que es amigo de David Barrufet que es amigo a su vez del mítico Tomas Svensson. Y que viva para siempre Epi. O el bueno de Larry Joe Bird. Y que nunca se ponga moreno de fama Andresito Iniesta. O aquel muchacho que miraba atrás, y miraba atrás, y miraba atrás, y después ganaba el oro: Cacho, Fermín. ¿Y qué decir de Marta Domínguez? Casi todo bueno.
Pero que no me metan en ese saco a Zidane. Que Zidane no es ni nunca ha sido Laudrup, que no es un señor, que no es deporte y además mucho más, que no es ni humilde ni modesto ni señor ni nada, que además del regatito ése en círculos que hacía también, además de los goles majestuosos en Europa y las maniobras despacísimas y efectivas en el centro del campo, ADEMÁS, es un hombre que siempre ha tenido mal perder, que siempre ha dado patadas a destiempo como un alopécico malcriado, que siempre ha subrayado ante el mundo que era un jugador inestable, desquiciado, que perdía los papeles con facilidad. Dejen en paz a Materazzi: el error mayúsculo fue de Zidane, que en vez de terminar su carrera con un triple frente a Jordan en un All Star -desde 75 metros aproximadamente- como hizo Magic, puso el broche con una tontería muy estúpida y muy infantil y muy chorra, de niñato, que hubiera firmado el mejor y más inestable Guti. Zidane no es un señor. Zidane no es un embajador de nada. Zidane es un ex jugador de fútbol que jugaba de cine, que transformó el mediocampo para siempre, que dejó postales imborrables. Pero que llevaba un mal deportista dentro. De modo que basta ya. Dejen de engrandecer una leyenda que no existe. Recuerden sus jugadas pero no santifiquen a quien no deben.
Se lo advierto. Si siguen por ese camino tomaré represalias: pondré en la calle una campaña de lavado de imagen de Maradona, un jugador extraterrestre –puede que el más extraterrestre que ha existido junto a Caminero- que al fin y al cabo no es tan mal chico ¿no? ¿O es que no les gusta cómo le cae el traje? ¿O es que finalmente no juegan bien muy bien sus muchachos?
De modo que gracias pero sólo a los que la merecen. Gracias por lo que hicieron en la cancha. Y por la magia que desataron fuera.
Nadie aplaudirá más fuerte que yo a Rafa Nadal, un nene que con independencia de su palmarés expansivo y monumental ha dado ya tantas lecciones de humildad, de tesón y de trabajo en la sombra que me ha ganado tres sets a cero el espíritu. No consiento que nadie trate mejor que yo a Earvin Magic Johnson, que convirtió sus pases imposibles en el Forum de Los Angeles e incluso también su vida lasciva después de cada partido en una campaña de prevención y concienciación social frente al Sida. Me apunto a la ovación de los que son señores dentro y fuera del campo, a los que a pesar de conceder entrevistas en chancletas dicen cosas tan asombrosas y tan familiares como Pau Gasol, que ya se ha casado dos veces con el título de la NBA y cada vez es mejor pívot, mejor alero y mejor hijo. Puedo reirle las gracias y darle bola incluso, INCLUSO, a Emilio Butragueño, al Pep claro, al señor Enriq Masip que es amigo de David Barrufet que es amigo a su vez del mítico Tomas Svensson. Y que viva para siempre Epi. O el bueno de Larry Joe Bird. Y que nunca se ponga moreno de fama Andresito Iniesta. O aquel muchacho que miraba atrás, y miraba atrás, y miraba atrás, y después ganaba el oro: Cacho, Fermín. ¿Y qué decir de Marta Domínguez? Casi todo bueno.
Pero que no me metan en ese saco a Zidane. Que Zidane no es ni nunca ha sido Laudrup, que no es un señor, que no es deporte y además mucho más, que no es ni humilde ni modesto ni señor ni nada, que además del regatito ése en círculos que hacía también, además de los goles majestuosos en Europa y las maniobras despacísimas y efectivas en el centro del campo, ADEMÁS, es un hombre que siempre ha tenido mal perder, que siempre ha dado patadas a destiempo como un alopécico malcriado, que siempre ha subrayado ante el mundo que era un jugador inestable, desquiciado, que perdía los papeles con facilidad. Dejen en paz a Materazzi: el error mayúsculo fue de Zidane, que en vez de terminar su carrera con un triple frente a Jordan en un All Star -desde 75 metros aproximadamente- como hizo Magic, puso el broche con una tontería muy estúpida y muy infantil y muy chorra, de niñato, que hubiera firmado el mejor y más inestable Guti. Zidane no es un señor. Zidane no es un embajador de nada. Zidane es un ex jugador de fútbol que jugaba de cine, que transformó el mediocampo para siempre, que dejó postales imborrables. Pero que llevaba un mal deportista dentro. De modo que basta ya. Dejen de engrandecer una leyenda que no existe. Recuerden sus jugadas pero no santifiquen a quien no deben.
Se lo advierto. Si siguen por ese camino tomaré represalias: pondré en la calle una campaña de lavado de imagen de Maradona, un jugador extraterrestre –puede que el más extraterrestre que ha existido junto a Caminero- que al fin y al cabo no es tan mal chico ¿no? ¿O es que no les gusta cómo le cae el traje? ¿O es que finalmente no juegan bien muy bien sus muchachos?
De modo que gracias pero sólo a los que la merecen. Gracias por lo que hicieron en la cancha. Y por la magia que desataron fuera.
viernes, 25 de junio de 2010
Literario.
Un bloj literario. Ojalá existiera. Que con pocas palabras nos diera un pellizco. Que nos moviera a pensar, a proyectar planes. Que trajera música sencilla para clarear los días fofos.
Sin estribillos. Ojalá.
Sin estribillos. Ojalá.
miércoles, 23 de junio de 2010
Próximamente.
No dispongo de demasiado tiempo hoy –tampoco- y, como temía cuando abrí la puerta de casa hace un rato, noto ahora, en directo, que las fuerzas se me van disolviendo a bocados. Se deshacen el afán y la garra precisas para escribir: el ímpetu se me descompone como el limón encendido del maravilloso Neobrufen 600 (en sobres) cuando el cítrico medicamento se mestiza buceando en el agua fresca.
Por todo eso este texto sólo puede ser un tráiler, un avance, un “próximamente en esta pantalla” que recoja sucintamente los dos o tres grandes temas que tengo entre manos. O sea en la cabeza. Porque estoy cansado, porque tengo un relojito muy chiquitito como diría cualquier cancioncita infantil de ésas que ahora tanto consumo, pero sigo poseyendo grandísimas y relevantes ideas que contar. Eso y, además, un fabuloso público que es cuarto creciente y que por si fuera poco peligrosa la cosa me incita exponencialmente.
Bueno, pues voy. Le pongo música. Y tres argumentos.
En primer lugar, en esta pantalla llegará muy pronto una breve pero sentida dedicatoria –que será una dedicatoria que no llevará después ningún texto, ninguna novela, ningún ensayo o recopilación de artículos, ni mucho menos- dedicada a mis amigos del trabajo. Sí, a mis amigos del trabajo. En serio. En este texto trataré de subrayar lo preciado y lo complicado que resulta tener algo tan hondo y tan carambola como un “amigo” en un lugar tan rutinario, tan lunes y martes, como es el trabajo. El mío y el suyo de ustedes.
En segundo lugar abriré un encendido debate a propósito de la corrección social, de la convivencia razonable entre nosotros, del respeto, de lo que muchos llaman hoy políticamente correcto o incorrecto. Será a partir de tres sugerentes textos que me han desbaratado en las últimas semanas. Uno de Tolstoi en el que el escritor de Castilla y León Tolstoi desarma la igualdad de clases; otro en el que Oscar Wilde destruye la igualdad de género zurrándole bien fuerte a las mujeres; uno más de Fernando Pessoa que niega categóricamente las bondades del trabajo en equipo, de conceptos como el compañerismo y la sinergia, y apuesta incondicionalmente por el individualismo autista y egoísta más desaforado. Ole. Muito obrigado.
Por último, en estos mismos minicines que yo regento y abro cuando me da la gana, el público podrá disfrutar de una documentadísima reflexión alrededor de las voces, de los tonos de voz, del instrumento de la voz. En mi ensayo de andar por casa demostraré la importancia capital de la voz, calibraré su pegada comparando su relevancia con la relevancia de la sintaxis, la gramática, la fonética o la semiótica, midiendo también su fuerza con el punch de las comas y los signos de puntuación, con las pausas en general, con la tipografía y con tantas y tantas variables que cuentan. Colocaré sobre la mesa interesantes casos prácticos. Durante mi ejercicio, los espectadores podrán leer pausadamente mis impresiones a la vez que escuchan y comparan timbres y modos de voz radicalmente distintos e incuestionablemente interesantes. Santiago Auserón, Frank Sinatra, Luz Casal, Sebastián Castella, Al Pacino, José Sacristán, Leonard Cohen o Jimmy Sommerville serán algunos de mis invitados sonoros.
No se lo pierdan. Próximamente en este cine. Y ahora también en 3D.
Por todo eso este texto sólo puede ser un tráiler, un avance, un “próximamente en esta pantalla” que recoja sucintamente los dos o tres grandes temas que tengo entre manos. O sea en la cabeza. Porque estoy cansado, porque tengo un relojito muy chiquitito como diría cualquier cancioncita infantil de ésas que ahora tanto consumo, pero sigo poseyendo grandísimas y relevantes ideas que contar. Eso y, además, un fabuloso público que es cuarto creciente y que por si fuera poco peligrosa la cosa me incita exponencialmente.
Bueno, pues voy. Le pongo música. Y tres argumentos.
En primer lugar, en esta pantalla llegará muy pronto una breve pero sentida dedicatoria –que será una dedicatoria que no llevará después ningún texto, ninguna novela, ningún ensayo o recopilación de artículos, ni mucho menos- dedicada a mis amigos del trabajo. Sí, a mis amigos del trabajo. En serio. En este texto trataré de subrayar lo preciado y lo complicado que resulta tener algo tan hondo y tan carambola como un “amigo” en un lugar tan rutinario, tan lunes y martes, como es el trabajo. El mío y el suyo de ustedes.
En segundo lugar abriré un encendido debate a propósito de la corrección social, de la convivencia razonable entre nosotros, del respeto, de lo que muchos llaman hoy políticamente correcto o incorrecto. Será a partir de tres sugerentes textos que me han desbaratado en las últimas semanas. Uno de Tolstoi en el que el escritor de Castilla y León Tolstoi desarma la igualdad de clases; otro en el que Oscar Wilde destruye la igualdad de género zurrándole bien fuerte a las mujeres; uno más de Fernando Pessoa que niega categóricamente las bondades del trabajo en equipo, de conceptos como el compañerismo y la sinergia, y apuesta incondicionalmente por el individualismo autista y egoísta más desaforado. Ole. Muito obrigado.
Por último, en estos mismos minicines que yo regento y abro cuando me da la gana, el público podrá disfrutar de una documentadísima reflexión alrededor de las voces, de los tonos de voz, del instrumento de la voz. En mi ensayo de andar por casa demostraré la importancia capital de la voz, calibraré su pegada comparando su relevancia con la relevancia de la sintaxis, la gramática, la fonética o la semiótica, midiendo también su fuerza con el punch de las comas y los signos de puntuación, con las pausas en general, con la tipografía y con tantas y tantas variables que cuentan. Colocaré sobre la mesa interesantes casos prácticos. Durante mi ejercicio, los espectadores podrán leer pausadamente mis impresiones a la vez que escuchan y comparan timbres y modos de voz radicalmente distintos e incuestionablemente interesantes. Santiago Auserón, Frank Sinatra, Luz Casal, Sebastián Castella, Al Pacino, José Sacristán, Leonard Cohen o Jimmy Sommerville serán algunos de mis invitados sonoros.
No se lo pierdan. Próximamente en este cine. Y ahora también en 3D.
viernes, 18 de junio de 2010
Agua turbia.
"Aquí acaba el mar y empieza la tierra. Llueve sobre la ciudad pálida, las aguas del río corren turbias de barro, están inundadas las arboledas de la orilla."
El año de la muerte de Ricardo Reis.
José Saramago (Azinhaga, 1922 - 2010)
El año de la muerte de Ricardo Reis.
José Saramago (Azinhaga, 1922 - 2010)
Casillas. Sin Iker.
El 18 de enero de 2008 el mítico ajedrecista Bobby Fischer fallecía en Islandia, con 64 años. Tenía tantos años como casillas tiene el tablero de ajedrez.
domingo, 6 de junio de 2010
El método Ujfalusi.
Claro que pesa su pasado madridista, un pasado turbio que naturalmente le lastra, le marca para toda la vida. Y por supuesto que ese extraño empecinamiento suyo a la hora de alinear una y otra vez al circense Luis Amaranto Perea no dice nada bueno a su favor. Pero, sin embargo, no obstante, a pesar de estas dos graves carencias, es innegable que Quique Lerele Flores ha saldado su primer curso como estratega colchonero con nota, firmando al final de la campaña no pocos hallazgos. Algunos de ellos muy interesantes. Certificar la titularidad del joven efebo David De Gea bajo palos, contra viento y Asenjo y marea, ha resultado un acierto máximo a pesar de lo mal que va el rubio chavalín por arriba; anclar al bueno de Domínguez siempre en el centro de la defensa podría ser considerado como una de las claves de la temporada; acertarle a la tecla y hacer funcionar a duras penas un medio del campo moribundo –tirando según conviniera del cedido Tiago, del voluntarioso y malo Assunçao, del blandazo Jurado o del muy bruto y narizón Raúl García- estuvo bien, fue sensato; entregarles todos los caprichos que anhelaran a su majestad el rey del gol Cacha Forlán, al Kunçito Agüero yerno de dios y al converso Reyes, fue claramente lo que había que hacer.
Bien. Todo esto está muy bien Quique. Todo. Pero es que además tu estrategia flamenca, de familia de artistas, ha obrado un milagro, uno de esos pellizquitos de arte que sólo tienen lugar a veces en la Casa Anselma del barrio de Triana. Quique, tú has convertido a Tomas Ujfalusi, que para aquellos que no lo conozcan diremos que es una suerte de guitarrista heavy ex de un grupo checo de rock, en una especie de puñal ofensivo, en un Carlitos Alberto Aguilera con pelo largo, en un driblador, en un tío de Sanse jeviorro que busca siempre la profundidad, la vertical, el pase de la muerte, la puerta, el gol. Y que vuelve corriendo a salvar los muebles siempre. Además eso, toma ya.
Quique, le has tocado a Ujfalusi con la varita mágica. Has dicho las palabras mágicas, “Ujfalusi”, y Ujfalusi se ha puesto a funcionar, a atacar, a penetrar, a desarbolar a la defensa enemiga, a buscarle las cosquillas a la zaga del Fulham. Milagro. Ole, Milagro.
Un solo recurso, el tempo.
Más sucesos asombrosos: los que nos declaramos observadores de este milagro, esto es observadores de la nueva y fabulosa faceta ofensiva de Ujfalusi, nos hemos dado cuenta de que el central checo apenas si maneja un par de recursos técnicos esenciales que, inopinadamente, le permiten colarse hasta la cocina. El primero es lo que se ha conocido durante toda la vida, desde el recreo del cole hasta hoy en día, como “tirar una pared”. El segundo es más complejo, es apasionante: nos referimos al tempo del pase, un tempo que casi sin querer Ujfalusi retrasa y retrasa y retrasa y demora cuando parece que ya no lo puede retrasar ni demorar más. Tomas Ujfalusi gana la espalda de la defensa escorado a la derecha, avanza, avanza, parece que tira el pase con la diestra de madera pero aguanta y aguanta y aguanta con el balón, aguarda a que el defensa se estire y se rompa y no llegue y desfallezca y se luxe y, entonces, in extremis, en la misma línea de fondo, tira ahora sí el pase de la muerte, un pase que esta temporada muchas veces ha sido incluso pase de gol. Su única estrategia es aguantar, fingir que resuelve el problema dando el pase ya, ahora, y decidir luego, inmediatamente después, aplazar el problema, aplazar el pase, aplazar el tempo, aplazar el momento de la acción. Esa sencilla decisión, que es la decisión de hacer creer que va a pasar algo pero preferir esperar a que pase, de consumir los metros de banda y los segundos del reloj hasta el máximo, le ha dado a Ujfalusi este año una rentabilidad fabulosa. Por eso gracias Tomas y gracias Quique.
Toda una lección.
Confío en que nadie haya leído este texto en clave futbolística. Espero que nos vayamos conociendo: es obvio que de lo que quise hablar aquí hoy, en esta tarde calurosa de junio, nada tiene que ver con la brillante temporada atlética, con el mundo del fútbol, ni siquiera con el inminente Mundial de Sudáfrica. Este texto habla de la estrategia del tempo, de escoger aplazar las decisiones para poder solucionarlas, de pulsar la opción de “aguantar”, “aguardar a mejor momento”, “agotar el recorrido, los metros, el segundero del reloj y los días del calendario antes de dar un paso definitivo”.
Si a Tomas Ujfalusi, un central peludo con pocos recursos hasta hace bien poco, le ha servido esta estrategia para convertirse en tan sólo unos meses en un lateral con proyección ofensiva, resultón, e incluso peligrosillo a veces… ¿por qué este “manejar el tempo y las decisiones demorándolas” no nos iba a servir a los demás?
Por lo pronto, puede que este mismo fenómeno del “retraso como solución” termine dispersando asuntos menores y también mayores de nuestro día a día, percances y eventualidades que tal vez sólo necesiten de tiempo, de una cierta prórroga, para resolverse: las crisis y las rutinarias jaquecas laborales que padecemos de vez en cuando por ejemplo, o las dudas generadas alrededor de las sentencias pendientes en las tramas Gürtel-Bigotes-Camps, Garzón y Estatut, o quién sabe si también los enigmas puntuales que plantean los cólicos incomprensibles de los lactantes.
Es probable que el puro tiempo -la espera- cure estas heridas, despeje todas estas dudas igual que disolvió las carencias ofensivas de Ujfalusi cuando el checo, con el sólo propósito de tratar de mejorar sus prestaciones atacantes, decidió esperar, usar el tiempo a su favor, esperar y esperar antes de dar el último pase.
Lástima que no baste sólo el paso del tiempo para disolver algunos problemas pequeños de nuestra agenda, para terminar de perfilar la trama de un libro, para averiguar las intenciones de los jefes o los familiares, para lograr que alguien que no te mira te haga caso. Lástima que el reloj solo no pueda cerrar el agujero de petróleo abierto por BP o resolver graves cuestiones como la guerra cruda ente israelíes y palestinos, los oscuros casos de pederastia que salpican nuestro día a día, o esta crisis estructural que aquí en el mundo rico es tan honda, tan asquerosamente económica, tan cercana.
Esperar basta. Pero sólo a veces.
Bien. Todo esto está muy bien Quique. Todo. Pero es que además tu estrategia flamenca, de familia de artistas, ha obrado un milagro, uno de esos pellizquitos de arte que sólo tienen lugar a veces en la Casa Anselma del barrio de Triana. Quique, tú has convertido a Tomas Ujfalusi, que para aquellos que no lo conozcan diremos que es una suerte de guitarrista heavy ex de un grupo checo de rock, en una especie de puñal ofensivo, en un Carlitos Alberto Aguilera con pelo largo, en un driblador, en un tío de Sanse jeviorro que busca siempre la profundidad, la vertical, el pase de la muerte, la puerta, el gol. Y que vuelve corriendo a salvar los muebles siempre. Además eso, toma ya.
Quique, le has tocado a Ujfalusi con la varita mágica. Has dicho las palabras mágicas, “Ujfalusi”, y Ujfalusi se ha puesto a funcionar, a atacar, a penetrar, a desarbolar a la defensa enemiga, a buscarle las cosquillas a la zaga del Fulham. Milagro. Ole, Milagro.
Un solo recurso, el tempo.
Más sucesos asombrosos: los que nos declaramos observadores de este milagro, esto es observadores de la nueva y fabulosa faceta ofensiva de Ujfalusi, nos hemos dado cuenta de que el central checo apenas si maneja un par de recursos técnicos esenciales que, inopinadamente, le permiten colarse hasta la cocina. El primero es lo que se ha conocido durante toda la vida, desde el recreo del cole hasta hoy en día, como “tirar una pared”. El segundo es más complejo, es apasionante: nos referimos al tempo del pase, un tempo que casi sin querer Ujfalusi retrasa y retrasa y retrasa y demora cuando parece que ya no lo puede retrasar ni demorar más. Tomas Ujfalusi gana la espalda de la defensa escorado a la derecha, avanza, avanza, parece que tira el pase con la diestra de madera pero aguanta y aguanta y aguanta con el balón, aguarda a que el defensa se estire y se rompa y no llegue y desfallezca y se luxe y, entonces, in extremis, en la misma línea de fondo, tira ahora sí el pase de la muerte, un pase que esta temporada muchas veces ha sido incluso pase de gol. Su única estrategia es aguantar, fingir que resuelve el problema dando el pase ya, ahora, y decidir luego, inmediatamente después, aplazar el problema, aplazar el pase, aplazar el tempo, aplazar el momento de la acción. Esa sencilla decisión, que es la decisión de hacer creer que va a pasar algo pero preferir esperar a que pase, de consumir los metros de banda y los segundos del reloj hasta el máximo, le ha dado a Ujfalusi este año una rentabilidad fabulosa. Por eso gracias Tomas y gracias Quique.
Toda una lección.
Confío en que nadie haya leído este texto en clave futbolística. Espero que nos vayamos conociendo: es obvio que de lo que quise hablar aquí hoy, en esta tarde calurosa de junio, nada tiene que ver con la brillante temporada atlética, con el mundo del fútbol, ni siquiera con el inminente Mundial de Sudáfrica. Este texto habla de la estrategia del tempo, de escoger aplazar las decisiones para poder solucionarlas, de pulsar la opción de “aguantar”, “aguardar a mejor momento”, “agotar el recorrido, los metros, el segundero del reloj y los días del calendario antes de dar un paso definitivo”.
Si a Tomas Ujfalusi, un central peludo con pocos recursos hasta hace bien poco, le ha servido esta estrategia para convertirse en tan sólo unos meses en un lateral con proyección ofensiva, resultón, e incluso peligrosillo a veces… ¿por qué este “manejar el tempo y las decisiones demorándolas” no nos iba a servir a los demás?
Por lo pronto, puede que este mismo fenómeno del “retraso como solución” termine dispersando asuntos menores y también mayores de nuestro día a día, percances y eventualidades que tal vez sólo necesiten de tiempo, de una cierta prórroga, para resolverse: las crisis y las rutinarias jaquecas laborales que padecemos de vez en cuando por ejemplo, o las dudas generadas alrededor de las sentencias pendientes en las tramas Gürtel-Bigotes-Camps, Garzón y Estatut, o quién sabe si también los enigmas puntuales que plantean los cólicos incomprensibles de los lactantes.
Es probable que el puro tiempo -la espera- cure estas heridas, despeje todas estas dudas igual que disolvió las carencias ofensivas de Ujfalusi cuando el checo, con el sólo propósito de tratar de mejorar sus prestaciones atacantes, decidió esperar, usar el tiempo a su favor, esperar y esperar antes de dar el último pase.
Lástima que no baste sólo el paso del tiempo para disolver algunos problemas pequeños de nuestra agenda, para terminar de perfilar la trama de un libro, para averiguar las intenciones de los jefes o los familiares, para lograr que alguien que no te mira te haga caso. Lástima que el reloj solo no pueda cerrar el agujero de petróleo abierto por BP o resolver graves cuestiones como la guerra cruda ente israelíes y palestinos, los oscuros casos de pederastia que salpican nuestro día a día, o esta crisis estructural que aquí en el mundo rico es tan honda, tan asquerosamente económica, tan cercana.
Esperar basta. Pero sólo a veces.
sábado, 5 de junio de 2010
A salvo.
Antes que yo muchos otros han recreado este escenario, el refugio al que quiero referirme ahora con este pequeño borrador. En la postal que traigo hoy a primer plano vive un cielo nocturno e intermitente, que reparte fogonazos y explosiones sobre todo lo que pasa ahí abajo, y también silencios, sin orden ni concierto.
No escribo sobre nada nuevo: gracias a la mejor literatura del gran cine todos hemos asistido a alguna de esas conversaciones entre soldados que tienen lugar de madrugada, en medio del peligro ciego, en la trinchera, bajo un refugio improvisado en la jungla, tras un jeep abandonado, entre los escombros de la guerra. Los marines descansan, bajan la guardia sin dejar de estar alerta, conversan armados con la franqueza que otorga haber superado una complicada jornada de guerra, la que pudo ser la maniobra equivocada, el fatal día último. Hablan, sonríen satisfechos, se filtran confidencias, hacen planes imposibles, mientras el cielo relampaguea luces de muerte, tiroteos centelleantes que matan hombres y muchachos bien cerca. Sobre la tierra, en paralelo, ruedan a gatas las palabras entre los héroes que quedan vivos: se pueden escuchar los susurros a pesar de los silbidos de las balas y las explosiones. En el cielo, el punto final escrito en la panza de los proyectiles teledirigidos sobrevuela a los actores principales de esta película. Una película que, como nos dicen todavía algunos informativos cada día, no es en absoluto de ciencia ficción.
Yo encontré hace más de mes y medio un refugio similar aunque distinta, una paz que es gemela a este sosiego nocturno de los soldados vivos, expectantes, que pasan las madrugadas esperando que la guerra pase de largo sobre sus cabezas.
Fue en la habitación de un hospital. Subíamos del paritorio. Los tres. Apenas había luz. Ni quedaban ya demasiadas cosas que hacer o que decir. No lloraba el cadete recién llegado: dormía plácidamente. Cerca, en formación clásica, vigilábamos los dos veteranos: uno, mi general, pasó mala noche, con calmantes, masticando los dolores del combate, estrenando una mirada que no había visto nunca; el otro, yo mismo, manteniéndome entero y despierto a duras penas, recostado sobre aquel incómodo lecho de sacos de arena, sin magulladuras de consideración, paralizado.
Sobre los tres brillaban en el cielo incesantes las luces, avisaban con sus reconocibles sonidos los proyectiles. Pero no eran amenazantes. El peligro no podía hacernos nada: estábamos a salvo los tres. Habíamos llegado al refugio: ninguna baja, mi general. Tenemos víveres y posición privilegiada, señor. El cadete bien. Todo controlado. Descanse.
El escenario era oscuro casi en su totalidad. Se iluminaba a fogonazos la habitación, cuando volaba sobre nosotros un mensaje y otro y otro más procedente del teléfono móvil, mensajes que entraban de pronto en mi celular o en el de mi general, dibujando la realidad por un segundo con un flash de color verde electrónico, quebrando nuestra duermevela. Fueron fuegos de artificio en edad infantil, que proponían un destello de luz momentáneo, hermoso y fugaz, y luego se apagaban.
A ras de suelo todo era calma, buenas noticias; olía a la tierra mojada que nace después de la tormenta. Sobre el cielo, como digo, iban y venían los rayos y los relámpagos en miniatura que se inventaban sin parar los teléfonos móviles. Tan tan, mensaje; tan tan, mensaje. Fueron relámpagos con nombres y apellidos, los vuestros.
Las enhorabuenas y los parabienes se prolongaron durante buena parte de la noche. Qué madrugada tan extraña. Fue irrepetible y oscura, muda, llena de luces.
Duerme muchacho. Estamos a salvo.
No escribo sobre nada nuevo: gracias a la mejor literatura del gran cine todos hemos asistido a alguna de esas conversaciones entre soldados que tienen lugar de madrugada, en medio del peligro ciego, en la trinchera, bajo un refugio improvisado en la jungla, tras un jeep abandonado, entre los escombros de la guerra. Los marines descansan, bajan la guardia sin dejar de estar alerta, conversan armados con la franqueza que otorga haber superado una complicada jornada de guerra, la que pudo ser la maniobra equivocada, el fatal día último. Hablan, sonríen satisfechos, se filtran confidencias, hacen planes imposibles, mientras el cielo relampaguea luces de muerte, tiroteos centelleantes que matan hombres y muchachos bien cerca. Sobre la tierra, en paralelo, ruedan a gatas las palabras entre los héroes que quedan vivos: se pueden escuchar los susurros a pesar de los silbidos de las balas y las explosiones. En el cielo, el punto final escrito en la panza de los proyectiles teledirigidos sobrevuela a los actores principales de esta película. Una película que, como nos dicen todavía algunos informativos cada día, no es en absoluto de ciencia ficción.
Yo encontré hace más de mes y medio un refugio similar aunque distinta, una paz que es gemela a este sosiego nocturno de los soldados vivos, expectantes, que pasan las madrugadas esperando que la guerra pase de largo sobre sus cabezas.
Fue en la habitación de un hospital. Subíamos del paritorio. Los tres. Apenas había luz. Ni quedaban ya demasiadas cosas que hacer o que decir. No lloraba el cadete recién llegado: dormía plácidamente. Cerca, en formación clásica, vigilábamos los dos veteranos: uno, mi general, pasó mala noche, con calmantes, masticando los dolores del combate, estrenando una mirada que no había visto nunca; el otro, yo mismo, manteniéndome entero y despierto a duras penas, recostado sobre aquel incómodo lecho de sacos de arena, sin magulladuras de consideración, paralizado.
Sobre los tres brillaban en el cielo incesantes las luces, avisaban con sus reconocibles sonidos los proyectiles. Pero no eran amenazantes. El peligro no podía hacernos nada: estábamos a salvo los tres. Habíamos llegado al refugio: ninguna baja, mi general. Tenemos víveres y posición privilegiada, señor. El cadete bien. Todo controlado. Descanse.
El escenario era oscuro casi en su totalidad. Se iluminaba a fogonazos la habitación, cuando volaba sobre nosotros un mensaje y otro y otro más procedente del teléfono móvil, mensajes que entraban de pronto en mi celular o en el de mi general, dibujando la realidad por un segundo con un flash de color verde electrónico, quebrando nuestra duermevela. Fueron fuegos de artificio en edad infantil, que proponían un destello de luz momentáneo, hermoso y fugaz, y luego se apagaban.
A ras de suelo todo era calma, buenas noticias; olía a la tierra mojada que nace después de la tormenta. Sobre el cielo, como digo, iban y venían los rayos y los relámpagos en miniatura que se inventaban sin parar los teléfonos móviles. Tan tan, mensaje; tan tan, mensaje. Fueron relámpagos con nombres y apellidos, los vuestros.
Las enhorabuenas y los parabienes se prolongaron durante buena parte de la noche. Qué madrugada tan extraña. Fue irrepetible y oscura, muda, llena de luces.
Duerme muchacho. Estamos a salvo.
Superficies.
El principio de esta historia topa por los cuatro costados con las paredes de un post it canijo, amarillento. Ni al norte ni tampoco al sur, y menos aún en el plano del horizonte que se abre a cada lado, hay espacio para la escapatoria. Lo que quisiera contar, que en realidad no son más que letras impresas, sucede en poco más de tres o cuatro centímetros cuadrados, en la superficie cálida de un post it, o sea nada, una nada que también podría bautizarse libremente como pequeñísimo azulejo de papel rectangular.
Y todo porque despegué un post it, uno, que llevaba dos o tres días adherido a la página treinta y siete del diario ABC. Y todo porque descubrí entonces que en la parte adhesiva se habían impreso, al revés, frases impecablemente escritas en el periódico, correctas claro, pero invertidas. Y todo porque traté de descifrar esa tenue caligrafía, que se miraba en el espejo, borrándose, pero no lo conseguí.
Ésta es la historia: tenía en mis manos un pequeño mural de papel color vainilla, pálido, que guardaba toda una franja de letras escritas al revés, difuminadas en una original inserción artística que era también un enigma tipográfico.
Pensé entonces “qué hermosos son los alfabetos, las caligrafías, los palos y los rebordes de las letras versales, las letras bold saltándose la dieta, las tímidas letras minúsculas así en general, salvo contadas excepciones”. Certifiqué cuánto me gustaban, al derecho como siempre las había visto y también así, de esta manera nueva, reflejadas, pasivas reflejas, en un post it escritas revés al.
Pasé esa tarde y también la noche dándole vueltas al post it, a sus letras reversibles, ordenando en mi cabeza las ideas que despiertan si se detiene uno a pensar en el mundo habitado por letras que nos rodea. A la mañana siguiente fui a trabajar, como si nada.
Corrió el tiempo, me entretuve con gente. Luego, por la tarde, cacé en la televisión -ya en casa- el comienzo del documental aquél sobre el hijo del narco Pablo Escobar. No sé si os suena. El caso es que ver justo el principio de este trabajo me dio qué pensar: por un lado, convine en lo mucho que me gusta la palabra "narco"; por otro, al ver sobreimpresionadas en pantalla las primeras oraciones introductorias del documental, que funcionaban como contexto, concluyó mi cerebro que le gusta leer frases en la televisión, ver literatura que se apoya en soporte audiovisual, impecables títulos de crédito, referencias impresas sobre la tele acerca de la ciudad, el año en el que transcurre la acción, letras dentro de la tele. Toparme con dos o tres oraciones blancas sobre fondo negro, en ese documental sobre el narcotráfico al que me refiero, mejoró mi día, amplió mi percepción del post it, me llevó a imaginar más letras sobre más superficies: en las fachadas de los edificios, en el lomo de los autobuses, grabadas en la panza de los aviones, sobre el neón de las vallas publicitarias de los estadios, iluminadas y grandiosas en los marcadores de la Super Bowl, en los paneles de Times Square, en el pecho y en la espalda de las camisetas que usamos, en la franja de Gaza que rodea la parte norte de nuestra ropa interior, en las correas de los relojes de marca, en la frontera donde hacen abdominales las patillas de las gafas, en las hojas de examen cuando el examen está recién presentado.
Muchas letras en muchas superficies: buena cosa para seguir adelante, para leer y apreciar las cursivas en cualquier parte del mundo y sobre cualquier contenedor, para plantearse -por qué no- retos cosmovanguardistas de museo de arte contemporáneo cool and wag: ¿Y si escribiera algo para la televisión? ¿O sea un relato o un cuento para ser leído en la televisión, con frases sobreimpresionadas que aparezcan y desaparezcan, con el tempo de lectura medido, con fondos de pantalla que cambian levemente de color, con tipografías que se mudan a otras, con o sin música, con pequeños apuntes de piano, con o sin final feliz ¿Y si escribiera un libro a la medida del iPad de Steve Jobs?
Creo que hablaré con un amigo que tengo que es videorealizador.
Le haré un encargo: llévame a la tele este cuento, pon mi escritura en una pantalla de cincuenta y dos pulgadas por favor, o en el monitor de todos los ordenadores del mundo, hazme algo para el iPad ése, o para el móvil más grande y más nítido que exista, ayúdame a escribir un texto nada pixelado, conecta si puedes este cuento que he escrito en muchas videosuperficies.
Y todo porque despegué un post it, uno, que llevaba dos o tres días adherido a la página treinta y siete del diario ABC. Y todo porque descubrí entonces que en la parte adhesiva se habían impreso, al revés, frases impecablemente escritas en el periódico, correctas claro, pero invertidas. Y todo porque traté de descifrar esa tenue caligrafía, que se miraba en el espejo, borrándose, pero no lo conseguí.
Ésta es la historia: tenía en mis manos un pequeño mural de papel color vainilla, pálido, que guardaba toda una franja de letras escritas al revés, difuminadas en una original inserción artística que era también un enigma tipográfico.
Pensé entonces “qué hermosos son los alfabetos, las caligrafías, los palos y los rebordes de las letras versales, las letras bold saltándose la dieta, las tímidas letras minúsculas así en general, salvo contadas excepciones”. Certifiqué cuánto me gustaban, al derecho como siempre las había visto y también así, de esta manera nueva, reflejadas, pasivas reflejas, en un post it escritas revés al.
Pasé esa tarde y también la noche dándole vueltas al post it, a sus letras reversibles, ordenando en mi cabeza las ideas que despiertan si se detiene uno a pensar en el mundo habitado por letras que nos rodea. A la mañana siguiente fui a trabajar, como si nada.
Corrió el tiempo, me entretuve con gente. Luego, por la tarde, cacé en la televisión -ya en casa- el comienzo del documental aquél sobre el hijo del narco Pablo Escobar. No sé si os suena. El caso es que ver justo el principio de este trabajo me dio qué pensar: por un lado, convine en lo mucho que me gusta la palabra "narco"; por otro, al ver sobreimpresionadas en pantalla las primeras oraciones introductorias del documental, que funcionaban como contexto, concluyó mi cerebro que le gusta leer frases en la televisión, ver literatura que se apoya en soporte audiovisual, impecables títulos de crédito, referencias impresas sobre la tele acerca de la ciudad, el año en el que transcurre la acción, letras dentro de la tele. Toparme con dos o tres oraciones blancas sobre fondo negro, en ese documental sobre el narcotráfico al que me refiero, mejoró mi día, amplió mi percepción del post it, me llevó a imaginar más letras sobre más superficies: en las fachadas de los edificios, en el lomo de los autobuses, grabadas en la panza de los aviones, sobre el neón de las vallas publicitarias de los estadios, iluminadas y grandiosas en los marcadores de la Super Bowl, en los paneles de Times Square, en el pecho y en la espalda de las camisetas que usamos, en la franja de Gaza que rodea la parte norte de nuestra ropa interior, en las correas de los relojes de marca, en la frontera donde hacen abdominales las patillas de las gafas, en las hojas de examen cuando el examen está recién presentado.
Muchas letras en muchas superficies: buena cosa para seguir adelante, para leer y apreciar las cursivas en cualquier parte del mundo y sobre cualquier contenedor, para plantearse -por qué no- retos cosmovanguardistas de museo de arte contemporáneo cool and wag: ¿Y si escribiera algo para la televisión? ¿O sea un relato o un cuento para ser leído en la televisión, con frases sobreimpresionadas que aparezcan y desaparezcan, con el tempo de lectura medido, con fondos de pantalla que cambian levemente de color, con tipografías que se mudan a otras, con o sin música, con pequeños apuntes de piano, con o sin final feliz ¿Y si escribiera un libro a la medida del iPad de Steve Jobs?
Creo que hablaré con un amigo que tengo que es videorealizador.
Le haré un encargo: llévame a la tele este cuento, pon mi escritura en una pantalla de cincuenta y dos pulgadas por favor, o en el monitor de todos los ordenadores del mundo, hazme algo para el iPad ése, o para el móvil más grande y más nítido que exista, ayúdame a escribir un texto nada pixelado, conecta si puedes este cuento que he escrito en muchas videosuperficies.
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